Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 2

POV Valentina

Un año de mi vida

Me quedé observándola, como si me estuviera hablando en algún idioma extraño que yo no comprendía.

—¿Una propuesta? —solté una risa sin ganas—. Señora, con todo el respeto del mundo, hoy me quedé sin novio, sin dinero y sin mis documentos. Lo único que me faltaba era que alguien intentara venderme un seguro.

—No tengo intención de venderte nada. —No esbozó ni una sonrisa—. Al contrario. Solo te pido que me escuches hasta que termine antes de darme una respuesta.

Apreté las manos entre las rodillas y aguardé, porque, a fin de cuentas, qué otra opción tenía.

—Quiero que gestes un hijo para mí. Y no, no es que se me acabe de ocurrir viéndote llorar —añadió, como si me leyera la duda

—. Llevo semanas buscando. Pregunté, averigüé, descarté. Te vi a ti y dejé de buscar.

Parpadeé, aturdida.

—¿Que geste… qué cosa?

—Antes de que me enfermara, mi marido y yo dejamos algunos embriones congelados en una clínica. Son nuestros. —No desvió la vista ni por un segundo—. Yo ya no puedo llevarlos, mi cuerpo no aguantaría el embarazo, pero el tuyo sí.

Me faltó el aire por un instante y luego me levanté de la silla de un salto, como si me hubieran dado un pinchazo.

—No. —Moví la cabeza negando con ambas manos—. No, no, no. Discúlpeme, pero eso sí que no. No puedo hacer algo así.

—Siéntate, te lo ruego.

—¿Cómo pretende que…? —Me temblaban las manos—. ¿Un hijo? ¿Y qué se supone que le diga a mis padres? ¿Mamá, no me casé, pero estoy embarazada de un hombre que ni siquiera conozco porque le alquilé el vientre a una mujer que vi llorando en un parque? Claro, seguro que les encantaría la idea.

—Valentina…

—Además, ni siquiera serían míos. —La voz se me quebró sin que pudiera evitarlo—. ¿Y luego qué? ¿Los llevo nueve meses, siento cómo patean, escucho sus latidos, y se los entrego como si fueran cualquier paquete de correo? No. No tengo el corazón tan frío, señora.

Isabella permaneció inmóvil. Me permitió descargar todo mi enojo con esa tranquilidad que me daba aún más rabia, porque no sé cómo pelear contra alguien que no devuelve el golpe.

—Tienes toda la razón —comentó una vez que me faltó el aliento—. No es fácil para nadie asimilar lo que te estoy planteando.

Me recosté sobre el respaldo y permití que continuara.

—Me estoy muriendo, Valentina, esto es real, me queda poco tiempo. —Bajó el tono de voz—. Aun así, todavía tengo margen para decidir qué le voy a dejar a mi marido cuando yo ya no esté.

No sabría explicar por qué, pero volví a sentarme.

—Adrián me ha querido desde que éramos prácticamente unos críos. Sin poner condiciones, sin reproches. —Hizo una pausa—. El día que yo no esté, se va a desplomar. Lo conocí siendo alguien frío, solitario y resentido con el mundo, y me tomó años rescatarlo de ese pozo. En cuanto me vaya, volverá a ser ese tipo de hombre. Quiero dejarle algo mío. Algo positivo. Un hijo.

La escuchaba con un nudo cerrándome la garganta, y me detesté a mí misma por seguir prestando atención.

—Y no te estoy pidiendo que me hagas un favor de gratis. —Retomó un tono resuelto—. A cambio de un año de tu vida, te pagaré lo suficiente para que liquides la hipoteca de tus padres y te sobre dinero. Para que compres tierras, ganado, lo que te plazca. Para que regreses a tu rancho y no tengas que depender nunca más de ningún hombre.

Esa parte ya me la conocía. Era precisamente lo que me mantenía ahí sentada.

Sin embargo, mi madre no crió a una tonta del todo.

—A ver. —Me puse derecha—. Habla muy bien, pero la que va a poner el cuerpo durante todo un año soy yo. Así que, si vamos a negociar, vamos a hacerlo en serio.

Por primera vez, percibí en ella algo parecido a una sonrisa.

—Te escucho.

—Uno. —Alcé un dedo, manteniendo la mano todavía algo temblorosa—. El dinero de la hipoteca no me lo entrega al final. Me lo da ahora, de una vez, para enviarlo a mi casa antes de que el banco nos quite todo. No voy a quedarme esperando nueve meses a que mis padres terminen en la calle.

—Concedido.

Me descolocó la rapidez con la que aceptó. Continué.

—Dos. Si llega a haber problemas con el embarazo, si sufro algún percance de salud, si me prescriben reposo, o si me sucede cualquier cosa… usted se hace responsable. No quiero que me tiren a la calle como si fuera un animal desechable.

—Cuentas con un contrato y con abogados que garantizan eso. Te lo pondré por escrito.

—Tres. —Esta me costó más pronunciarla—. El día del nacimiento, cuando tenga que entregárselo, no quiero verlo. No quiero que nadie me diga que los mire por última vez. Yo los dejo, cobro y me marcho. Sin más. Porque si me detengo a observarlo... —La voz se me quebró—. Si me detengo a mirarlo, no seré capaz. Y no pienso hacerle eso a usted.

Isabella guardó silencio un buen rato. Hubo un gesto en su rostro que no logré descifrar.

—Concedido —respondió, en un tono más bajo—. Aunque en eso, te vas a mentir a ti misma. Pero está bien. No entendí qué me quiso decir. Tampoco pregunté.

Por un segundo bajó la mirada, y le tembló algo en la cara. No era compasión. Era casi culpa, como si supiera que me estaba pidiendo algo que me iba a partir en dos, y aun así lo está pidiendo. Después parpadeó, y la mujer volvió a su sitio.
No entendí qué me quiso decir. Tampoco pregunté.

—¿Entonces? —Me tendió la mano por encima de la mesa—. ¿Tenemos trato?

Miré esa mano. Pensé en mi papá firmando los papeles del banco con el pulso temblando. En mi mamá aguantándose el llanto en el aeropuerto.

Le di la mano.

—Trato.

Esa misma noche me prestó su teléfono para llamar a mis papás, y les metí tres mentiras en una sola llamada: que me había casado, que en unos días les mandaba la plata de las deudas, y que no iba a poder ir por unos meses.

Mi mamá lloró de la dicha al otro lado.




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