Necesito aire.
Necesito espacio.
Tengo que lavarme la cara y esperar a que eso me despierte de esa pesadilla o darme cuenta que no estoy soñando y entonces, debería lavarme la boca porque no puede ser que mi primer beso haya sido con uno de los chicos que odio.
Camino hacia la puerta pero al reconocer una voz, me detengo.
Alejandra.
No la veo de inmediato, pero al moverme tan solo un poco, la encuentro con la mirada. Es un baño amplio por lo que hay suficiente espacio para ella y par a Bonny, una de sus amigas.
Está a unos pasos, hablando con la otra chica, recargada contra la pared como si estuviera contando algo importante por su expresión.
—Te lo juro —dice, bajando la voz pero no lo suficiente—. Ese es su juego.
Me quedo quieta sin hacer ruido. Tal vez solo debería irme y buscar a Rami pero algo en mi interior me pide que me quede. No sé por qué, no debería estar aquí.
— ¿Qué juego? —pregunta Bonny.
Alejandra suelta una pequeña risa. —Después de cada partido —continúa—, besa a la chica más fea que encuentre.
No me muevo.
— ¿Qué? —la otra chica suena sorprendida—. ¿Por qué haría eso?
—Según él —dice Alejandra, rodando los ojos—, le da suerte.
Hay un segundo de silencio y luego continúa hablando. —Por eso terminamos —añade—. Porque no voy a permitir que bese a otras chicas solo porque supuestamente le da suerte, no me importa lo feas que sean.
Puedo sentir como algo me golpea en el estómago, como una patada que me saca el aire y me invade el pánico.
Mi mente intenta reaccionar. Intenta decir que no. Que eso no tiene sentido. Que Nico no es de quien están hablando y que él no me besó por eso pero entonces el recuerdo vuelve y la manera en que sucedió.
Lo rápido que fue y como él no se opuso a que me alejara, tampoco me explicó nada.
Soy un supuesto amuleto para él, pero no en un buen sentido, en el peor sentido. En el sentido donde él cree que soy fea y que eso le dará suerte para sus estúpidos partidos.
—Qué asco —dice Bonny.
—Sí —responde Alejandra—. Así que si ves que se está besando con alguna otra chica, ya sabes por qué es.
No espero más.
No quiero escuchar más.
No puedo creerlo pero al mismo tiempo, sí que puedo. Por supuesto que Nico Haysen haría algo así, porque él no es un chico dulce ni amable, él es el tonto que solo existe para fastidiarme.
Él es quien me gritó “Déjame en paz” el año pasado cuando vi cómo se tropezó en el pasillo y me acerqué a ayudarlo. Él es quien siempre está ahí con Marcello para molestarme y hacer tontos comentarios.
Salgo del pasillo sin entrar al baño y sin mirar atrás, pero esta vez no camino sin dirección. Ahora sé exactamente a dónde voy.
Lo encuentro rápido.
Marcello está con los mismos de antes, riéndose y cuando me acerco apenas nota que estoy ahí antes de soltar otro comentario. —Mira quién volvió —dice—. Pensé que…
—Ven conmigo al baile —suelto sin que parezca una pregunta, es más una orden.
Marcello ha estado fingiendo que es Alec, Nico había estado planeando besarme para su buena suerte y yo estoy tan harta de ellos que voy a encontrar la forma de vengarme como se debe.
Silencio, no solo de él sino de todos.
Marcello parpadea, claramente sorprendido, como si estuviera intentando procesar si escuchó bien. — ¿Qué? —pregunta, juntando las cejas y entornando los ojos, se inclina hacia mí—. Repite eso, ¿Qué fue lo que dijiste?
Lo sostengo la mirada. —Al baile de bienvenida —aclaro la garganta, la cual siento como me arde—. Ven conmigo.
Esta vez no hay sarcasmo en su cara, no hay burla, solo confusión. — ¿Hablas en serio? —pregunta.
Asiento. —Sí.
Un segundo.
Dos.
Luego su expresión cambia, una sonrisa apareciendo lentamente. —Claro —dice—. Sí, voy contigo.
Asiento. —Bien.
No sonrío y no agrego nada más. Me doy la vuelta y veo a Rami, quien levanta los brazos como preguntándome donde me había metido. En ese instante, mis ojos se llenan de lágrimas y ella lo comprende todo.
Salimos de ahí cinco minutos después.