Los Chicos Que Odio

9

Rami no tarda ni un segundo en reaccionar y su emoción es tan evidente que casi se vuelve contagiosa.

—Esto es perfecto —dice, girándose hacia mí con una sonrisa que ya me pone nerviosa—. Literalmente te dejó la puerta abierta.

— ¿Qué puerta? —pregunto, aunque sé exactamente a qué se refiere.

—La de coquetear, Rosie.

Suelto una risa corta, más por nervios que por gracia y niego con la cabeza mientras dejo el teléfono sobre mis piernas.

—No sé coquetear —admito, bajando la voz—. Y menos así, por mensaje. Es raro.

—No es raro —insiste—, es más fácil. No te está viendo, no hay presión.

Levanto una ceja, mirándola. —Estoy sintiendo presión igual.

Rami rueda los ojos. —Solo di algo lindo. Nada intenso, nada profundo, algo simple, algo más que “lamento que te haya engañado” —hace comillas con los dedos.

Miro la pantalla otra vez. Su último mensaje demasiado sincero y por alguna razón eso hace que todo lo que yo pueda decir suene tonto en comparación.

— ¿Cómo qué? —pregunto, sin apartar la vista del teléfono.

—Como que es bueno jugando —responde enseguida—. Lo viste hoy, ¿no? Eso es natural.

Dudo un segundo, pero mis dedos empiezan a moverse igual.

“Por cierto… juegas muy bien”

Me quedo mirando el mensaje antes de enviarlo, sintiendo que le falta algo pero no sé cómo arreglarlo sin que se vuelva incómodo.

—Está bien —dice Rami, asintiendo—. Envíalo.

Respiro profundo.

El mensaje desaparece en la conversación y de inmediato siento ese vacío incómodo que siempre viene después, como si hubiera hecho algo irreversible. —Ya —murmuro.

—Ahora espera.

Eso es exactamente lo que no quiero hacer.

Los segundos pasan más lento de lo normal o al menos así se sienten y me encuentro revisando la pantalla cada dos segundos aunque sé que no tiene sentido.

— ¿Y si suena raro? —Pregunto, sin apartar la vista—. ¿Y si piensa que lo estoy halagando demasiado?

—Es un cumplido básico, Rosie —dice Rami—. No le escribiste un poema.

Antes de que pueda responder, los tres puntos aparecen. Mi espalda se endereza automáticamente. —Está escribiendo.

Rami se acerca otra vez, pegándose a mi lado.

El mensaje llega.

Alec: “Gracias. Llevo años jugando, lo disfruto mucho y lo hago desde que soy niño, me hace liberar la mente”

Parpadeo.

Lo leo otra vez.

—Eso es… —empieza Rami, pero no termina la frase.

—Personal —termino por ella.

Otra vez.

—No sé —murmuro, frunciendo ligeramente el ceño—. No sé qué decir ahora, ¿Cómo coqueteo con esto? No creo que esté coqueteando.

—Bueno, es chico —dice Rami, como si eso explicara todo—. No todos saben seguir un coqueteo.

Miro la pantalla otra vez, intentando encontrar algo más en ese mensaje, algún indicio de interés, algo que haga que valga la pena el pequeño salto que di al enviarlo.

Es normal.

Mis dedos rozan el teléfono, dudando otra vez, porque una parte de mí quiere intentar de nuevo. Quiere empujar un poco más para ver si algo cambia, mientras la otra parte empieza a sentirse ligeramente expuesta, como si estuviera hablando sola en una conversación que no está avanzando al mismo ritmo para ambos.

—Tal vez no debí decir nada —murmuro.

—O tal vez necesitas decir algo más —corrige Rami suavemente.

No respondo de inmediato. Solo me quedo mirando la pantalla, con esa sensación extraña creciendo poco a poco, esa que no es decepción exactamente…

Pero tampoco es lo que esperaba.

Rami no dice nada durante unos segundos, pero puedo sentir que está pensando, porque se queda mirando la pantalla como si estuviera armando un plan en su cabeza, uno que probablemente no me va a gustar.

—Bien —dice finalmente, enderezándose un poco—. Tenemos que subir de nivel.

—No me gusta cómo suena eso —murmuro, aunque no aparto la mirada del teléfono.

—Historias.

Parpadeo. — ¿Qué?

—Sube algo a tus historias —repite, como si fuera obvio—. Algo casual. Y luego buscas su perfil y lo sigues.

Frunzo el ceño, girando apenas la cabeza hacia ella. — ¿Eso qué tiene que ver?

—Todo —responde sin dudar—. Si te acepta rápido, hay interés. Si ve tu historia… más interés. Es ciencia.

—Eso no es ciencia —digo en voz baja, aunque ya estoy desbloqueando el teléfono otra vez.

Rami sonríe, porque sabe que ya me convenció.

Paso unos segundos deslizando entre fotos, sintiendo cómo la incomodidad regresa poco a poco, mezclándose con expectativa.

Encuentro una que no está mal, donde no me veo demasiado arreglada pero tampoco descuidada, lo suficientemente casual como para que parezca que no lo pensé tanto, aunque claramente lo hice.

—Esa —dice Rami, señalando la pantalla—. Publícala.

—Es muy obvia —murmuro.

—Nada es obvio si actúas como si no lo fuera.

Lo hago de todas formas, ¿Qué es lo peor que podría suceder?

La historia aparece en mi perfil y por un segundo me arrepiento inmediatamente, como si hubiera hecho algo demasiado obvio.

—Ahora síguelo —añade Rami.

Busco su nombre, tardando menos de lo que esperaba en encontrarlo y me detengo un segundo antes de presionar el botón, porque una parte de mí siente que esto ya es cruzar una línea invisible.

—Hazlo —insiste Rami, más suave esta vez.

Respiro profundo y lo hago.

Seguir.

El botón cambia de inmediato y ahora solo queda esperar. No sé exactamente qué estoy esperando, pero mi atención se queda fija en la pantalla, como si algo fuera a pasar en cualquier segundo.

—Relájate —dice Rami, aunque ella también está mirando—. No te va a aceptar en un segundo.

Pasan… ¿Diez segundos?

¿Quince?

La notificación aparece.

“Alec aceptó tu solicitud”.

Mi corazón da un pequeño salto, tan automático que ni siquiera tengo tiempo de controlarlo.

— ¿Ya? —Dice Rami, acercándose más—. ¿¡Ya!?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.