Los Chicos Que Odio

33

Encuentro a Rami afuera, cerca de las gradas donde siempre se sienta después de entrenar, con una botella de agua en la mano y el cabello todavía húmedo en la línea del cuello.

En cuanto me ve, frunce el ceño como si supiera de inmediato que algo no está bien. — ¿Qué pasó? —pregunta incorporándose un poco, dejando la botella a un lado.

Me dejo caer a su lado, exhalando largo, pasando una mano por mi cara como si pudiera acomodar mis pensamientos de esa forma, pero no funciona, porque todo sigue siendo un desastre.

—Todo —digo al final, con una pequeña risa sin humor—. Pasó todo.

Rami arquea una ceja, girando el cuerpo hacia mí. —Eso no es una explicación, Rosie.

Asiento, porque lo sé, pero no es tan fácil decirlo en orden cuando ni siquiera en mi cabeza tiene sentido. —Estaban ahí —empiezo, mirando al frente—. Nico y Marcello.

— ¿En detención? —pregunta, sorprendida.

—Sí… —respiro hondo—. Y empezaron a discutir otra vez, pero… peor.

Le cuento poco a poco, tratando de no saltarme partes aunque todo se sienta como piezas mal acomodadas.

Le hablo de la cara de Marcello cuando dijo que no tenía mi número, de Nico admitiendo que era él como si como si fuera obvio.

Rami no me interrumpe solo escucha.

—Y luego salimos y… —trago saliva—. Todo se volvió aún más raro.

Le cuento lo de Marcello, lo de que le gusta ella y noto el momento exacto en que su expresión cambia como si no estuviera segura de haber escuchado bien. — ¿Qué? —Baja la voz—. ¿Dijo eso?

Asiento, mirándola. —Sí.

Rami aclara la garganta pero no dice nada.

—Y Nico… —continúo, sintiendo ese nudo regresar—. Nico estaba diferente. Como si… no sé, como si ya hubiera decidido que esto no vale la pena.

Rami frunce el ceño. — ¿Qué hizo?

Bajo la mirada hacia mis manos. —Me dijo que borrara su número —digo, más bajo ahora—. Que él haría lo mismo con el mío.

—Vaya… eso es intenso —murmura Rami, procesando.

—Sí —respondo, dejando escapar una pequeña risa nerviosa—. Un poco.

Me quedo mirando al frente otra vez, sintiendo cómo todo vuelve en olas, cómo cada parte de la conversación se mezcla con la otra hasta que ya no sé qué sentir exactamente.

—No sé si es mi culpa —admito al final—. O sea… yo no sabía que era él, pero igual lo confundí todo, invité a Marcello, pensé otra cosa, dije cosas… —niego con la cabeza—. No sé.

—A ver —dice finalmente, girándose completamente hacia mí—. Sí, fue un desastre.

Suelto una pequeña risa, porque eso es lo más preciso que ha dicho nadie.

—Pero no es solo tu culpa —continúa—. Nico nunca te dijo que era él, ¿cómo ibas a saberlo? Y Marcello… bueno, Marcello es Marcello.

Eso me hace exhalar un poco más lento.

—Y tú reaccionaste con lo que sabías en ese momento —añade—. No puedes adivinar cosas que nadie te explicó.

Me quedo callada, procesando eso. — ¿Y si igual arruiné todo? —pregunto.

Rami se encoge de hombros, su mirada es firme. —Entonces se arruinó —dice—. Pero no significa que haya sido solo por ti.

—Odio cuando todo se complica así —murmuro.

Rami sonríe, con complicidad y cansancio. —Bienvenida al drama adolescente —dice—. Donde nadie dice lo que siente hasta que ya es demasiado tarde.

Suelto una risa más real esta vez, aunque el nudo siga ahí.

Porque sí.

Eso se siente exactamente así.

~

Los días pasan más lento de lo normal, como si alguien hubiera decidido bajar la velocidad justo en el peor momento y yo hago exactamente lo que sé hacer mejor cuando algo me supera: evitar.

No voy a la cancha.

Cambio rutas, me tardo más en llegar a clases, incluso finjo que me interesa mirar anuncios en los pasillos con tal de no cruzarme con ellos… pero igual pasa.

Me ignoran.

Dejo de repasar conversaciones en mi cabeza a las tres de la mañana como si fuera a encontrar una respuesta escondida entre líneas. Dejo de pensar en qué hubiera pasado si hubiera dicho algo distinto.

Vuelvo a lo de antes.

A cuando los odiaba.

A cuando Marcello era solo el idiota del equipo y Nico… bueno, Nico era Nico, pero no alguien que pudiera meterse así en mi cabeza.

—Te ves sospechosamente tranquila —dice Rami un día, caminando a mi lado por el pasillo, observándome de reojo como si estuviera analizando una teoría.

—Estoy bien —respondo, encogiéndome de hombros.

Ella hace una mueca. —Ajá. Y yo soy mala en coreografías.

La miro. —Eso sí es mentira.

—Exacto —responde, sonriendo apenas—. Entonces, ¿qué estás tramando?

Ruedo los ojos, pero no puedo evitar que una pequeña sonrisa se me escape. —Nada. Solo… ya no me importa.

—Bien —dice finalmente, alargando la palabra—. No te creo del todo, pero te voy a dejar vivir en tu fantasía un rato.

—Gracias, qué amable.

—De nada, soy un ángel.

Caminamos unos pasos más en silencio, hasta que ella vuelve a hablar, esta vez con un tono distinto. —Oye… —empieza—. ¿Qué vas a hacer el día del baile?

La pregunta me toma desprevenida. —No ir —respondo de inmediato, sin pensarlo demasiado.

Rami asiente, como si ya lo hubiera considerado. —Bien. Entonces… hagamos algo mejor.

Levanto una ceja. — ¿Mejor que ver a todo el mundo fingiendo que la pasa increíble mientras claramente no es así?

—Exacto —dice, señalándome como si hubiera probado su punto—. Tengo una idea.

La miro, curiosa. —Eso me da miedo.

—Debería —responde con una sonrisa—. Pero es una buena idea, lo prometo.

Cruzo los brazos, esperando. —Habla.

Rami se inclina un poco hacia mí, como si fuera a contarme un secreto importante. —Hay un lugar —dice—. Un museo de luces.

Parpadeo. — ¿Un… qué?

—Un museo de luces —repite, más emocionada ahora—. Es como… varias habitaciones, todas iluminadas diferente, con instalaciones que recrean obras de arte, efectos raros, cosas que se mueven con espejos y colores… no sé, suena increíble.




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