Dos semanas después, la casa de Rami se siente exactamente como siempre: música de fondo que nadie está escuchando realmente, luces encendidas sin necesidad y empaques de frituras abiertos y vacío.
Excepto por algo…
Estoy sentada en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá mientras intento concentrarme en cualquier cosa que no sea lo que está pasando justo detrás de mí, lo cual resulta bastante imposible considerando que Rami y Marcello claramente dejaron de tener conciencia del mundo hace varios minutos cuando sus labios se unieron.
—Esto ya es incómodo —murmuro sin girarme del todo, aunque no hace falta verlos para saber exactamente qué están haciendo.
Nico, sentado a mi lado, suelta una pequeña risa por lo bajo. —Podrías ignorarlos.
—No puedo ignorar sonidos —respondo, girando apenas la cabeza para lanzarle una mirada—, no soy un robot.
Responde: —Deberías intentar.
Arrugo la nariz. —Deberías decirles algo.
Nico levanta ligeramente las cejas, como si la idea fuera absurda. —No me voy a meter en eso.
Resoplo, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el sofá por un segundo antes de incorporarme de nuevo.
—Voy a la cocina —anuncio.
—Voy contigo —dice él, levantándose casi al mismo tiempo.
No hace falta mirar atrás para saber que Rami ni siquiera notó que nos fuimos.
El contraste se siente inmediato cuando entramos a la cocina, más silencio, más espacio, menos besos ruidosos.
—Gracias por acompañarme —digo, mirándolo de reojo.
—No lo hice por ti —responde, abriendo el refrigerador—, yo también necesitaba escapar.
—Claro.
Lo observo mientras revisa dentro como si realmente estuviera buscando algo específico y al final saca dos bebidas sin preguntar, extendiéndome una que acepto con un pequeño gesto.
—Siguen igual —comento, señalando vagamente hacia la sala.
Nico cierra la puerta del refrigerador con el pie. —Peor.
Se apoya contra la encimera frente a mí, dando un pequeño sorbo.
—Oye —digo después de unos segundos, jugando con la etiqueta de la botella—, ¿te acuerdas cuando nos llevábamos mal?
Nico suelta una leve risa. — ¿Cuando?
Resoplo. —Idiota.
Él ladea un poco la cabeza, pensándolo. —Tú me caías mal.
—Tú me caías peor —respondo de inmediato.
—No es cierto.
—Claro que sí —me incorporo un poco—, eras… —hago un gesto con la mano, buscando la palabra—, demasiado seguro de ti mismo, como que te creías mejor que los demás.
Nico arquea una ceja. — ¿Y eso es malo?
—Cuando parece arrogancia, sí.
Él niega con la cabeza, divertido. —Yo pensaba que tú eras la que me juzgaba todo el tiempo.
Frunzo el ceño. — ¿Yo?
—Sí —asiente—, siempre tenías esa cara.
— ¿Qué cara?
—Esa —dice, imitándome de forma exagerada, lo cual hace que lo empuje ligeramente.
—No hago esa cara.
Se queda mirándome un segundo más, con una pequeña sonrisa.
—Supongo que todo fue un malentendido —murmuro.
—Bastante grande —añade.
Asiento, dando un pequeño sorbo antes de bajar la mirada un segundo, dudando si seguir o no, pero al final lo hago. —Y… Alejandra tampoco ayudaba mucho.
Nico suelta un suspiro corto, apoyando la cabeza hacia atrás contra el mueble. —Sí… eso.
Lo miro con curiosidad. —Siempre hablaba como si lo suyo fue algo enorme.
—Porque para ella lo era —responde—, pero en realidad… no fue así.
— ¿No?
Niega. —Duramos como tres meses —dice, encogiéndose de hombros—, no fue nada serio.
Eso me hace fruncir ligeramente el ceño. —No parecía.
—Es que ella es… intensa —añade, eligiendo la palabra con cuidado—, un poco posesiva y le gusta hacer que las cosas suenen más grandes de lo que son.
Asiento despacio, procesándolo. —Entonces… no significó tanto.
Nico me mira directamente. —No.
Hay algo en la forma en la que lo dice que no deja espacio a dudas, y por un segundo sostengo su mirada más de lo necesario antes de apartarla. —Entiendo.
Respiro hondo, sintiendo que hay algo más que quiero decir, algo que llevo evitando desde hace rato, y al final me apoyo mejor contra la encimera, mirándolo otra vez.
—Yo tampoco fui muy… clara al inicio —admito.
Nico no dice nada, solo espera.
—Con lo de Alec —añado.
Su expresión cambia. — ¿Qué pasa con eso?
Dudo un segundo, pero no me detengo. —Nunca me gustó de verdad.
— ¿No? —pregunta él, sin apartar la mirada.
Niego lentamente. —No era él —explico—, era… la idea.
Bajo la mirada un segundo, buscando cómo decirlo sin que suene absurdo.
—Me gustaba cómo me hacía sentir —continúo—, los mensajes, la forma en la que hablábamos, todo eso —alzo un poco los hombros—, pero no era real o al menos no completamente.
Cuando vuelvo a mirarlo, Nico sigue atento. —Era yo —dice entonces, con una pequeña sonrisa que no es arrogante, solo… clara.
—Sí —respondo, sin poder evitar sonreír un poco también—, eras tú.
—Entonces técnicamente siempre te gusté —añade, cruzándose de brazos.
—No te emociones —replico—, no sabías que eras tú.
Sonríe de lado, pasándose los dedos por el cabello. —Pero lo era.
—Eras una versión misteriosa y conveniente —digo—, no esto.
Eleva una ceja. — ¿Esto no te gusta?
Lo miro, y por un segundo no respondo de inmediato, porque la respuesta es demasiado fácil. —Esto me gusta más —admito al final, más bajo.
Nico no dice nada por un segundo pero su expresión cambia, suavizándose de una forma que no había visto antes y da un pequeño paso hacia mí sin hacerlo parecer un gran movimiento.
No retrocedo.
El espacio entre nosotros se acorta casi sin darse cuenta. —Qué bien que te hayas dado cuenta quien es el mejor de la escuela —murmura.
Ruedo los ojos ligeramente, pero no me aparto. —No lo arruines.
—Lo intento.
Se queda ahí, lo suficientemente cerca como para que lo sienta, y por un segundo todo se queda en pausa, hasta que… — ¡Oigan!