Los Chicos Que Odio

21

El día siguiente llega.

Estoy sentada con Rami en el receso, con el ruido de la cafetería alrededor, las voces mezclándose en un fondo constante que normalmente me distrae pero que hoy apenas noto porque estoy demasiado metida en lo mío.

—Bien, ya —dice Rami, inclinándose un poco hacia mí—. Ahora sí me vas a contar bien qué pasó ayer, porque esa cara no es de alguien que durmió tranquila.

Suelto una exhalación lenta, jugando con la pajilla de mi bebida sin mirarla directamente al principio, como si así fuera más fácil decirlo sin que suene tan real.

—Lo llamé —murmuro al final.

Rami se queda quieta un segundo, procesándolo y luego abre los ojos. — ¿Lo llamaste? —repite, bajando la voz automáticamente—. ¿Y?

Dudo un segundo porque incluso ahora diciéndolo en voz alta, todo suena raro, como piezas que no terminan de encajar aunque las fuerce.

—Fue… extraño —admito—. Su voz no sonaba igual, como… lejana, había ruido, mala señal, no sé, pero no es eso —añado rápido—. Es lo que dijo.

Y entonces le cuento.

No todo con frases exactas, pero sí lo suficiente.

Lo de “me distraes mucho”, lo de que es más fácil hablar por mensaje, lo de no ignorarlo y mientras hablo me doy cuenta de lo absurdo que suena todo junto, como si estuviera describiendo a dos personas distintas y aun así insistiendo en que son la misma.

Rami me escucha sin interrumpir y llego al final. —Y alguien dijo “Marcello” —termino, bajando un poco la voz, como si decirlo más alto fuera a hacerlo más real—. Como llamándolo.

Rami parpadea.

Una vez.

Dos.

Y luego su expresión cambia completamente.

—Espera —dice, inclinándose más hacia mí—. ¿Me estás diciendo que crees que Marcello es el que te está escribiendo?

Aprieto los labios. —Tiene sentido —respondo, aunque suena más como si estuviera intentando convencerme a mí misma—. Estaba ahí, en la pelea, siempre está metido en todo, y… no sé, encaja más que Alec siendo… así.

Rami se recuesta un poco en su silla. —Ya veo —dice lentamente—. Ya veo, esto no me lo esperaba.

—Yo tampoco —murmuro.

Hay un segundo de silencio en el que ambas procesamos y luego siento ese impulso otra vez, esa necesidad de no quedarme con la duda, de no seguir en este limbo raro donde todo es una suposición.

—Le voy a decir algo —digo de repente, enderezándome un poco—. A Marcello. O sea… confrontarlo.

Rami levanta una ceja. — ¿Así, sin más?

—Sí —respondo—. No puedo seguir así, necesito saber si es él o no.

Rami niega lentamente con la cabeza, y ya conozco esa mirada, esa que significa que está a punto de decir algo que no esperaba pero que probablemente me va a arrastrar con ella. —No —dice finalmente—. Así no.

Frunzo el ceño. — ¿Entonces cómo?

Una sonrisa se forma en su rostro. —Nos vamos a vengar.

Parpadeo. —Rami…

—Escúchame —interrumpe, inclinándose hacia adelante con más emoción ahora—. Si es Marcello, no solo te está escribiendo cosas raras, te está confundiendo a propósito, así que no, no merece una conversación tranquila, merece que le demos la vuelta.

La miro, sintiendo cómo una parte de mí sabe que esto es mala idea, pero otra… otra está curiosamente interesada.

— ¿Qué estás pensando? —pregunto, aunque creo que ya sé que no me va a gustar del todo.

—Fácil —dice—. Tú vas a actuar como si estuvieras completamente enamorada.

— ¿Qué? —suelto, sin poder evitarlo.

—De él —añade, como si fuera obvio—. Bueno, de “Alec”, lo que sea que crea que es —corrige con una pequeña risa—. El punto es que él piense que tiene control, que te tiene donde quiere.

Frunzo más el ceño. —Eso suena… horrible.

—Es brillante —corrige ella—. Porque después…

Hace una pequeña pausa, disfrutando demasiado esto. —Después vas a coquetearle a otros chicos del equipo.

La miro. —Rami.

— ¿Qué? —Dice, encogiéndose de hombros—. Si es Marcello, se va a molestar, porque claramente está metido en esto más de lo que aparenta, y si no es él… igual vas a ver quién reacciona.

Eso me hace dudar.

Porque no es solo venganza, es una forma de ver, de comprobar, de hacer que alguien reaccione donde ahora todo es demasiado pasivo, demasiado confuso.

—Y luego —continúa—, cuando ya esté lo suficientemente molesto o algo así, lo confrontas.

Bajo la mirada un segundo, pensando en todo eso, en lo que implicaría, en lo poco que se parece a lo que normalmente haría, y aun así… —No soy buena en eso —murmuro.

Rami sonríe, como si ya hubiera ganado. —Por eso estoy yo.

Levanto la vista. —Esto va a salir mal.

—Obvio —dice, con una sonrisa más grande—. Pero va a ser interesante.

Y no sé si es por frustración, por curiosidad o por ese impulso de dejar de sentirme como si estuviera esperando algo que nunca llega, pero por primera vez desde ayer, la confusión no es lo único que siento.

También hay algo más.

Algo que es como tomar control, aunque no tenga idea de lo que estoy haciendo.

Rami no tarda ni dos segundos en tomar el control de la situación, como si hubiera estado esperando toda su vida para algo así.

—Bien, siguiente paso —dice, bajando la voz aunque su emoción la delata—. Antes del entrenamiento, le vas a mandar mensajes.

Parpadeo. — ¿Mensajes?

—Sí, pero no cualquier cosa —aclara, alzando un dedo como si esto fuera una clase formal—. Cosas cursis.

La miro fijo. —No.

Rami sonríe. —Sí.

—Rami, no voy a… —empiezo, pero ella me interrumpe con una expresión de por favor, confía en mí que esto va a ser genial.

—Escúchame —dice—. Si él cree que te tiene confundida, vamos a subirlo de nivel, quiero que piense que te tiene completamente enganchada, que no puedes dejar de pensar en él, que te afecta.

Aprieto los labios, porque odio admitir que tiene sentido. — ¿Y qué gano con eso? —pregunto, aunque ya sé que no me va a gustar la respuesta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.