Los Chicos Que Odio

36

NICO

La música está demasiado alta para lo pequeño que es el espacio pero a nadie parece importarle.

Mucho menos a Marcello, que está tirado en el sillón con el control en la mano cambiando canciones cada diez segundos como si ninguna fuera suficiente.

Yo estoy en el piso, apoyado contra el sofá con el celular boca abajo al lado de mi pierna, mirando un punto fijo en la pared sin realmente verlo.

No tengo ganas de estar aquí pero tampoco tenía ganas de estar en el baile así que esta era mi única opción.

—Te juro que si pones esa otra vez me voy —digo cuando vuelve a sonar la misma canción de hace cinco minutos.

—No te vas a ir —responde Marcello sin mirarme—. Estás deprimido, pero no tanto.

Suelto una risa corta. —No estoy deprimido.

—Sí, claro.

La música cambia otra vez.

— ¿Entonces? —Insiste, bajando el volumen al fin—. ¿Vas a seguir así toda la noche o en algún punto vas a decirme qué te pasa?

Me encojo de hombros. —Nada.

Marcello gira la cabeza hacia mí, entrecerrando los ojos. —Te conozco.

Resoplo. —No me digas.

Él me empuja el hombro. —Nico.

Exhalo, pasando una mano por mi cara. —Es que no tiene sentido.

Frunce el ceño. — ¿Qué cosa?

Dudo un segundo. —Lo de ella.

Marcello no necesita más contexto. —Rosie.

Asiento. —Sí.

Se incorpora un poco, apoyando los codos en las rodillas. — ¿Qué pasa con Rosie?

Me quedo callado un momento. —Pensé que sabía —digo al final—. Lo de los mensajes.

—Pero no sabía.

—No —respondo, negando con la cabeza—. Y ahora todo está… mal.

Marcello suelta una pequeña risa. —Malo es poco.

—Es que… —frunzo el ceño—. Yo pensé que estaba hablando conmigo porque quería. Porque sabía que era yo.

— ¿Y eso te molesta? —pregunta Marcello.

Tardo en responder. —No sé.

Pero sí sé. Solo que decirlo en voz alta lo vuelve más real.

—Sí —admito al final, más bajo—. Porque… no sé qué parte era de verdad.

Marcello no dice nada de inmediato solo asiente. —Para ser honesto —dice después—. Dudo que no hayas sido obvio.

Aprieto la mandíbula. —No lo sé.

Antes de que pueda seguir, siento la vibración de mi teléfono y la pantalla se ilumina con un mensaje nuevo de un número sin registrar.

— ¿No vas a ver? —pregunta Marcello.

No respondo, solo tomo el teléfono y abro la notificación. Cuando empiezo a leer entiendo que es un mensaje de Rosie, del número que sí borré por enojo pero que ahora ha vuelto a escribirme.

Y las cosas que está diciendo suenan honestas.

“…todos esos mensajes contigo fueron reales para mí…”

Mi respiración cambia un poco.

“…te confesé sobre el divorcio de mis padres…”

“…ahora sé que eres tú…”

Trago saliva.

“…lo siento, Nico.”

— ¿Qué dice? —pregunta Marcello, moviéndose para estar más cerca.

No respondo de inmediato. Sigo mirando la pantalla, releyendo todo lo que ha escrito.

—Que no sabía —digo al final—, que todo fue real para ella.

Marcello suelta un pequeño “hm”, pensativo.

—Pensó que era Alec —añado, más para mí que para él.

Bufa. —Sí, eso ya lo sabíamos.

Respiro profundo. —Pero ahora sabe que este mensaje lo leeré.

— ¿Entonces? —dice después—. ¿Qué vas a hacer?

—No sé —admito.

~

La luz está apagada, pero no completamente.

Se cuela un poco desde la calle por la ventana, lo suficiente para dibujar sombras suaves en el techo y el cuarto de Marcello sigue tan desordenado como siempre.

Estoy acostado boca arriba, una mano debajo de la cabeza, el celular a un lado con la pantalla apagada pero demasiado presente.

No he respondido.

—Es raro —dice Marcello desde la otra cama, rompiendo el silencio.

Trago saliva. — ¿Qué cosa?

Suelta una pequeña risa. —Nosotros con ella.

Exhalo por la nariz, mirando el techo. —Sí.

—O sea… —continúa—. Siempre nos cayó mal.

Técnicamente él era quien se peleaba más con Rosie. —Ajá.

Marcello vuelve a hablar: —Pero no me acuerdo exactamente por qué.

Eso me hace fruncir el ceño porque tiene razón. —Creo que empezó… sin razón clara —digo, lento—. Como esas cosas que solo pasan.

Marcello se gira un poco, acomodándose. —Yo sí tengo una razón —dice después.

Volteo la cabeza lo suficiente para mirarlo, aunque apenas distingo su silueta. —A ver.

Hace una pausa, como si le diera un poco de vergüenza decirlo en voz alta. —Cuando mi mamá empezó a salir con su papá.

Ah.

—Odiaba la idea —continúa—. De repente tener que compartir todo con alguien más, una “familia nueva”, cenas incómodas, fingir que todo estaba bien… —suelta una risa baja—. Era ridículo.

—Tiene sentido.

—Luego se volvió costumbre —añade—. Ya sabes… molestarla, hacer comentarios, competir por todo.

—Sí.

— ¿Y tú? —Pregunta Marcello—. Porque tú eras peor que yo a veces.

Paso una mano por mi cara, dejando que el recuerdo se acomode. —Creo que… —empiezo—. Hubo un día.

Marcello no interrumpe.

—Mis papás estaban peleando —continúo—. Mal. De esos días en los que sabes que algo ya se rompió, aunque nadie lo diga en voz alta.

Mi voz baja un poco sin darme cuenta.

—Llegué a la escuela… y ella dijo algo.

— ¿Qué cosa?

Me encojo de hombros. —Ni siquiera me acuerdo. Algo normal. Pero yo… le contesté mal.

—Qué estupidez —murmura Marcello.

La luz de afuera cambia un poco, iluminando más el techo por un segundo antes de volver a oscurecerse.

Y entonces: — ¿Cuándo te empezó a gustar?

—No sé, no estoy seguro —respondo—. Es que depende. Físicamente ella no es fea, pero a veces parecía que odiaba estar cerca de mí y yo sentía que éramos tan diferentes.

— ¿Y sientes lo mismo ahora? —Marcello gira el rostro para verme.

Niego. —Ahora siento tantas cosas, es tan extraño —suelto una carcajada—, me siento como un tonto porque no puedo dejar de pensar en ella y la odio pero no, no lo hago, me odio por querer enviarle mensajes y decirle que ya dejemos de ser idiotas y que…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.