Los Chicos Que Odio

11

Las mesas están afuera, tres en total, alineadas contra la pared.

Elegimos una del medio.

Rami se sienta primero, colocando la bolsa a un lado, y yo lo hago frente a ella. Nico sale unos segundos después con los platos, colocándolos con cuidado sobre la mesa y Marcello aparece casi al mismo tiempo.

Y de pronto, sin que nadie lo haya planeado realmente… Estamos los cuatro ahí.

Sentados.

Juntos.

Rami rompe el silencio primero. —Se ve increíble —dice, mirando el pastel con una sonrisa.

—Lo es —responde Nico, tomando asiento con tranquilidad a mi lado.

Marcello se deja caer en la silla al lado de Rami, apoyando un brazo en el respaldo, relajado como siempre.

Yo bajo la mirada hacia el plato, intentando concentrarme en algo simple, en algo que no sea el hecho de que estoy sentada ahí, compartiendo mesa con personas que, hasta hace nada, evitaba completamente.

Tomo el tenedor. —Gracias —digo, sin mirar directamente a nadie.

—De nada —responde Nico. Su voz es la misma de antes y eso, de alguna manera, es lo que más raro se siente.

Rami deja el tenedor sobre el plato después del segundo bocado, con esa expresión satisfecha que siempre le aparece cuando algo le gusta de verdad.

La veo cambiar ligeramente la postura, viendo hacia mí y reconozco esa mirada incluso antes de que diga algo.

—Rosie —empieza, bajando un poco la voz, aunque no lo suficiente como para que sea realmente privado—. La historia.

El recordatorio llega como un pequeño golpe de realidad. Parpadeo una vez, sintiendo cómo algo en mi estómago se mueve de forma inmediata, una mezcla de anticipación y nervios.

— ¿Qué pasa con la historia? —pregunto, intentando sonar normal.

Rami me sostiene la mirada, como si no entendiera por qué estoy actuando como si no fuera obvio. —Revísala —dice—. A ver si ya alguien reaccionó.

Dudo un segundo, bajando la vista hacia el teléfono que está al lado de mi plato. —No creo que… —empiezo, pero dejo la frase a medias.

—Rosie —insiste Rami, inclinándose un poco más hacia mí—, solo revisa.

Ese intercambio no pasa desapercibido para los chicos. — ¿Qué están viendo? —Pregunta Marcello, apoyando el brazo sobre la mesa mientras nos observa con una curiosidad, sin ningún intento de disimularla—. Porque ese nivel de misterio no puede ser nada aburrido.

—No es nada —respondo, desbloqueando el teléfono—. Es una tontería.

Marcello suelta una risa suave. —Seguramente, pero es de mala educación tener secretos cuando estás con un grupo de personas.

No le contesto. Entro a la aplicación y siento cómo mi atención se enfoca por completo en la pantalla, como si todo lo demás se desdibujara un poco alrededor. Mi historia aparece arriba, intacta, esperándome y por un momento solo la observo sin tocarla, como si ese segundo extra pudiera amortiguar lo que sea que venga después.

— ¿Vas a abrirla o solo la vas a mirar? —murmura Rami.

Respiro hondo, deslizo el dedo y la imagen se abre. No pierdo tiempo y paso directamente a la lista de visualizaciones, moviendo el pulgar hacia arriba.

Empiezo a leer nombres, uno tras otro sin detenerme hasta que lo veo. El ícono rojo resalta de inmediato, un corazón.

— ¿Y? —Pregunta Rami, inclinándose más—. ¿Qué hay?

Tardo un segundo en responder, todavía mirando la pantalla. —Envió un corazón —digo, bajando un poco la voz.

— ¿Quién? —pregunta ella, aunque ya parece saber la respuesta.

Levanto la mirada. —Alec.

Marcello reacciona primero, aunque no de forma exagerada. Solo alza ligeramente las cejas, como si ese dato fuera más interesante de lo que deja ver.

— ¿Alec? —repite, apoyándose un poco más hacia adelante—. ¿Qué Alec?

No debimos hablar de esto con ellos pero de todas formas, no me importa lo que piensen. —Uno de la escuela —respondo, intentando mantenerlo simple.

— ¿Del equipo? —Pregunta él, con una media sonrisa—. ¿El nuevo?

No contesto de inmediato, pero mi silencio probablemente es suficiente.

—Interesante —añade Marcello, recostándose otra vez en la silla.

Rami no le presta atención. —Le dio un corazón —dice, volviendo a mirarme con emoción—. Eso no es casual.

—Es una reacción —murmuro—. La gente hace eso todo el tiempo.

—No así —responde ella—. No tan rápido.

No tengo una forma clara de contradecir eso.

—Qué eficiente —dice Marcello, con un tono que mezcla burla y curiosidad—. Apenas subes algo y ya tienes respuesta.

Creo que estaría más preocupada que él supiera esto si fuera amigo de Alec pero Marcello solo se la pasa pegado con Nico, así que dudo que vaya a decirle algo a Alec.

Además, Alec envió la reacción, es obvio que lo sabe.

—No significa nada —repito, más para mí que para ellos.

—Ajá —dice él, claramente sin creérselo—. Claro que no.

Durante todo ese tiempo, Nico no ha dicho nada, no ha interrumpido y no ha hecho comentarios lo cual no es raro porque la mayoría del tiempo es Marcello quien habla pero hoy está más callado que de costumbre.

— ¿Y qué le dijiste? —pregunta Marcello de pronto, volviendo a inclinarse hacia adelante—. Porque no creo que ese tipo reaccione porque sí.

Mi mirada se mueve hacia él con rapidez. —Nada que te importe, Marcello.

—No me importa pero están aquí y ahora tengo que entretenerme con algo —responde.

—Solo hablamos —añade Rami antes de que pueda detenerla.

Ese comentario cambia algo. Es sutil, pero pasa porque por primera vez, Nico reacciona, su mirada se detiene en mí un segundo más de lo normal.

Marcello, en cambio, sonríe. — ¿Ah sí? —dice.

Siento cómo el calor sube ligeramente por mi cuello. Bajo la mirada otra vez al teléfono y el corazón sigue ahí.

~

La casa está en silencio cuando finalmente me dejo caer sobre la cama, todavía con la ropa del día.

El techo se vuelve mi punto fijo mientras repaso, sin querer pero sin poder evitarlo cada momento de la tarde, como si mi mente hubiera decidido reproducirlos con más detalle del necesario.




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