Los Chicos Que Odio

40

Cualquiera pensaría que luego de otra semana sin interacciones, ya habría superado a Nico.

Pero no.

Marcello tiene razón, somos unos infantiles. Rami tiene razón, estamos complicándonos la vida.

Ambos no se equivocan pero, ¿Qué podemos hacer?

Ojala Nico solo se acercara a decirme algo sarcástico y así ya podríamos seguir con nuestras vidas, o tal vez, él pudiera dejar de hacer contacto visual cada vez que estamos en el mismo lugar.

Estoy cansada de esto y estoy agotada de tanto pensar en él. Me han gustado chicos antes pero pasan desapercibidos en mis pensamientos, sin embargo con Nico, no es así. No puedo dejar de pensar en él.

—Hoy hay juego, ¿Vas a venir, no? —Rami tuerce uno de sus mechones entre los dedos.

Miro alrededor por costumbre. —Eh, no lo sé…

—Rosie Penelope Hunters, no puedes evitar ir solo por un chico —levanta las manos en el aire—. Un chico.

Le tomo los brazos. —Shh, baja la voz.

—No —entorna los ojos—. Soy tu mejor amiga y yo estaré ahí, también muchas más personas. Tienes que estar, tienes qué. Yo lo haría si fueras porrista, te vería y te apoyaría, sería la porrista de la porrista y…

Ruedo los ojos. — ¡Bien! Estaré ahí… Dios, que molesta eres.

Suelta una risita. —Ajá, y seguro después me odiarás más.

Frunzo el ceño. — ¿De qué hablas?

Sacude la mano. —Nada. Oye, acabo de recordar algo, ¿Tenemos periodo libre después, no?

Asiento justo cuando el timbre anuncia que es cambio de periodo, para nosotros, no hay clase. —Así es.

Sonríe amplio. —Bueno, en ese caso, tienes que ayudarme con algo.

Las personas a nuestro alrededor caminan, algunos con prisa. —Eh, ¿En qué?

Me toma de los hombros y se acerca a mi costado para susurrar: —Es que voy a verme con Marcello en el almacén.

Bufo, sin poder evitarlo.

En esta escuela hay un almacén donde tienen un poco de todo. Trapeadores, cubetas de metal, algunos escritorios viejos y posiblemente ratones, pero también es el famoso lugar donde muchos van a besarse. Honestamente no es el ambiente más romántico pero supongo que las hormonas lo justifican.

— ¿De verdad? ¿Estás segura que quieres hacer eso? —Arrugo la nariz—. ¿No es toxico besarlo?

Levanta un hombro. —Pues no, en realidad, es adictivo.

Saco la lengua. No puedo imaginarme a Rami besándolo, eso es terrible pero supongo que si a ella le gusta… está bien. — ¿Y qué quieres que yo haga?

—Pues solo quédate afuera y si ves a algún conserje o alguien así, tocas la puerta para que finjamos estar buscando trapeadores.

Ruedo los ojos. —Ese plan es horrible.

Ella suelta una carcajada. — ¿Aceptas o no, Rosie?

Obviamente que sí. —Vamos… solo prométeme que luego te cepillaras los dientes tres veces con desinfectante.

Toma mi mano y tira de mí para que caminemos al almacén, que está al fondo de la escuela. —Amiga, tú no te desinfectaste cuando besaste a Nico.

Resoplo. —Yo no lo besé, él me beso —apunto a su rostro—, es distinto.

—Si claro —vamos por los pasillos y entre más avanzamos, menos ruido se escucha.

Espero que Marcello haya venido solo, no quisiera tener que ser guardiana al lado de Nico, eso sería muy incómodo.

Llegamos a la puerta del almacén y volteo, buscando a Marcello pero no está. — ¿Dónde está tu Romeo?

Rami coloca un dedo sobre sus labios y baja la voz. —Quizás está adentro, déjame ver.

Ella abre la puerta lentamente y se asoma, luego una sonrisa se expande por su rostro. Bueno, seguro está ahí. Ella abre más la puerta y efectivamente, Marcello sale pero cuando lo hace, me está viendo y no solo él, ella también.

— ¿Van a besarse o no? —pregunto.

Marcello se mueve a mi lado, Rami abre la puerta más y ambos me empujan dentro, cerrándola detrás de mí.

— ¿Qué? —me volteo para golpear la puerta.

Alguien adentro pregunta: — ¿Rosie?

Mi corazón pega un salto.

Oh… ya entiendo el plan.

— ¡Rami! —Golpeo la puerta—. ¡Abre o dejaré de ser tu mejor amiga para siempre!

— ¿Rosie? —Nico vuelve a hablar—. ¿Qué haces aquí?

Está oscuro y huele a humedad y a productos de limpieza, pero mis ojos se acomodan a la falta de luz y puedo verlo cuando volteo. —Bueno… yo solo vine con Rami, me dijo que… iba a verse con Marcello.

Nico se recuesta en la pared, que no está a más de dos metros de mí. —Eso me dijo Marcello.

Vuelvo a golpear a la puerta. — ¡Abran! —muevo la manecilla pero es como si la estuviera sosteniendo—. Los voy a matar.

Entonces, escucho la voz de Rami: —Ambos tienen que hablar o matarse, lo que sea pero háganlo.

Mi corazón está acelerado. Esto es tan incómodo y vergonzoso, me siento ridícula y no sé qué hacer ahora.

Nico chasquea la lengua. —Tenemos los mejores amigos.

Bufo. —Sin duda…

Me rindo y me giro para recostar la espalda en la puerta. Veo a Nico, rascándose el cuello y viendo al techo. A cualquier parte menos a mí.

Supongo que solo hay una forma de salir de este lugar.

Aclaro la garganta. —Entonces… uh, yo…

—Rosie —se cruza de brazos—. No digas nada.

Mi estómago se hunde. —Escucha Nico, no sé qué decir pero… yo…

—Rosie —levanta una mano—, escúchame primero, ¿sí?

Asiento. —Está bien.

Él suspira. —Tal vez debí… digo, estaba revisando nuestros mensajes y me di cuenta que la primera vez que me hablaste fue para agradecerme por lo de la botella, eso fue algo que Alec hizo y yo solo seguí hablando contigo cuando te pregunté si eras tú, ¿no? Pues… no te culpo por no darte cuenta que no estabas hablando con él, yo nunca te dije mi nombre o bueno, pensé que lo sabias luego que te dije que mis padres tienen una panadería.

Sí… quizás fui tonta. —Juro que pensaba que eras él, luego pensé que Marcello se estaba burlando de mí.

—Pero decías que tenías un casi novio, luego le enviaste mensajes a Alec, o bueno, a mí pero pensabas que era él o Marcello o no sé, pero decías cosas como que no podías dejar de pensar en… ya no sé.




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