Rami no tarda en volver a mi lado.
—Oye, ven a la cancha después —dice, como si fuera una sugerencia casual—. Tenemos práctica y no quiero estar sola con ellas todo el tiempo, necesito que estés ahí en el tiempo libro.
Frunzo ligeramente el ceño, mirándola con una mezcla de duda y cansancio porque la idea de estar ahí, de verlo otra vez, de seguir sintiéndome invisible en su presencia no es precisamente atractiva.
—No sé, Rami… —empiezo, soltando un pequeño suspiro mientras desvío la mirada hacia otro lado—. Tengo cosas que hacer.
Ella entrecierra los ojos de inmediato, como si pudiera leer perfectamente que eso es una excusa barata y se cruza de brazos inclinando la cabeza.
—No tienes nada que hacer —responde sin dudar—. Solo ven, te sientas, me haces compañía y ya.
La miro un segundo más, sabiendo que insistirá hasta que diga que sí y aunque una parte de mí quiere negarse, quedarse lejos, evitar todo lo que tenga que ver con Alec por el resto del día, hay otra parte, una más tonta, que no quiere quedarse con esta sensación.
—Está bien —termino diciendo, sin mucho entusiasmo—. Pero solo esta vez.
Rami sonríe como si hubiera ganado algo y me hace rodar los ojos antes de separarme de ella cuando suena el timbre.
~
Más tarde cuando finalmente camino hacia la cancha, el ruido de los chicos me recibe antes de que siquiera cruce la reja y me detengo un segundo observando desde la entrada como si eso pudiera prepararme de alguna forma.
Y entonces lo veo.
Alec está del otro lado cerca de las gradas, hablando con un pequeño grupo de porristas antes de que empiece el entrenamiento sonriendo y luciendo tan relajado.
Ni siquiera parece un chico nuevo.
Mi estómago se aprieta otra vez y odio que pase tan rápido, que sea tan automático.
Camino hacia las gradas intentando no mirarlo demasiado aunque inevitablemente mi atención regresa a él.
Es como si hubiera algo que no logro soltar del todo.
Me siento en uno de los escalones, cruzando las piernas mientras saco el celular otra vez sabiendo que ahí hay mensajes de un chico que en la escuela, ni me voltea a ver.
No pasan ni unos segundos antes de que alguien se deje caer a mi lado izquierdo con un movimiento pesado, seguido de otro en el lado derecho, cerrando cualquier posible espacio personal que me quedaba.
Mis personas “favoritas”
—Mira quién vino a apoyar a su equipo —dice Marcello, con ese tono burlón de siempre, recostándose hacia atrás como si estuviera en casa—. Qué dedicada a este equipo, Rosie.
Exhalo por la nariz, girando la cabeza hacia él con una mirada poco impresionada. —Vine por Rami, no por ustedes —respondo, apoyando los codos sobre mis rodillas.
— ¿Ah, no? —dice Nico desde el otro—. ¿No te gusta el futbol?
Ruedo los ojos, apoyando la barbilla en mi mano mientras miro al frente. —No es lo mío.
Marcello suelta una risa corta, inclinándose un poco hacia mí otra vez. — ¿Y tu novio? —Pregunta, alargando la última palabra—. ¿Por qué no está contigo?
Siento cómo algo se tensa en mi mandíbula, pero mantengo la mirada fija al frente, como si la pregunta no tuviera ningún efecto. —Nos veremos después —respondo sin pensar demasiado.
¿Por qué dije eso?
— ¿Se verán después? —Nico pregunta.
—En tu imaginación, quizás existe y tendrán una cita —agrega Marcello, sonriendo de lado como si acabara de decir algo brillante.
Aprieto un poco los labios, girando finalmente la cabeza hacia ellos. —Sí existe —repito.
—Entonces descríbelo otra vez —insiste Marcello, apoyando el codo en su rodilla—. A ver si hoy suena más real, ya que estamos aquí y él está en el equipo.
Antes de responder, mi mirada se desvía casi sin querer hacia la cancha.
Hacia Alec.
Sigue ahí hablando y riéndose con las porristas como si nada más importara, como si yo no estuviera a unos metros, como si nuestras conversaciones por las noches no hubieran pasado.
Y por un segundo la idea vuelve, esa que no me gusta. Esa que dice que tal vez solo en mensajes es diferente.
—No tengo que probarles nada —murmuro finalmente, apartando la mirada.
—Tranquila —dice Nico recostándose un poco más—. Solo es raro que alguien tan… interesante como tú tenga un novio fantasma.
Entrecierro los ojos, girando hacia él. — ¿Interesante? ¿Qué se supone que eso significa?
—Sí, interesante —responde, encogiéndose de hombros como si no fuera gran cosa—. Difícil de ignorar, supongo.
¿Eso es bueno es malo?
Desvío la mirada otra vez hacia Alec que sigue sin verme.
Algo en mi pecho se rompe un poco más, porque ahora ya no es solo duda es esa sensación de estar quedándome afuera de algo que pensé, por un momento, que era mío.
¿Por qué Alec no me habla en persona?
Me obligo a mantener la mirada al frente, aunque sé exactamente dónde está Alec sin necesidad de buscarlo otra vez como si regresara a él incluso cuando intento enfocarme en cualquier otra cosa y eso solo hace más molesto el hecho de que desde que llegué no ha habido ni un solo momento en el que siquiera parezca notar que estoy aquí.
—Sigues muy callada —comenta Marcello a mi lado, inclinándose hacia mí—. ¿Tu novio terminó contigo o qué?
Suelto una pequeña exhalación por la nariz, girando la cabeza hacia él,
Ya empiezo a cansarme del mismo tema repetido.
— ¿Por qué eres tan insoportable? —respondo.
Marcello sonríe como si eso fuera exactamente lo que quería escuchar, relajándose más en su lugar. —Solo contigo soy así —dice, señalándome ligeramente con la barbilla—. Y tú me haces fácil esto.
—Qué suerte la mía —murmuro, rodando los ojos.
—Entonces…—añade Nico desde el otro lado con ese tono seco que suena casi aburrido—. ¿Dónde está tu casi novio?
Aprieto un poco la mandíbula, girando hacia él. — ¿Por qué ustedes no se buscan novias y me dejan en paz?