La entrada del museo brilla desde afuera, luces escapando por los bordes de las puertas de vidrio, como si adentro existiera otro mundo completamente distinto al de esta semana.
Me quedo parada en la acera, mirando la hora en mi celular por quinta vez en menos de tres minutos.
Rami no llega.
Muerdo el interior de mi mejilla, desbloqueo el teléfono otra vez, esperando ver un mensaje, una excusa, algo.
Nada.
La gente entra en pequeños grupos, riéndose, tomándose fotos antes siquiera de cruzar la puerta, y yo sigo ahí, sintiéndome cada vez más… fuera de lugar. Si ella no viene… no significa que yo tampoco pueda entrar.
¿Verdad?
Trago saliva, guardo el celular y finalmente camino hacia la entrada, mostrando el boleto con una sonrisa que no siento y en cuanto cruzo todo cambia.
Las luces. Los colores. Todo es distinto.
La primera sala está llena de tonos azules que se mueven lentamente por las paredes, como si estuviera bajo el agua y por un segundo me quedo quieta, observando.
Debería sentirse lindo y lo es pero no se siente así.
Sigo caminando, pasando de una habitación a otra, cada una más extraña que la anterior. Espejos que multiplican mi reflejo hasta el infinito, luces que cambian de color cuando me muevo, sombras que no coinciden del todo con mi cuerpo y en algún punto, empiezo a sentirlo.
Ese nudo.
Esa sensación de que todo esto sería mucho más fácil si no estuviera sola.
Parpadeo más rápido, como si eso fuera suficiente para detenerlo, pero no lo es porque de pronto ya estoy respirando más hondo de lo normal y mis ojos arden un poco.
Perfecto momento para esto.
Me limpio una lágrima rápido, mirando alrededor para asegurarme de que nadie lo note y sigo avanzando, hasta que entro a otra sala.
Todo es dorado.
Las paredes, el suelo, incluso la luz tiene ese tono cálido, brillante y en el centro hay una recreación de una pintura que reconozco casi de inmediato.
“El beso”.
La figura de dos personas abrazándose, inclinadas una hacia la otra, congeladas en ese instante íntimo que parece eterno. Me quedo mirándolo más de lo necesario.
Y eso… es un error.
Porque mi mente no pierde tiempo. Porque conecta cosas que no quiero conectar.
El beso.
Nico.
Suelto el aire lentamente, sintiendo cómo otra lágrima se escapa antes de que pueda detenerla y esta vez no intento esconderlo tanto, porque ya estoy cansada de fingir incluso conmigo misma.
Saco el celular.
La pantalla se enciende, reflejando mi cara en ese dorado raro. Busco el contacto.
“Alec”.
Ahora sé que no es Alec, es Nico. Siempre fue Nico.
Mi pulgar se queda suspendido sobre la pantalla un segundo antes de escribir, tomándome el tiempo de redactar lo que estoy pensando.
“Voy a borrar tu número como querías, pero antes quiero decirte que lo siento. Todos esos mensajes contigo fueron reales para mí. Nunca fue sobre pensar en Alec o alguien más. Te confesé sobre el divorcio de mis padres y lo feo que fue porque hablar con un desconocido es más sencillo… pero ahora sé que eres tú. Lamento todo. Incluso ahora sé que el beso fue para darte suerte… o al menos eso escuché de Alejandra. Pero quizá no debí creer eso tampoco… o tal vez sí.
Lo siento, Nico.”
Leo el mensaje una vez.
Luego otra.
Y antes de que pueda arrepentirme… Lo envío.
La pantalla sigue encendida en mis manos, el brillo iluminando mis dedos, reflejándose y el mensaje enviado, leído por mí demasiadas veces, pero sin ninguna señal de respuesta.
Nada.
Ni siquiera el “escribiendo…”.
Exhalo lento, bloqueando el celular como si eso fuera suficiente para apagar también todo lo que está pasando en mi cabeza.
Me quedo un segundo más frente a la pintura, observando a esas dos figuras que parecen tan seguras, tan decididas en algo que para mí ahora mismo es imposible de entender.
—Qué ridículo —murmuro, más para mí que para otra cosa.
Trago saliva, me limpio otra lágrima con el dorso de la mano y finalmente me obligo a moverme, a salir de esa sala antes de quedarme estancada ahí para siempre.
Antes de seguir dándole vueltas a algo que ya no puedo cambiar.
Camino por las últimas habitaciones casi sin verlas realmente, los colores mezclándose, las luces pasando de un tono a otro
Cuando finalmente cruzo la salida el aire de la noche me golpea distinto.
Doy un paso afuera, ajustándome la chaqueta, sacando el celular otra vez pero no hay nada.
Suelto el aire, mirando hacia la calle, lista para empezar a caminar sin rumbo.
Cuando escucho: —Rosie.
Me detengo.
Y ahí está, Rami.
De pie a unos metros, con los brazos cruzados, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, respirando un poco agitada como si hubiera llegado apurada.
Nos quedamos mirándonos.
—Llegaste —digo al final, porque es lo único que se me ocurre, aunque suene obvio.
Rami hace una pequeña mueca. —Sí… —responde—. Un poco tarde.
Asiento, bajando la mirada un segundo. —Entré —añado—. No quería quedarme esperando.
—Lo imaginé —responde—, lo siento —dice de pronto.
Levanto la mirada. No esperaba eso. —Yo también —respondo casi de inmediato, porque es verdad.
Rami exhala, soltando un poco los hombros. —No debí hablarte así —continúa—. Solo… me molestó que pensaras que yo estaba haciendo algo malo.
Aprieto los labios un segundo. —No era eso —digo—. Bueno… sí, un poco. Pero no porque tú hicieras algo, sino porque todo se sintió raro y… —niego con la cabeza—. No sé explicarlo sin que suene peor.
Rami asiente lento. —Se sintió como si yo estuviera del lado de ellos.
La miro. —Sí.
Ella suspira. —No lo estoy, Rosie.
Y hay algo en la forma en que lo dice que me hace creerle sin cuestionarlo. —Lo sé —murmuro, aunque hace unas horas no estaba tan segura.