Los Chicos Que Odio

30

Estamos de vuelta en la escuela, faltan solo algunos días para el dichoso baile.

Rami ya tiene una cita, bueno, muchas citas y las ha rechazado todas porque ella me ha dicho que ese día estará ocupada conmigo y que no le interesa nada de eso.

Sonrío cada vez que me doy cuenta en lo afortunada que soy por tenerla de mi mejor amiga. Nos conocimos a los trece años y ella fue la persona más amable del mundo.

Una niña llamada Madison Ospen era de esas afortunadas en no tener que usar sujetadores deportivos o de los que te apretaban para intentar mostrar algo, ella ya lo tenía naturalmente pero eso solo le daba “derecho” a reírse de las chicas planas y entre todas, yo.

Ella se burló de mi diciendo que podía pasar entre la reja de la escuela sin problema porque era como una tabla y fue Rami, la chica nueva, quien le dijo que eso era horrible y las chicas deberían apoyarse, no criticarse.

Desde ahí, somos mejores amigas y ni siquiera su estatus de persona mucho más interesante y popular la ha alejado de mí.

Pero regresando a este día, estoy de vuelta en las gradas de la cancha esperando a Rami mientras está en su práctica de porristas. He estado intentando no ver demasiado a los chicos jugando soccer pero es casi imposible.

Veo a Nico pasando el balón y voltea hacia mí, no sonríe pero levanta la mano y me saluda antes de voltear. Marcello nota eso, frunce el ceño y me mira también, saludándome con un movimiento de cabeza.

El gesto es tan rápido que podría fingir que no pasó, que Nico no levantó la mano en mi dirección ni que Marcello me miró justo después como si intentara descifrar algo.

Intento concentrarme en cualquier otra cosa, en el sonido del balón contra el césped, en los gritos de los chicos, en la voz lejana del entrenador dando indicaciones que nadie parece seguir del todo, pero mi atención vuelve a ellos.

Cuando Nico vuelve a tocar el balón, no puedo evitar seguirlo con la mirada un segundo más de lo necesario.

Hay algo distinto en la forma en que juega hoy, o tal vez soy yo la que lo percibe diferente, porque cada vez que levanta la cabeza parece buscar algo o a alguien y cuando su mirada roza la mía otra vez, no aparta los ojos tan rápido como antes.

Desvío la mirada antes de que se vuelva demasiado evidente, apoyando los codos en mis rodillas mientras finjo revisar el teléfono aunque la pantalla esté completamente vacía pero es mejor eso que quedarme atrapada en ese intercambio silencioso que no sé cómo manejar.

—Te estás escondiendo fatal —dice la voz de Rami a mi lado y doy un pequeño salto al no haber notado en qué momento llegó.

Levanto la vista hacia ella y ahí está con el uniforme de porrista, el cabello recogido y esa sonrisa suya.

—No me estoy escondiendo —murmuro, aunque incluso para mí suena poco convincente.

Rami suelta una pequeña risa y se deja caer a mi lado, siguiendo mi línea de visión sin ningún tipo de disimulo. —Claro —responde—. Y yo vine aquí solo a disfrutar el paisaje.

No puedo evitar rodar los ojos, pero hay algo en su presencia que me relaja un poco. —Están raros —añado en voz baja, inclinándome un poco hacia ella.

— ¿Quiénes? —pregunta, aunque su mirada ya está fija en la cancha.

—Los dos.

Rami observa un momento más, analizando la dinámica y no tarda en notar lo mismo que yo, porque en cuanto Nico vuelve a mirar hacia las gradas y Marcello lo sigue casi inmediatamente después, su sonrisa se ensancha.

—Oh, esto es mejor de lo que pensé —murmura.

Frunzo el ceño, confundida. — ¿Qué?

—No saben nada —responde, girando la cabeza hacia mí—. Están completamente perdidos.

Y tiene razón, es evidente en la forma en que Marcello frunce el ceño cada vez que Nico mira hacia aquí, como si intentara conectar puntos que no cuadran.

El balón rueda hacia un lado y uno de los chicos grita algo que no alcanzo a entender, pero el juego se detiene por un momento y en ese pequeño descanso, ambos levantan la vista casi al mismo tiempo, casi sincronizados, y por un segundo incómodo sus miradas coinciden en mí.

—Esto va a ser un desastre —murmuro, más para mí que para Rami.

—Un desastre increíble —corrige ella, apoyando su hombro contra el mío con una sonrisa.

El juego se reanuda y el momento se rompe, Rami regresa con las demás porristas. Intento prestarles atención a los demás jugadores, incluso intento ver a Alec y distraerme con su rostro pero algo me interrumpe.

Un balón golpeándome en el hombro.

Me llevo una mano y aunque no fue el golpe más doloroso del mundo, no es tampoco una sensación agradable.

En ese momento, Nico se acerca a mí. — ¿Estás bien?

Uh… esto es raro.

Nico preocupándose es algo completamente nuevo. —Yo…

Nico levanta la mirada y le grita a Marcello: —Deberías tener más cuidado.

Marcello se acerca con pasos lentos, sonriendo despreocupado. —Ya, Nico, solo fue un golpe.

Él me señala sin quitar los ojos de Marcello. — ¿Solo un golpe? Pudo ser mucho peor, tal vez deberías intentar patear hacia la portería en lugar de torcer la trayectoria.

—Bueno, tal vez tú deberías mejorar tus pases.

Puedo sentir cómo algo cambia en la postura de Nico, cómo sus hombros se tensan mientras da un paso más hacia él, acortando la distancia como si eso fuera necesario para que el punto quedara más claro y yo me quedo en medio, con la mano todavía sobre mi hombro, mirando de uno a otro sin saber en qué momento esto dejó de ser un simple accidente.

—Mis pases no tienen nada que ver con que no sepas controlar la fuerza —responde Nico, su voz más baja ahora—. No es tan complicado apuntar bien.

Marcello ladea la cabeza. —Claro, porque tú nunca te equivocas —dice, cruzándose de brazos por un segundo antes de dejarlos caer otra vez—. Todo perfecto, siempre.

—No es eso —replica Nico de inmediato—, es que al menos sé cuándo algo es mi culpa.

— ¿Ah, sí? —Marcello suelta una pequeña risa, negando con la cabeza—. Interesante, porque desde donde yo estoy parece que solo buscas a quién echarle la culpa cuando algo no sale como quieres.




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