Los Chicos Que Odio

8

Antes de irme a casa junto con Rami, algo sucedió.

Justo por la salida vi a Alec, no tan lejos de donde estaba y él me miró también. Hicimos contacto visual pero yo retiré la mirada por nervios, cuando regresé los ojos hacia él, seguía viéndome.

Y me sonrió.

Alec ya no me respondió la pregunta pero en ese momento, ya no me importaba. Él me estaba sonriendo y eso provocó que todas las pequeñas mariposas en el estómago se me alborotaran.

Luego solo llego Rami y nos fuimos.

No puedo dejar de pensar en ese momento, que fue tan inesperado pero muy lindo. No recuerdo alguna vez que eso me haya pasado con algún chico, creo que nunca.

Rami está sentada en el piso de mi cuarto, con las piernas cruzadas y mi almohada entre los brazos hablando de algo que debería estar escuchando, algo sobre una chica del equipo que no logra coordinar los tiempos pero mi mente sigue en otro lugar atrapada entre una pantalla, un nombre guardado con un corazón rosa y un mensaje que todavía puedo repetir de memoria.

—…y te juro que si vuelve a hacer eso, la van a sacar —dice Rami, levantando la vista hacia mí—. ¿Estás escuchando?

Parpadeo, regresando apenas. —Sí.

No suena convincente.

Rami entrecierra los ojos, inclinando la cabeza con esa expresión que conozco demasiado bien. —No estás escuchando.

Suelto aire por la nariz, apoyando la espalda contra la pared mientras juego con el borde de la funda del celular. —Sí estoy.

—No —niega, sin dejarlo pasar—. Estás en otro planeta desde que salimos de la escuela.

No respondo de inmediato.

Rami me observa en silencio un segundo más, y luego su expresión cambia, como si algo encajara en su cabeza.

—Okay… —dice lentamente—. ¿Qué pasa?

Eso me hace soltar una pequeña risa, más nerviosa que divertida. —Nada.

—Rosie.

Me muerdo el labio, bajando la mirada al teléfono otra vez, girándolo entre mis manos como si eso fuera a ayudarme a decidir.

No lo hace.

—Solo… —empiezo, dudando—. Solo hice algo un poco… impulsivo.

—Eso suena interesante —responde de inmediato incorporándose un poco más, toda su atención puesta ahora en mí—. Sigue.

Exhalo lento, sintiendo cómo el calor vuelve a subir por el cuello incluso antes de decirlo. — ¿Te acuerdas cuando fuimos por tu uniforme?

—Sí —asiente—. Cuando me preguntaste cual era la diferencia entre el viejo y el nuevo pero te expliqué que los pliegues son distintos y la tela es mejor.

—Antes de eso —murmuro—. El punto es que, en una de las mesas había unas hojas y una de ellas tenía a los del equipo pero también sus teléfonos y bueno…

Rami se queda completamente quieta. — ¿Qué?

—Y vi que estaba el de Alec —trago saliva—, y bueno, lo guardé.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y luego

— ¿¡Que!? —Rami prácticamente grita, incorporándose de golpe, la almohada cayendo al suelo sin que le importe—. ¿Me estás diciendo que tienes el número de Alec?

—Shh —le digo rápido, aunque no hay nadie más en la casa—. Sí, pero baja la voz.

No es como si alguien de la escuela pudiera escucharme.

— ¡Rosie! —susurra ahora—. ¿Cómo que sí?

—Pues eso —me encojo de hombros intentando restarle importancia aunque claramente no la tiene—. Lo anoté y… le escribí.

Rami se queda en blanco un segundo, procesando. — ¿Le escribiste? —repite, como si necesitara escucharlo otra vez.

Asiento. —Ayer.

— ¿Y? —Se inclina hacia mí de inmediato—. ¿Y qué te dijo? ¿Te respondió? ¿Hablaron? ¿Qué pasó?

Suelto una pequeña risa, porque su reacción es exactamente lo que esperaba y al mismo tiempo me pone más nerviosa de lo que ya estaba. —Sí, hablamos un poco.

—No —niega, llevándose una mano al pecho—. No, no, no, necesito detalles ahora mismo.

Dudo un segundo, pero al final desbloqueo el teléfono y le muestro la conversación, dejándola deslizar con el dedo mientras sus ojos recorren cada mensaje.

—Bien… —murmura—. Bien, esto está bien.

— ¿Bien? —repito, cruzándome de brazos.

—Sí, bien —asiente, levantando la vista hacia mí con una sonrisa que crece poco a poco—. Está interesado.

Mi estómago da un pequeño vuelco. — ¿Tú crees?

—Rosie, te escribió después de verte —dice, como si fuera obvio—. Nadie hace eso por amabilidad.

No respondo. Quiero creerle pero algo de lo de hoy sigue ahí encajando mal con esa idea.

—Mándale otro mensaje —dice de repente, devolviéndome el teléfono.

Parpadeo. — ¿Qué?

—Mándale otro mensaje —repite, como si fuera la cosa más lógica del mundo—. Ahora.

—No —niego de inmediato—. ¿Qué tal si parece que estoy insistiendo demasiado? ¿Qué estoy desesperada?

—No estás insistiendo —rueda los ojos—. Estás teniendo una conversación.

—Pero, no creo que sea buena idea.

—Rosie —me interrumpe, inclinándose hacia mí con una sonrisa casi conspiradora—, tienes el número del chico más guapo de este lugar, él ya te escribió, ya hablaron y además te dijo que fue bueno verte. Si no haces algo con eso, es casi un crimen.

Suelto una risa nerviosa, mirando la pantalla otra vez, donde la conversación sigue abierta, quieta, esperando.

—No sé qué decir.

—Algo simple —dice Rami—. Algo que tú dirías.

Eso no ayuda tanto como cree. Mis dedos se quedan suspendidos sobre el teclado, dudando otra vez, sintiendo cómo la emoción vuelve mezclada con nervios.

Respiro profundo.

—Bien… —murmuro más para mí que para ella.

Empiezo a escribir. Me detengo. Borro. Vuelvo a escribir.

Rami no dice nada ahora, solo me observa.

Y finalmente, después de unos segundos más de lo necesario, escribo algo pero no lo envío todavía.

— ¿Quieres verlo? —le pregunto, girando el teléfono hacia ella.

Porque si voy a hacer esto necesito saber que no suena tan desesperado como siento que es.

La pantalla ilumina mis manos mientras Rami se inclina hacia mí, apoyando el mentón en mi hombro para leer mejor, tan cerca que puedo sentir su respiración tranquila en contraste con la mía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.