Gracias a que el lunes tuvimos un descanso no tuve que ver a Nico en la escuela, pero hoy es martes y ya no puedo ocultarme.
Le conté todo a Rami y ella se emocionó pero yo no puedo compartir su sentimiento pues siento que si existía la posibilidad que algo sucediera entre Nico y yo, ha muerto. Tal vez ambos tenemos la culpa y ahora solo nos queda… nada.
Eso nos queda, nada.
Ojala nunca hubiera enviado ese mensaje porque así yo solo seguiría con mi vida, sintiéndome fastidiada por él y no me la pasaría todo el día con mis pensamientos llenos de sus palabras y ese beso.
—Rosie… —Rami me empuja el hombro—, ya no puedes seguir con esa cara.
Levanto la mirada. —Esta es mi cara, no puedo cambiarla.
Chasquea la lengua. —Sabes a lo que me refiero, tienes esa expresión de tristeza y casi ni hablas. Lo divertido de ser tu mejor amiga es que siempre estás hablando.
Resoplo. —Esa eres tú.
—Pero también tú —sonríe—. Escucha, dime esto —Rami se mueve frente a mí en el pasillo cerca de su casillero.
Miro a un lado cuando veo pasar a un chico de cabello negro pero no es Nico. — ¿Qué?
— ¿Te gusta Nico sí o no? —Rami se cruza de brazos.
Suspiro lentamente. —Es que… no lo sé. Mira, no es que no me guste pero tampoco estoy enamorada de él, pero estoy confundida porque yo pensaba que él era un malhumorado egocéntrico y luego en esos mensajes… era tan distinto.
—Y dijo que te besó porque quería —hace énfasis en la última palabra.
Rami alza ligeramente las cejas, como si esa fuera la única parte importante de todo lo que acabo de decir, como si todo lo demás fuera solo ruido de fondo que ella puede ignorar.
—Entonces tienes que hablar con él —dice—, porque claramente no fue algo sin importancia y tú tampoco lo estás tomando como algo sin importancia aunque intentes convencerte de lo contrario.
Suelto el aire despacio, negando con la cabeza. —No voy a hablar con él —respondo—, no después de todo esto, no después de cómo han sido las cosas siempre entre nosotros, porque no es solo el beso o los mensajes, es todo lo demás y no se puede borrar de la nada.
Rami frunce el ceño, claramente frustrada y da un pequeño paso hacia mí como si eso fuera a hacer que cambie de opinión. —Precisamente por eso tienes que hablar con él —insiste—, porque llevan años actuando como idiotas el uno con el otro y ahora resulta que había algo más debajo de todo eso, Rosie, no puedes simplemente hacer como que no pasó.
—Sí puedo —digo—, de hecho es lo más fácil que puedo hacer ahora mismo.
—Lo fácil no es lo correcto —responde, cruzándose de brazos—, y además, se te nota demasiado que no estás bien con esto.
Y entonces, casi como si el universo decidiera que no he tenido suficiente por hoy, otra figura aparece en mi campo de visión.
Marcello.
Viene caminando sin prisa, con esa forma despreocupada que siempre tiene pero en cuanto levanta la mirada y nos ve, algo cambia.
—Hola —dice Rami cuando lo nota, levantando la mano.
Marcello se detiene frente a nosotras, metiendo una mano en el bolsillo mientras asiente ligeramente. —Hola.
— ¿Qué tal? —pregunta él, mirando a Rami.
—Bien —responde ella—, ¿y tú?
—Todo bien.
Su mirada se mueve entonces hacia mí y el ambiente cambia, porque no es la típica mirada de fastidio o burla a la que estoy acostumbrada, sino algo más.
Sostengo su mirada un momento más del que debería, sintiendo ese leve nudo formarse en mi pecho sin razón clara, o tal vez con demasiadas razones.
—Hola —digo al final, rompiendo el silencio antes de que se vuelva demasiado evidente.
Marcello asiente. —Rosie.
Rami mira entre los dos, claramente notando la tensión que ninguno está nombrando y se mueve como si quisiera empujar la conversación en alguna dirección menos incómoda. — ¿Van a clase o…? —pregunta, intentando aligerar el momento.
—Sí, ya casi empieza —responde Marcello, apartando la mirada primero, lo cual no pasa desapercibido.
Asiento sin decir mucho más, porque siento que si hablo demasiado voy a decir algo que no debería. —Sí.
Al final Marcello solo cambia el peso de un pie al otro y mira otra vez a Rami. —Nos vemos.
—Sí —responde ella.
Y luego se va, sin agregar nada más.
Rami espera un segundo antes de girarse hacia mí. —Okey… eso fue raro —dice.
Exhalo lentamente, mirando en la dirección en la que desapareció Marcello, sintiendo cómo todo vuelve a acumularse en mi cabeza otra vez. —Sí —murmuro.
—Pero no fue tan malo como pensé —añade ella.
La miro de reojo. —No voy a hablar con él.
Rami suspira, cruzándose de brazos otra vez, pero esta vez con una pequeña sonrisa. —Eso dices ahora.
No respondo.
Rami no tarda mucho en volver a insistir. —Oye, ve a la cancha conmigo —dice de repente, acomodándose la mochila en el hombro—, tengo práctica y no quiero ir sola.
La miro de lado, frunciendo ligeramente el ceño porque sé exactamente lo que implica eso. —No —respondo casi de inmediato—, ni siquiera lo pienses.
—Rosie…
—No quiero ir —repito, adelantándome un poco—, no quiero estar ahí sentada viendo cómo juegan como si nada y definitivamente no quiero encontrarme con Nico hoy.
Rami suspira, pero no se rinde, obvio que no se rinde, porque si algo la define es que no sabe cuándo dejar las cosas en paz. —Ni siquiera sabes si va a estar —dice, caminando a mi lado—, además, no todo gira alrededor de él.
—En este momento sí —murmuro—, al menos para mí.
—Pues precisamente por eso deberías ir —insiste—, para dejar de evitarlo todo, porque esconderte no va a hacer que esto desaparezca.
Ruedo los ojos, pero no tengo una respuesta que realmente cierre la conversación, porque en el fondo sé que tiene un poco de razón y odio eso más de lo que debería.
—Solo es un rato —añade, bajando un poco la voz—, me esperas en las gradas, ni siquiera tienes que hablar con nadie.