Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 5 —

POV Adrián

El último deseo

Manejé como un loco, con el teléfono todavía marcando su nombre en el asiento de al lado.

No contestaba.

Me pasé tres semáforos en rojo, me subí a un andén, le grité a un carro que no me dejaba pasar. Todo el camino repitiéndome que llegaba a tiempo, que era un susto, que Isabella me iba a recibir con esa cara de "exagerado, no era para tanto".

Entré a la casa gritando su nombre.

Nadie me contestó.

La encontré en el estudio, en el piso, junto al sofá, con el teléfono a un lado y los ojos entreabiertos, como si me mirara desde muy lejos.

—No. —Caí de rodillas—. No, no, no, mi amor, no.

La levanté, la apreté contra mí, le busqué el aire en la boca, el pulso en el cuello, el latido en el pecho.

Nada.

Estaba tibia todavía. Tibia. Como si acabara de dormirse. Como si con solo llamarla fuerte fuera a abrir los ojos y a reclamarme por el escándalo.

—Despierta, mi vida, que ya llegué. Ya estoy aquí. Perdóname por no llegar antes, perdóname, pero ya estoy aquí, ¿me oyes?

No me oía.

Por primera vez desde que la conocí, Isabella no me oía.

No sé cuánto tiempo pasé en ese piso, meciéndola, hablándole al oído cosas que ya nadie iba a escuchar. Sé que alguien entró. Sé que unas manos trataron de separarme de ella y que no las dejé. Sé que grité, que rogué, que le prometí lo que fuera con tal de que respirara otra vez.

El resto se me borró.

El velorio lo viví como se ve una película en la que uno no actúa.

Gente que me abrazaba y a la que yo no reconocía. Flores que no había pedido. Una caja de madera brillante que no tenía derecho a existir, y adentro ella, quieta, maquillada por manos ajenas, sin ese gesto suyo de fruncir la nariz cuando algo le daba risa.

Me pasé horas de pie frente a ese cajón sin poder soltar una lágrima, seco por dentro, hasta que me empezó un temblor en las manos que ya no se me quitó.

Camila apareció a mi lado, de negro impecable, con dos copas de vino. Me puso una en la mano.

—Cuñado. —Se pegó a mi brazo—. Estamos juntos en esto, Adrián. Yo era su hermana. Nadie entiende tu dolor como yo.

Le agradecí con la cabeza, porque no me salían las palabras.

—Ahora somos tú y yo la familia que queda. —Me apretó el brazo, se me quedó ahí, de más—. No vas a estar solo. Yo me voy a encargar de eso.

******************************************

El día del entierro, antes de salir para el cementerio, el abogado de Isabella me pidió un momento a solas.

—Señor Lincoln. —Traía un maletín y una cara que no me gustó—. Su esposa dejó instrucciones muy precisas. Antes de sepultarla, usted debe ver algo. Ella insistió en que fuera hoy. En este orden exacto.

—No estoy para papeles.

—No son papeles. —Sacó una Tablet, la puso sobre la mesa—. Es ella.

Se me heló la sangre.

Le dio pley y se apartó, discreto, hacia la puerta.

Y ahí estaba Isabella.

Viva. En la pantalla. Sentada en nuestro cuarto, más flaca de lo que yo me había permitido ver, con una sonrisa cansada y los ojos llenos de algo que en su momento no supe leer y que era, me di cuenta después, pura culpa.

—Hola, mi amor. —Su voz me partió en dos—. Si estás viendo esto, ya no estoy. Y sé que estás furioso conmigo. Tienes razón. Te mentí durante meses. Sabía que me moría desde hace mucho, y no te lo dije. No soportaba la idea de verte llorar por mí en vida.

Me agarré del borde de la mesa.

—Pero no te dejé solo, Adrián. Eso jamás lo permitiría. —Respiró hondo—. Antes de enfermarme, tú y yo dejamos unos embriones congelados. Nuestros. Los hijos que tanto quisimos y que nunca alcanzamos a tener.

El corazón se me detuvo.

—No dejé que se perdieran. —Se le quebró la voz—. Conseguí quién los llevara por mí. Una muchacha buena, de las que ya casi no quedan. Y ahora mismo, mientras ves esto, ella está a punto de darte cinco hijos. Cinco, Adrián. Nuestros cinco hijos.

—No. —Lo dije en voz alta, solo, frente a una pantalla—. No, Isabella. ¿Qué hiciste?

—Sé que es mucho. Sé que no lo pediste así. —Como si me oyera. Como si supiera el segundo exacto en que iba a querer gritarle—. Pero te conozco. Sé que cuando los tengas en los brazos, no vas a poder soltarlos. Y ellos te van a devolver todo lo que yo me llevo.

Se me nubló la vista.

—Y te voy a pedir una última cosa. La más difícil. —Se acercó a la cámara—. No los críes solo. No vuelvas a ser el hombre frío y amargado que eras cuando te conocí. Esa muchacha es buena, noble, con un corazón enorme. Mis hijos ya la quieren desde adentro. —Tragó—. Cásate con ella, Adrián. Dales una madre de verdad. Dales una familia. Sé feliz. Es lo único que te pido a cambio de todo lo que te di.

—No puedes pedirme eso. —Se me rodó la primera lágrima en tres días—. Isabella, no puedes.

—Sé feliz por mí, mi amor. Los siete. —Se rió, llorando—. Te amo. Te amé desde el primer día y te voy a amar hasta después. Cuídalos. Cuídate.

La pantalla se puso negra.

Me quedé mirando mi propio reflejo apagado en el vidrio, sin aire, con la mano temblándome sobre la mesa.

Cinco hijos. Una desconocida. Una promesa que no sabía si iba a poder cumplir.

El abogado se acercó otra vez.

—Su esposa dejó un orden, señor Lincoln. —Recogió la tablet con cuidado—. Primero, este video. Luego, sepultarla. Después, la lectura del testamento. Y solo entonces se le entregará lo demás. Ni un minuto antes. Fue muy clara.

—¿Lo demás?

—Todo a su tiempo, señor.

Enterramos a Isabella esa tarde.

Yo eché la primera flor sin sentir las manos, dejaba en ese lugar mi otra mitad, quería ser yo, porque no fui yo.

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La lectura del testamento fue después, en la sala de la casa, con la familia entera sentada como buitres. Camila adelante, con las piernas cruzadas y una calma de dueña, ya saboreando lo que creía suyo.




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