La profesora se levanta después de unos minutos de silencio incómodo, hojeando su carpeta.
—No hablen —dice, señalándonos con el bolígrafo—. Regreso en cinco minutos.
Claro.
La puerta se cierra detrás de ella. Intento mantener la mirada al frente, concentrarme en cualquier cosa que no sea el hecho de que están aquí, a los lados, pero dura poco.
— ¿Por qué estás aquí?
La voz de Nico llega primero y no necesito verlo para saber que me está mirando.
Exhalo lento antes de girar apenas la cabeza. —Detención —respondo, encogiéndome de hombros—. Obviamente.
—Sí, eso ya lo veo —dice—. Pero ¿por qué?
Abro la boca, pero antes de que pueda responder: —Déjala —interviene Marcello desde el otro lado—. No tiene que darte explicaciones.
Giro la cabeza ahora hacia él, frunciendo ligeramente el ceño y cuando vuelvo a Nico, ya está mirando a Marcello. —No estoy hablando contigo.
—Pero yo sí estoy hablando —responde Marcello, incorporándose un poco en su asiento—. ¿Te molesta?
El aire cambia otra vez, como si nunca hubieran dejado de estar en esa discusión de la cancha, como si solo hubiera hecho pausa. —Tal vez sí.
Marcello resopla. — ¿Por qué?
—Tal vez porque me importa —dice Nico, sin apartar la mirada.
Parpadeo, sintiendo ese pequeño golpe interno y antes de que pueda procesarlo del todo, ellos siguen discutiendo.
—Claro —dice Marcello, soltando una risa breve—. Ahora resulta.
— ¿Qué se supone que significa eso? —Nico se inclina hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio.
—Significa que eres bastante obvio —responde Marcello, mirándolo directo.
Mi estómago se aprieta. — ¿Pueden no…? —empiezo, pero ninguno de los dos me escucha.
— ¿Obvio con qué? —pregunta Nico, más tenso ahora.
Marcello ladea la cabeza, como si lo estuviera evaluando. —Con esto —dice, haciendo un gesto vago entre nosotros—. Con ella.
—No sabes de lo que hablas —responde Nico, rápido.
— ¿Ah, no? —Marcello sonríe apenas—. Entonces ¿por qué estabas tan alterado hace rato?
—Porque le pegaste —dice Nico, como si fuera lo más lógico del mundo.
Marcello se encoge de hombros. —Fue un accidente.
—Sí, claro.
Marcello luce cansado por alguna razón. —Bueno, deja de actuar como si no te importara entonces.
Nico chasquea la lengua. —Y tú deja de actuar como si fuera tu problema
Se miran como si el resto del mundo hubiera desaparecido, como si esto fuera solo entre ellos, pero no lo es, porque yo estoy aquí en medio de algo que claramente ya no es solo una discusión tonta.
— ¿Sabes qué? —dice Marcello de pronto—. Si tanto te molesta a pesar que me dijiste que no, pregúntale tú.
Mi respiración se corta un segundo. — ¿Preguntarle qué? —dice Nico, frunciendo el ceño.
Marcello no aparta la mirada de él. —De la invitación.
Siento cómo todo dentro de mí se tensa, Nico gira la cabeza hacia mí lentamente. — ¿Invitó a qué?
Trago saliva, sintiendo sus ojos encima, los de ambos ahora. —Al baile —añade Marcello, como si nada—. Me invitó.
El corazón me late más rápido.
— ¿Qué? —la voz de Nico baja.
Miro a Marcello, luego a Nico y por un segundo considero mentir, decir cualquier cosa que deshaga esto pero ya es demasiado tarde, porque algo en sus miradas dice que ya están conectando cosas.
—Rosie —dice Nico, más firme—. ¿Es verdad?
Exhalo, pasando una mano por mi brazo como si eso pudiera darme tiempo. —Sí, pero…
—Un momento, ¿También lo invitaste a él? —interrumpe Marcello.
Levanto la mirada hacia él, sorprendida por la pregunta. —Yo…
Error.
Ese segundo de duda es suficiente.
—Vaya —murmura Nico, soltando una risa sin humor mientras se recuesta en su silla—. Increíble.
—No es lo que piensan —digo rápido, aunque ni siquiera estoy segura de qué creen exactamente.
— ¿Ah, no? —Responde Nico—. Porque parece bastante claro.
— ¿Qué parece claro? —salta Marcello, ahora mirándolo a él—. Yo no lo sabía.
Nico resopla, viéndolo con los ojos entrecerrados. — ¿No lo sabias? Claro que lo sabes, tú lo sabes, Marcello.
Él niega. —No hablo de eso, hablo de…
—Hablas que tú también ibas a burlarte de mí como ella —Nico aumenta el tono de su voz.
Marcello niega. — ¿Burlarme? Tú mismo puedes burlarte de ti por ser tan inseguro e indeciso, ¿Quieres que le diga?
—Hazlo, ya que eres tan buen amigo.
Rueda los ojos. —No es mi culpa, es tu culpa que le has dado vueltas a esto y yo solo…
—Marcello, deja de mentir —Nico lo interrumpe.
— ¡Tu deja de hacerte la victima! —Marcello levanta las manos.
Nico bufa. —Por favor…
— ¡Ya! —la palabra sale de mí antes de que pueda detenerla, más fuerte de lo que esperaba.
Los dos me miran.
Respiro hondo, sintiendo el pecho subir y bajar más rápido de lo normal. — ¿Pueden dejar de actuar como si yo no estuviera aquí? —digo—. Esto no es… —hago un gesto entre ellos—, lo que creen.
—Entonces explícate —dice Nico de inmediato.
Y ahí está el problema.
Por un segundo considero quedarme callada, dejar que ellos sigan interpretando lo que quieran, pero algo dentro de mí ya está demasiado cansado para eso.
Exhalo lento, apoyando las manos sobre el escritorio mientras bajo la mirada un instante antes de volver a levantarlas.
—Los mensajes —digo al fin—. Yo… pensé que estaba hablando con Alec al principio.
Ambos reaccionan distinto.
Nico se queda completamente quieto.
Marcello frunce el ceño.
— ¿Alec? —repite Marcello, confundido—. ¿Qué tiene que ver él?
Trago saliva, sintiendo cómo todo esto empieza a tomar forma en voz alta, y ya no hay vuelta atrás.
—Luego pensé que eras tú —añado, mirándolo directamente ahora—. Que eras tú quien me estaba escribiendo.
Marcello parpadea, genuinamente perdido esta vez y su expresión cambia. — ¿Mensajes? —Dice, soltando una pequeña risa incrédula—. Rosie, yo ni siquiera tengo tu número nuevo.