Los Chicos Que Odio

27

He pasado media hora tirada en la cama pensando en todo lo que ha sucedido.

Nico me besó y yo invité al baile a Marcello.

Me siento horrible ahora mismo, es casi como si yo fuera un espectáculo divertido para ellos. Marcello finge ser “Alec” y Nico me usa como amuleto de buena suerte.

Rami tiene razón, hay que tomar venganza.

Me giro sobre mi cuerpo y estiro la mano para tomar el teléfono de la mesa de noche. Lo desbloqueo y sin pensarlo demasiado, me voy al chat de “Alec” y lo abro.

Debería cambiarle el nombre ahora que sé que jamás estaba hablando con el chico nuevo, que todo lo que se dijo por aquí fue con Marcello. Me siento tan estúpida tan solo al pensar en cómo le creí.

Entonces, escribo:

“No le vayas a decir nada a tu amigo. Y por cierto, ya se quién eres. Deja de fingir”

Lo envío y mi corazón late a mil por hora. No sé dónde esté ahora mismo pero quiero saber qué tipo de respuesta me dará.

Espero y espero hasta que mi teléfono vuelve a iluminarse con una nueva notificación, abro el mensaje.

“¿De qué hablas?”

¿De verdad eso es todo lo que dirá? Juro que es un tonto.

Respondo de nuevo: “De lo que pasó, no le digas a tu mejor amigo”

Esta vez, responde más rápido: “Está bien… pero me refiero a lo otro, ¿Cómo que ya sabes quién soy?”

Ruedo los ojos al leer su respuesta. Seguro Marcello pensaba que podía seguir fingiendo y jugando conmigo.

“Sabes a lo que me refiero”

Esta vez se tarda un poco más, pero el mensaje finalmente llega: “No, de verdad, no entiendo”

Chasqueo la lengua y exhalo lentamente. Estoy harta de esto, ¿Cuánto más Marcello fingirá ser Alec?

Le envío: “Dime algo, ¿Por qué me escribes? ¿Por qué me has dicho esas cosas? ¿Por qué actúas así? ¿Cuál es el premio? ¿Burlarte de mí?”

Bloqueo el teléfono y lo lanzo a un lado de la cama. Me siento y paso las manos por mi cabello.

Cuando recuerdo todo lo de la fiesta, me dan ganas de llorar de nuevo. Le conté a Rami lo que sucedió mientras íbamos en su auto y ella quería regresar y gritarle a Nico para que me respetara pero le pedí que lo dejara así.

Ya no hay nada por hacer.

Me levanto y voy a tomar mi ropa para dormir. Me quito toda la ropa, la dejo en el cesto para lavar y me coloco una camiseta larga y unos pantalones de pijama.

Tengo que distraerme con algo para dejar de pensar pero no sé con qué. Mi fuente de distracción es el teléfono pero no quiero usarlo ahora porque estaré esperando la respuesta ansiosamente de Marcello.

Pero cuando mi teléfono avisa que he recibido una nueva notificación, ya no espero más. Me muevo a la cama, entro en las sabanas y antes de desbloquearlo, recuerdo esa llamada que hice.

¿Por qué no sonaba como la fastidiosa voz de Marcello?

Bueno, para empezar, se escuchaba la voz como si estuviera alejado del teléfono y la señal fuera muy mala. Tal vez todo eso era un truco para ocultarse y seguir fingiendo ser Alec.

Suspiro y finalmente, desbloqueo el teléfono para leer lo que ha enviado. Cuando entro al chat, la burbuja de texto es más larga de lo que pensé y tengo que deslizar mi dedo por la pantalla para llegar al inicio del mensaje.

Él: “Yo sé que no he sido amigable contigo y sé que esto es inesperado, para mi también lo ha sido. Sé que no nos llevábamos bien pero eso no significa que no me gustabas. No lo dejaba ver porque sé que tú jamás me verías así, lo tengo claro pero me has gustado por un rato. No estoy jugando, solo estoy arrepentido de haberte tratado mal y nunca intentar hablar contigo para aclarar los malentendidos. Lo de la fiesta me tomó por sorpresa también a mí pero me siento bien”

Él: “Échame la culpa, solo quiero que sepas que en realidad, desde hace un tiempo no puedo dejar de pensar en ti y sé que debí hacer las cosas distintas pero contigo es… complicado. Es mi culpa, lo sé”

Leo el mensaje de Marcello tres veces y no puedo creerlo.

Nada de lo que dice justifica que se haya hecho pasar por Alec pero… no sé. No sé qué pensar ni qué responder.

Así que no lo hago, solo apago el teléfono y me voy a dormir, o bueno, me duermo una hora después porque mi mente no dejaba de dar vueltas con esa confesión.

No sé qué hacer.

~

El sonido del timbre atraviesa la casa demasiado temprano para lo poco que dormí.

Aunque al inicio intento ignorarlo enterrando la cara en la almohada como si eso fuera suficiente para desaparecer del mundo por un rato más, sé perfectamente quién es antes siquiera de revisar el teléfono, porque Rami no es precisamente el tipo de persona que espera pacientemente a que le abran la puerta.

Efectivamente, unos segundos después el timbre suena otra vez, más insistente, obligándome a salir de la cama con un suspiro pesado mientras arrastro los pies por el pasillo.

Abro la puerta todavía medio dormida, con el cabello desordenado y la mente un poco nublada, pero Rami entra como un torbellino antes de que pueda siquiera decirle algo.

En cuanto se gira hacia mí, sus ojos me recorren rápidamente como si estuviera evaluando daños, como si esperara encontrarme peor de lo que estoy.

—Necesito todo —dice sin preámbulos, cruzándose de brazos mientras se deja caer en el sofá—. Absolutamente todo.

Cierro la puerta detrás de mí y me quedo apoyada un segundo contra la madera, respirando hondo como si eso fuera a ayudarme a ordenar por dónde empezar, pero no hay una forma ordenada de contar esto, no cuando ni siquiera yo lo entiendo del todo.

Así que simplemente camino hasta ella y me siento enfrente, recogiendo mis piernas sobre el sofá mientras empiezo desde donde terminó la noche.

—A ver, espera —dice levantando una mano, inclinándose un poco hacia mí con los ojos entrecerrados—. ¿Me estás diciendo que el idiota se puso sentimental?




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