El miércoles pasa sin que Nico aparezca.
Al principio intento convencerme de que no significa nada, de que simplemente faltó un día más y ya, de que no todo tiene que estar conectado conmigo aunque mi mente claramente no esté de acuerdo, porque cada vez que entro a un salón o camino por el pasillo mi mirada lo busca sola.
Pero no está y esa ausencia empieza a sentirse confusa.
El jueves no es diferente y ahí es donde deja de ser casualidad.
Durante el día intento no mencionarlo, intento no darle importancia frente a Rami porque sé exactamente qué cara pondría, sé que diría algo como “ves, por eso tienes que hablar con él”.
¿Está evitando la escuela?
¿Me está evitando a mí?
¿Pasó algo?
En la noche, cuando ya estoy en mi cuarto tomo el celular sin pensar demasiado.
Abro el chat y leo su nombre.
“Nico”
Mi dedo se queda sobre la pantalla unos segundos, dudando, porque una parte de mí sabe que esto puede ser mala idea, que tal vez no debería escribirle después de todo lo que pasó.
Debería dejar las cosas como están y no complicarlas más, pero otra parte, más insistente no me deja quedarme quieta.
Exhalo lentamente y abro el teclado.
Empiezo a escribir, borro un par de palabras, cambio otras, intentando que no suene desespera.
Al final queda así:
“Oye... Tal vez no quieres hablar conmigo pero me pregunto si estás bien. No te he visto en la escuela. Está bien si no quieres contestarme... Espero estés bien.”
Mi dedo se queda suspendido sobre “enviar” un segundo más, como si todavía tuviera la opción de retroceder, de borrar todo y fingir que nunca pasó.
Lo envío.
El mensaje desaparece de mi lado y aparece del suyo. Apoyo la espalda contra la pared, dejando el celular sobre mis piernas mientras miro la pantalla.
—Está bien —murmuro en voz baja, aunque no suena convincente—, no pasa nada.
~
El viernes Nico llega como si nada hubiera pasado.
Aunque está ahí, aunque participa en todo como siempre, hay algo que cambia en cuanto me acerco o cuando nuestras rutas se cruzan por accidente, algo sutil pero evidente, como si hubiera una línea invisible que ninguno de los dos quiere cruzar, y cada vez que estamos cerca, él encuentra una forma de moverse, de girar, de irse justo en ese momento.
Y yo hago lo mismo sin pensarlo demasiado.
Rami, por otro lado, parece completamente decidida a ignorar esa tensión o a usarla como excusa para moverse más entre ambos lados, porque ahora habla más con Marcello, se ríe con él, lo busca y aunque no dice nada directamente, puedo notar esa pequeña intención detrás de todo.
—Ven conmigo a buscar a Marcello —me dice en uno de los descansos, jalándome ligeramente del brazo.
La miro con sospecha inmediata. —No.
—Rosie…
—No quiero ir —respondo, bajando un poco la voz—, ve tú.
Rami suspira, pero no insiste demasiado esta vez. —Está bien —dice—, quédate aquí.
Asiento, agradeciendo en silencio y me quedo cerca de las gradas mientras ella se aleja, observando sin realmente mirar nada en específico, solo intentando mantener la mente ocupada en cualquier cosa que no sea él.
Pero es inútil porque lo veo a lo lejos.
Hablando con otro chico, con esa misma postura relajada de siempre, como si no hubiera nada raro pasando, como si no hubiera mensajes sin responder o conversaciones pendientes o… lo que sea que sea esto.
Aprieto los labios y desvío la mirada antes de que se dé cuenta, apoyándome en la baranda. Unos minutos después, Rami regresa con Marcello, y los veo acercarse.
— ¿Por qué están así? —pregunta Rami cuando se acerca.
Frunzo el ceño. — ¿Así cómo?
—Así —repite, señalando ligeramente en dirección a la cancha—, evitándose como si el otro tuviera algo contagioso.
Marcello suelta una pequeña risa por la nariz, cruzándose de brazos mientras se queda a nuestro lado. —No es tan distinto a antes —dice.
—Sí lo es —responde Rami—, se nota demasiado.
Rami sabe todo pero aun así pregunta. Tal vez pensó que eventualmente íbamos a hacer las paces o fingir que nada pasó para que ya no se sintiera esta tensión ahora que claramente está interesada en Marcello.
—No lo estoy evitando —miento, mirando hacia otro lado.
Marcello alza ligeramente las cejas. —Claro que lo estás evitando.
Giro la cabeza hacia él. —No sabes eso.
—Sí sé —responde con calma—, porque él está haciendo exactamente lo mismo.
Eso me deja en silencio un segundo.
Rami chasquea la lengua, claramente frustrada con ambos. —Son imposibles —dice—, en serio, parecen niños.
—No es tan simple —murmuro.
—Nada lo es —responde Marcello—, pero tampoco es tan complicado como lo están haciendo, solo tienen que hablar en persona, no con sus mensajes.
Lo miro, intentando descifrar si Nico le ha contado algo sobre mi último mensaje. —Entonces ilumínanos —digo, cruzándome de brazos—, ¿qué se supone que hagamos?
Marcello se encoge de hombros. —Ya lo dije, hablar.
Suelto una pequeña risa sin humor. —Claro, porque eso ha funcionado perfecto hasta ahora.
—No lo han intentado de verdad —dice—, solo han estado escondiéndose detrás de las pantallas.
Rami asiente como si acabara de escuchar la mejor respuesta posible. —Exacto.
—No voy a hablar con él —repito.
Marcello me observa un momento, como si evaluara si vale la pena decir algo más. —Pues él tampoco va a hacerlo si sigues alejándote cada vez que está cerca.
Aprieto los labios, sintiendo ese pequeño choque entre lo que quiero hacer y lo que estoy haciendo realmente. —No me estoy alejando.
—Sí lo estás —dice.
Rami suelta un suspiro dramático. —De verdad no los soporto.
Eso me saca una pequeña sonrisa, aunque desaparece rápido.
Porque al final del día tiene razón.
Ambos la tienen.