Los Chicos Que Odio

44

El sol cae directo sobre las gradas.

Todo mi enfoque está en la cancha, en esto que antes me parecía aburrido y ahora, de alguna forma, no puedo dejar de mirar.

—Te juro que si ganan hoy, voy a gritar más fuerte que todos —dice la chica a mi lado.

Solo asiento sin mirarla, porque justo en ese momento Nico recibe el balón y algo en mi estómago se tensa automáticamente.

— ¡Vamos, Nico! —grita alguien detrás de mí.

Rami aparece en mi campo de visión unos metros más abajo, moviéndose con el resto del equipo de porristas, su voz destacando entre todas.

El marcador está empatado.

Quedan pocos minutos.

Los movimientos en la cancha se vuelven más agresivos y cuando Nico vuelve a tomar el balón, uno de los jugadores del otro equipo se le acerca demasiado rápido, entrando con más fuerza de la necesaria y todo pasa en un segundo.

El golpe y luego la caída.

— ¡Hey! —escucho varias voces al mismo tiempo, pero la mía se mezcla entre ellas antes de darme cuenta.

Me inclino hacia adelante sin pensarlo, el corazón acelerándose de golpe mientras veo a Nico en el suelo, apoyándose en una mano.

—Eso fue falta —dice alguien cerca, indignado.

— ¡Claro que fue falta!

El árbitro no tarda en pitar, el sonido cortando el aire como una confirmación mientras algunos jugadores discuten y otros simplemente se alejan.

Nico se levanta después de un segundo, sacudiéndose un poco como si quisiera quitarle importancia, aunque se nota que el golpe no fue ligero.

Está bien, eso es lo único que importa.

El árbitro señala penal. El estadio, o lo más cercano que tenemos a uno, reacciona al instante.

—No puede fallar —murmura alguien detrás de mí.

—Es el último.

Trago saliva sin darme cuenta, sintiendo cómo la tensión sube de golpe. Nico toma el balón, camina hacia el punto.

Rami está al borde de la cancha ahora, gritando algo que no logro distinguir, moviendo las manos con energía, completamente metida en el momento.

Nico coloca el balón, da unos pasos hacia atrás.

Respira.

El portero del otro equipo se mueve sobre la línea, intentando intimidar, levantando los brazos, diciendo cosas que claramente no llegan hasta aquí pero que se entienden igual.

—Vamos… —murmuro.

El árbitro pita y todo se congela.

Nico corre hacia el balón, el movimiento rápido y el golpe es limpio. El balón sale disparado, el portero se lanza hacia un lado. Solo puedo seguir la trayectoria con la mirada, el corazón latiendo demasiado fuerte para algo que, hace unas semanas, no me habría importado en absoluto.

El balón entra.

No hay duda y todo explota al mismo tiempo, el sonido sube de golpe, gritos, aplausos, alguien salta detrás de mí.

— ¡Gol!

Ahora sí.

Marcello llega primero, prácticamente chocando contra él en un abrazo que parece más una embestida, y Nico responde de la misma forma, riéndose, dándole un golpe en el hombro mientras el resto del equipo se une, formando ese caos de celebraciones donde nadie parece tener espacio suficiente pero igual se quedan ahí, juntos, como si eso fuera parte del ritual.

Rami está saltando cerca de la cancha, gritando con más fuerza que cualquiera.

Vuelvo a él.

Nico se separa del grupo después de unos segundos, todavía con esa sonrisa que no intenta esconder, pasando una mano por su cabello mientras busca algo entre la gente, y no sé exactamente en qué momento nuestras miradas se encuentran, pero cuando lo hacen, siento ese pequeño golpe en el pecho otra vez, esa conexión que no necesita explicación.

Y entonces empieza a acercarse.

Camina hacia las gradas, esquivando a algunas personas en el camino y cuando llega lo suficientemente cerca, no dice nada de inmediato, solo extiende los brazos como si fuera lo más natural del mundo.

No lo pienso demasiado.

Bajo un par de escalones y cuando estoy frente a él, me rodea en un abrazo, levantándome del suelo por un segundo y no puedo evitar soltar una pequeña risa, sorprendida, aunque mis brazos ya están alrededor de su cuello, respondiendo sin dudar.

—Ganaron —murmuro cerca de su oído, todavía con la emoción en la voz.

—Obviamente —responde, bajándome con cuidado pero sin alejarse del todo.

Me aparto lo suficiente para mirarlo, notando el brillo en sus ojos, la respiración todavía un poco agitada. —Eso estuvo… —empiezo, pero no termino porque no encuentro la palabra exacta.

— ¿Impresionante? —sugiere.

Se queda mirándome un segundo más, como si quisiera decir algo más pero en lugar de eso, su expresión cambia ligeramente, volviéndose más juguetona.

—Para el próximo partido —dice entonces—, tienes que venir preparada.

Frunzo el ceño. — ¿Preparada cómo?

Eleva la voz por el ruido a nuestro alrededor. —Con uniforme de porrista.

Parpadeo, procesando. — ¿Perdón?

—Ya sabes —continúa, completamente serio—, falda corta, pompones, toda la cosa.

Lo miro, incrédula. —Estás bromeando.

—No —responde—, creo que nos darías buena suerte y te verías bien, serias mi motivación para los partidos.

Suelto una risa, empujándolo ligeramente por el hombro. —Ni siquiera sabes si me vería bien —añado.

Nico me mira de arriba abajo, con una media sonrisa que no intenta ocultar. —Lo sé.

Puedo sentir el calor en mi cara. —Cállate.

—Piénsalo —insiste—, sería interesante.

Mi corazón se acelera por la manera en que me mira, creo que es el primer y único chico en la historia que tiene esa mirada conmigo. —No lo haré.

Se acerca un poco más y toca mi mentón. —Lo harás porque eres mi novia y las novias motivan a sus novios.

Toco su pecho. —No seré una de esas novias que te complacen en todo.

Se queda en silencio un segundo, como si estuviera guardándose algo, y luego simplemente sonríe. —Eso es justamente lo que me gusta de ti.

Resoplo, negando con la cabeza, pero no me aparto.




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