Los que voy a entregar
La plata de la hipoteca la mandé al tercer día, como quedamos.
Mi papá me llamó llorando al teléfono nuevo que me compró Isabella, dándole gracias a Dios, a la Virgen y a Julián, en ese orden, y yo tuve que aguantarme para no gritarle que no le agradeciera a ese malparido nada, que la plata no venía de él.
Pero me callé. Ya me estaba acostumbrando a callarme.
Lo que no me imaginé fue lo rápido que se me metió el miedo en el cuerpo cuando el asunto se volvió de verdad.
Porque una cosa es firmar un papel, y otra es estar acostada en una camilla con doña Amparo apretándome la mano mientras la enfermera sale con un sobre.
—Está usted embarazada —dijo.
Y en el pecho se me juntaron dos cosas que no tenían derecho a estar juntas: el susto y una alegría que no era mía, porque ese hijo no era mío.
—Respira, hija —me dijo doña Amparo, que me había caído del cielo esa mujer, la que ahora era mi cuidadora, impuesta por Isabella claro—. Ya está. Ya no hay vuelta atrás.
Justo lo que necesitaba oír, para soportar los meses que me esperaban cargando un embarazo que no era mío.
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Los primeros meses fueron náuseas, libros y doña Amparo salvándome la vida.
Yo creía que solo venía a enseñarme el idioma y esos números de finanzas en los que Isabella insistía, pero me corregía todo: cómo me sentaba, cómo agarraba el tenedor, cómo saludar sin parecer que pedía limosna.
—Una señora no se encoge. —Me jalaba los hombros para atrás—. Tú no eres menos que nadie, Valentina.
—¿Y para qué quiero yo aprender a saludar como reina, doña Amparo? Apenas nazcan, me vuelvo a mi rancho a saludar gallinas.
Me sostuvo la mirada un segundo de más.
—Uno nunca sabe para dónde lo lleva la vida, hija. Yo solo te preparo. Por si acaso.
No entendí. Tampoco pregunté. Con el tiempo aprendería que doña Amparo nunca decía las cosas de gratis.
Tres meses pasaron en un parpadeo y con ellos llego y con ellos la ecografía que nos diría si el embarazo estaba bien.
Isabella me acompaño emocionada, escucharíamos el corazón del niño, pero cuando me revisaban el médico se quedó callado demasiado tiempo, moviendo el aparato, apretando botones, con el ceño cada vez más fruncido, y a mí se me subió el corazón a la garganta.
—¿Qué pasa? ¿Le pasa algo al bebé?
—Un momento, Valentina.
Llamó a la enfermera. Hablaron bajito en ese idioma que yo todavía masticaba a medias. Isabella me apretó la mano.
Después el médico giró la pantalla.
—Miren. Aquí hay un corazón. —Movió el dedo—. Aquí, otro. Aquí, otro más.
Se me heló el cuerpo entero.
—¿Cómo que otro más?
—Son cinco, Valentina. —Me miró como si ni él se lo creyera—. Se prendieron cinco. Cinco.
El aire se me fue de golpe.
Cinco.
Volteé a mirar a Isabella esperando verla tan aterrada como yo. Pero Isabella lloraba, con las dos manos en el pecho, mirando la pantalla como si adentro estuviera Dios.
—Cinco —susurró—. Me vas a dejar cinco, Valentina.
Se me tiró encima a abrazarme, temblando, dándome las gracias, y yo, con cinco corazones latiéndome adentro, no supe si reír o llorar, así que hice las dos cosas, cuando salimos de la consulta ella no paraba de reír y yo pensaba que tal vez esto era un error que me costaría caro.
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Esa noche llamé a mi mamá. No sé por qué. A lo mejor porque necesitaba oír una voz que me quisiera sin cobrarme nada.
—¿Cómo va todo, mija? ¿Y Julián? ¿Cuándo vienen?
—Bien, ma. Todo bien. —Me miré la barriga plana todavía—. Pronto.
—Se te oye rara. —Silencio—. ¿Estás comiendo? ¿Ese hombre te está tratando bien?
—Sí, ma.
—Valentina. —Y ahí le cambió la voz, la voz de mamá que sabe—. A mí no me engañas tan fácil. Yo te parí. ¿Segura que estás bien?
Se me apretó la garganta. Por un segundo, uno solo, quise soltarlo todo. Mamá, no me casé. Mamá, estoy embarazada de cinco hijos que no son míos. Mamá, véngase, sáqueme de aquí.
—Estoy bien, ma. Es el cansancio del viaje todavía.
—Mmm. —No me creyó. Nunca me creía—. Tu papá dice que Julián no le contesta las llamadas. Que solo manda razones. ¿Eso es normal en un yerno, mija?
—Está ocupado, ma. Ya sabe cómo es la ciudad.
Colgué antes de que me sacara más, con las manos frías.
Mis papás sospechaban. Claro que sospechaban. Uno puede mentirle al banco, al consulado, a medio mundo. Pero a una mamá que lo parió a uno, esa huele la mentira por teléfono, me acosté pensando de nuevo que a lo mejor me había metido en algo demasiado grande para mí.
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Otro me paso y la barriga creció, y con ella el miedo.
Doña Amparo dejó de ser mi maestra y se volvió mi amiga, la única en esa casa enorme. Me sostenía el pelo en las náuseas, me ponía la mano encima cuando los cinco se movían al tiempo como si tuvieran un partido allá adentro.
Isabella venía cada vez menos, yo ya sabía lo que era ese silencio, pero no lo quería nombrar, pero de la nada una esa tarde Doña Amparo entró al cuarto casi corriendo, con una cara que no le había visto nunca.
—Métete al cuarto de atrás y no salgas —me dijo, cerrando cortinas—. Llegó el señor.
—¿Cuál señor?
—El marido de la señora Isabella. Adrián. —Me empujó suave hacia el pasillo—. No sabe que estás aquí, Valentina. No puede saberlo. Camina.
Se me fue el alma a los pies.
Le hice caso, pero el cuarto de atrás daba a la sala por una ventanita, y yo, que soy curiosa hasta para lo que me hace daño, me asomé.
Y ahí estaba.
Adrián.
Más alto de lo que salía en las fotos que Isabella tenía por la casa. Más buenmozo, también, con esa cosa de los hombres que no saben lo guapos que son y por eso lo son más. Andaba por la sala dando instrucciones, cargando él mismo unas cajas, unas velas, unas flores.
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Editado: 31.07.2026