— ¡El pan! —Dice, llevándose una mano a la frente—. Mi mamá me pidió que comprara.
La miro, confundida por el cambio tan brusco de tema. — ¿Ahora?
—Sí, se me olvidó por completo —responde, ya poniéndose de pie—. Vamos.
No me muevo, solo la miro. —No.
Rami se detiene a medio paso y gira hacia mí, frunciendo el ceño. — ¿Cómo qué no?
Dudo un segundo, pero termino soltándolo igual, bajando un poco la voz como si decirlo en voz alta lo hiciera peor. —Porque es esa panadería.
Su expresión cambia y luego entiende. —Oh.
No hace falta decir más. Ambas sabemos exactamente a qué me refiero. —Rosie… —empieza, con ese tono de “no es para tanto”.
—Es la de Nico —añado, cruzándome de brazos—. Y si Nico está, Marcello también va a estar.
El solo pensar en eso me tensa ligeramente los hombros, como si mi cuerpo ya estuviera anticipando el fastidio.
—No quiero ir.
Rami suspira, pero no suena molesta, sino más bien decidida. —Solo entramos, compramos y salimos. Cinco minutos.
—Nunca son cinco minutos —murmuro.
—Esta vez sí —insiste, mirándome fijo—. Por favor, no quiero ir sola, además sabes que mamá odia que yo camine sola a otras partes sino es a la casa.
La miro unos segundos más, sabiendo que ya perdí esta discusión incluso antes de empezar. Suelto aire. —Cinco minutos —cedo finalmente, poniéndome de pie.
Rami sonríe, satisfecha. —Cinco minutos.
~
El olor a pan recién horneado nos recibe apenas cruzamos la puerta, cálido y dulce, llenando el aire de una forma que normalmente sería agradable, pero que en este momento solo me hace estar más consciente de dónde estoy.
Mi mirada recorre el lugar casi de inmediato.
Y ahí están.
Marcello está apoyado contra el mostrador, hablando con alguien detrás de la caja, con esa postura relajada que siempre parece demasiado confiada para mi gusto. Nico está a un lado, revisando algo como si no estuviera realmente involucrado en la conversación.
Siento cómo algo dentro de mí se tensa apenas los veo.
—Te dije —murmuro por lo bajo.
—Shh —responde Rami, empujándome suavemente hacia adelante.
No alcanzamos a dar más de dos pasos cuando Marcello levanta la vista y nos ve. Esa media sonrisa aparece en su cara casi de inmediato.
—Mira nada más —dice, enderezándose—. Qué sorpresa.
Cierro los ojos un segundo, preparándome. —Hola, Marcello —respondo, lo más neutral que puedo.
—No sabía que ahora eras clienta frecuente —añade, mirándome de arriba abajo—. ¿O solo vienes a hacer inspecciones para criticar?
Ruedo los ojos, cruzándome de brazos. —Vengo a comprar pan. Como cualquier persona normal.
Bueno, Rami viene a eso.
—Claro —dice, asintiendo lentamente, como si no me creyera del todo—. Normal, no es como si supieras quienes son los dueños de este lugar.
Aprieto ligeramente la mandíbula, sintiendo esa irritación conocida subir poco a poco, esa que siempre aparece cuando habla así.
—Rami, ¿qué necesitas? —pregunto, girándome hacia ella, buscando una salida rápida.
—Pan dulce, pan para sopa y eso —responde, mirando hacia el mostrador—. Voy a pedirlo.
Asiento, pero no me quedo ahí.
Antes de que Marcello diga algo más, me aparto, caminando hacia el otro lado del local, donde hay una vitrina con pasteles. El vidrio refleja mi cara y aprovecho ese pequeño segundo para respirar, para soltar la tensión que se me quedó en el pecho.
Me inclino un poco para ver mejor.
Hay varios, todos ordenados con demasiado cuidado, decorados de formas que llaman la atención. Por un momento logro distraerme enfocándome en detalles simples.
— ¿Buscas algo en específico?
La voz llega desde mi lado y levanto la mirada.
Es Nico.
Por un segundo no sé qué decir, porque no estaba preparada para esto, para tenerlo tan cerca sin la barrera de distancia que normalmente existe. No está mirando su teléfono ni a otra persona, está mirándome a mí, esperando una respuesta.
—Eh… —parpadeo, volviendo a la vitrina—. No, solo… estaba viendo.
—Tenemos de chocolate, vainilla y frutos rojos —dice, señalando con un gesto tranquilo—. Los de ahí se hicieron hoy en la mañana.
Sigo la dirección de su mano, aunque soy demasiado consciente de su presencia a mi lado.
—Se ven bien —murmuro.
—Sí —responde—. Son de los que más se venden, son los favoritos de las personas.
Los vuelvo a ver. — ¿Tú los haces?
Nico entorna los ojos y luego sonríe.
Nico… sonríe. A mí. A la persona que solo ha visto con el ceño fruncido por mucho tiempo.
—No, yo no —se encoge de hombros—. Pero a veces los ordeno, cuando mamá quiere que lo haga.
Parpadeo, sorprendida. No dura mucho. Su expresión vuelve a la normalidad casi enseguida, como si no hubiera pasado nada.
—Si quieres, te puedo recomendar uno —añade después, con el mismo tono tranquilo.
Tardo un segundo en responder. —Sí… está bien.
—El de vainilla con arándanos es mi favorito —dice—, ¿Quieres llevarlo?
—Rosie —La voz de Rami me saca de ese pequeño momento.
Giro la cabeza y la veo acercarse con una bolsa de pan en la mano, mirándome con curiosidad y luego a Nico, como si estuviera intentando leer la situación sin preguntar directamente.
—Ya pedí —dice, deteniéndose a mi lado.
Asiento.
—Yo estaba viendo esto —respondo, señalando la vitrina.
Nico da un pequeño paso hacia atrás, dejando espacio sin que se sienta brusco. —Si quieres algo más, me dices—añade, con el mismo tono de antes.
—Gracias —respondo, casi sin pensarlo.
Rami me lanza una mirada rápida, de esas que dicen luego hablamos, pero no dice nada en voz alta. —Creo que ya nos vamos —añade ella, levantando ligeramente la bolsa.
—Sí, mejor lo pruebo otro día —aunque se ven deliciosos.
Esa era la idea, irnos rápido.
Nos movemos hacia la salida y por un segundo creo que lo logramos, que todo va a terminar ahí, sin más interacción, sin más comentarios…