Los Chicos Que Odio

24

El resto del día se me va en automático, como si mi cuerpo estuviera presente en cada clase pero mi cabeza siguiera atrapada en esos mensajes.

Rami, obviamente, tiene otros planes.

—Tenemos que ir —dice apenas salimos al pasillo, acomodándose la mochila.

La miro, cansada. — ¿A dónde?

—A la panadería —responde como si fuera lo más obvio del mundo.

Parpadeo. — ¿La de…?

—Sí —asiente—. Donde trabaja Nico, donde seguramente va a estar Marcello, donde tú vas a poder ver su cara cuando…

—Rami —la interrumpo, bajando un poco la voz mientras caminamos entre la gente—. No sé si esto ya es buena idea.

Ella gira la cabeza hacia mí, alzando una ceja. — ¿Ahora te echas para atrás?

Suelto el aire. —No es eso, es que… —dudo, buscando cómo explicarlo sin sonar exagerada—. Los mensajes de hoy se sintieron como una broma.

Rami me observa un segundo más y por un momento parece considerar lo que digo, pero luego su expresión cambia otra vez. —Precisamente por eso —dice—. Si es Marcello, entonces hay que molestarlo más.

Tiene sentido. No quiero quedarme con la duda y aunque no lo quiera admitir, hay una parte de mí que quiere verlo reaccionar.

— ¿Y qué se supone que haga? —pregunto al final.

La sonrisa de Rami regresa. —Tú nada.

Frunzo el ceño. — ¿Nada?

—Exacto —dice—. Tú lo vas a ignorar.

— ¿Y eso qué logra?

Rami se inclina un poco hacia mí mientras seguimos caminando, bajando la voz como si estuviera revelando algo importante. —Que yo le coquetee.

La miro. — ¿Perdón?

—Piénsalo —continúa, completamente seria—. Si es él, si es el que te escribe todo eso, verte no reaccionar cuando yo estoy actuando así lo va a confundir.

No sé de dónde saca sus ideas.

Siento un nudo formarse en el estómago. —Y yo solo… ¿lo ignoro?

—Sí —dice—. Ni lo miras, ni reaccionas, nada. Como si no te importara.

Bajo la mirada un segundo. —No sé si me gusta eso.

Rami se encoge de hombros. —No tiene que gustarte, solo tiene que funcionar.

Y otra vez, ahí está esa sensación de estar cruzando otra línea pero no digo que no.

~

Eso es suficiente para que una hora después estemos entrando a la panadería, el olor dulce envolviendo el lugar y lo primero que hago, casi sin querer, es buscar con la mirada.

No tardo en encontrarlos.

Marcello está ahí, apoyado en el mostrador, hablando con alguien, relajado.

—Ahí está —murmura Rami, innecesario.

—Lo sé. —Pero no hago nada más que repetir el plan en mi cabeza.

—Bien —susurra Rami a mi lado—. Aquí voy.

Y antes de que pueda responder, ya se está moviendo.

La veo acercarse a Marcello apoyándose en el mostrador como si fuera lo más normal del mundo, sonriéndole de una forma que claramente no es casual y Marcello reacciona.

Claro que reacciona.

Su expresión cambia, se ilumina, confundido al principio pero claramente interesado y responde algo que no alcanzo a escuchar, inclinándose un poco más hacia ella.

No intervengo, solo sigo con el plan.

—Hola.

La voz llega cerca. Demasiado cerca.

Levanto la vista. Nico. Está frente a mí, sin sonreír ni nada, como siempre con esa expresión plana. —No sabía que venías hoy —dice aunque su voz sí suena distinta, como suave.

Me encojo ligeramente de hombros, intentando mantener la calma. —Fue idea de Rami.

Él asiente, siguiendo mi mirada por un segundo, inevitablemente, hacia el mostrador donde Rami y Marcello siguen hablando.

—Ya veo —murmura.

Bajo la mirada un segundo, jugando con el borde de mi camiseta, recordando lo que se supone que estoy haciendo. Ignorar a Marcello y fingir que no importa en absoluto.

Así que cuando vuelvo a hablar, lo hago un poco más alto. — ¿Siempre hay tanta gente aquí?

Veo a mí alrededor. Hay una familia en el pasillo donde estoy y otras personas esparcidas por el local.

Nico tarda un segundo en responder, como si no esperara ese cambio. —Depende —dice al final—. Hoy… un poco más.

Asiento, pero no digo nada más.

Rami se ríe de algo que dijo Marcello, inclinándose hacia él, tocándole el brazo con una mano, lo que hace que él sonría más amplio, claramente cómodo, claramente… feliz.

Me obligo a mantener la mirada en cualquier cosa que no sea ellos, en el borde del menú, en la fila que avanza lento, en el reflejo borroso de la vitrina donde apenas distingo movimientos, porque sé que si giro la cabeza otra vez voy a romper el plan en menos de un segundo y no quiero darle a Rami la satisfacción de decirme te lo dije con esa sonrisa insoportable que ya me imagino.

— ¿Vas a pedir algo? —Nico pregunta, cambiando el peso de su cuerpo y rascándose la nuca.

Levanto la vista. —Estoy decidiendo —respondo, encogiéndome un poco de hombros, aunque la verdad es que no tengo idea de qué hay en el menú.

Nico asiente, pero no se va. — ¿Y ya decidiste? —pregunta después de un momento y esta vez suena más directo.

Niego suavemente. —Todavía no.

Silencio.

Otra vez.

Y entonces, sin querer, mis ojos se mueven, solo un segundo, lo suficiente para verlos.

Rami sigue ahí, apoyada en el mostrador, riéndose y Marcello responde, más cómodo, como si la atención le sentara perfecto, como si no hubiera nada más pasando.

Como si no estuviera escribiéndome cosas completamente distintas.

Algo en mi pecho se siente distinto.

— ¿Te pasa algo con él? —pregunta Nico de repente.

Parpadeo, regresando la mirada a él. — ¿Con quién?

—Con Marcello —dice, directo esta vez, sin rodeos.

Mi reacción es automática. —No.

Inclina la cabeza, observándome como si estuviera intentando armar algo en su mente. —No parece —murmura.

Suelto una pequeña risa, más defensiva de lo que quisiera. — ¿Qué se supone que parece?

Él no responde de inmediato, su mirada se desvía un segundo, inevitablemente, hacia el mostrador otra vez, y cuando vuelve a mí, hay algo distinto en sus ojos, algo más firme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.