Los Chicos Que Odio

28

Rami me ayuda a distraerme de todo lo que pasó.

Mi mamá se mueve por la cocina, preguntando cosas simples, si dormimos bien, si vamos a salir más tarde y yo respondo lo necesario, cuidando que mi voz no traicione todo lo que todavía está desordenado en mi cabeza.

Mientras Rami, que claramente no tiene ese problema, le habla a mamá como si fuera otra amiga más.

Hasta que el sonido de la puerta interrumpe todo.

Mi mamá levanta la mirada y deja lo que está haciendo para ir a abrir y no le doy importancia al inicio porque no espero a nadie, pero cuando escucho su voz desde la entrada, siento cómo algo en mi estómago se tensa.

—Rosie, tu amigo está aquí.

Rami y yo nos miramos al mismo tiempo.

Me levanto de la silla con un suspiro que no termino de soltar del todo y camino hacia la sala, consciente de la presencia de Rami siguiéndome de cerca y en cuanto doblo la esquina y lo veo de pie cerca de la puerta, con las manos en los bolsillos siento cómo todo lo de anoche vuelve de golpe.

Nico.

Se hace un silencio raro por un segundo y me detengo a unos pasos de él, cruzándome de brazos casi por reflejo, como si mi cuerpo necesitara una barrera antes de que mi mente termine de decidir cómo reaccionar.

— ¿Qué haces aquí? —pregunto.

Nico se pasa una mano por el cabello, evitando mi mirada por un segundo antes de volver a enfocarse en mí. —El trabajo de biología —dice finalmente como si fuera suficiente razón para aparecer en mi casa sin avisar—. Es para el lunes y no hemos hecho nada.

Parpadeo una vez, procesando lo ridículamente normal que suena eso en comparación con todo lo demás, como si estuviéramos hablando de cualquier otro día, de cualquier otra situación en la que no hubiera un beso atravesado en medio y un montón de cosas sin resolver.

— ¿En serio viniste por eso? —respondo, alzando ligeramente una ceja mientras lo miro—. Podías haber enviado un mensaje.

Antes de que Nico pueda decir algo, siento a Rami moverse a mi lado, colocándose medio paso delante de mí cruzándose de brazos mientras lo observa con una expresión que claramente no es amigable.

—Sí, porque claramente eso era urgente —añade ella—. Nada más importante pasando, ¿no?

Nico aprieta un poco la mandíbula y aunque intenta mantener la calma, es evidente que la presencia de Rami no le está facilitando las cosas y por un segundo sus ojos vuelven a mí, como si buscara algo distinto, una reacción diferente a la que está recibiendo.

—Solo vine a hablar del trabajo —insiste, pero esta vez su voz suena un poco más tensa—. No tiene que ser un problema.

Suelto una pequeña risa, negando con la cabeza mientras desvío la mirada un segundo hacia el suelo.

Claro, para él no tiene que ser un problema, porque puede actuar como si todo lo demás no hubiera pasado, como si pudiera separar las cosas tan fácilmente.

—Pues para mí sí lo es —respondo, volviendo a mirarlo—. No voy a hacer como si todo estuviera normal.

Él exhala lentamente, parece que hubiera más cosas que quiere decir pero no está seguro de sí debería hacerlo aquí, ahora, con Rami presente, con mi mamá en otra parte de la casa, con todo tan expuesto.

—No estoy diciendo que lo esté —dice al final, bajando un poco la voz—. Solo… tenemos que entregar eso.

Asiento lentamente porque sé que tiene razón en eso.

El trabajo sigue ahí independientemente de todo lo demás, pero aun así no me muevo. —Entonces haz tu parte —le digo—. Yo haré la mía.

Rami suelta un pequeño “exacto” casi en susurro, pero lo suficientemente alto como para que él lo escuche y no puedo evitar sentir cómo la tensión sube un poco más.

Nico me observa un segundo más. —Está bien —dice finalmente, asintiendo una vez—. Como quieras.

Subimos con Rami a mi habitación casi sin decir nada y en cuanto cierro la puerta detrás de nosotras, dejo salir el aire que no sabía que estaba conteniendo, caminando hasta la cama y dejándome caer boca arriba mientras fijo la mirada en el techo.

Rami no tarda en seguirme, sentándose a mi lado con las piernas cruzadas y sé que está esperando a que hable pero no es tan fácil como deber.

—No me gusta cómo apareció así —dice finalmente, rompiendo el silencio mientras juega con la manga de su suéter—. Como si nada.

Asiento lentamente, girando un poco la cabeza hacia ella, pero mis pensamientos no están solo en eso.

No están solo en Nico parado en la sala como si esto fuera cualquier mañana normal, sino en lo que escuché anoche, en esa frase que se me quedó clavada aunque intenté ignorarla.

La forma en que Alejandra lo dijo como si fuera un dato más, algo casi divertido y ahora no puedo evitar que se mezcle con el recuerdo del beso.

—Es que… —empiezo, pero me detengo un segundo, frunciendo el ceño mientras me incorporo un poco sobre los codos—. No puedo dejar de pensar en lo que dijo Alejandra.

Rami alza una ceja, interesada. — ¿Lo de…?

Asiento antes de que termine la frase, porque no necesito escucharla completa para saber a qué se refiere. —Sí —respondo, pasando una mano por mi cabello mientras desvío la mirada—. Eso de que besa a “la más fea” para tener suerte.

La palabra se siente mal incluso al decirla.

—Y luego… —añado, bajando un poco la voz sin darme cuenta—. Lo de la fiesta.

Rami se queda en silencio un momento, procesando y puedo sentir cómo su postura cambia ligeramente.

—No —dice finalmente, más seria—. Eso ya no me gusta nada.

Suelto una pequeña risa sin humor, porque a mí tampoco me gusta, porque nada de esto me gusta, pero aun así estoy aquí, dándole vueltas como si pudiera encontrarle sentido si lo pienso lo suficiente.

—No sé si lo hizo por eso —murmuro, encogiéndome de hombros mientras miro mis manos—. Pero tampoco puedo sacármelo de la mente.

Rami niega con la cabeza. —No importa si fue por eso o no —responde, firme—. Lo importante es cómo te hace sentir y claramente no es bien.




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