Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 8

— POV Valentina

Bajo mi techo

El sobre quedó en la mesa, entre los dos, como una bomba a la que nadie quería acercarse.

Adrián lo agarró. Lo abrió. Leyó.

Y yo vi cómo a ese hombre de piedra se le movió algo en la cara, despacio, línea por línea, hasta llegar al final del papel.

—Esto no puede ser legal —dijo, más para él que para mí.

—Es lo que hay —contestó doña Amparo, tranquila, secándose las manos en el delantal como si acabara de servir el almuerzo y no de voltearle el mundo—. La señora Isabella lo dejó firmado y notariado hace meses. La custodia de los cinco es de Valentina hasta que un juez diga lo contrario. Y ningún juez le va a quitar los hijos a la mujer que los está pariendo por un capricho de viudo con mal genio.

Yo, la verdad, estaba tan sorprendida como él.

Porque una cosa era el video de Isabella diciéndome que me había dejado una carta por si acaso, y otra muy distinta era ver a ese hombre enorme y frío quedarse sin palabras con un papel en la mano.

Me enderecé un poquito. Que conste que las piernas me temblaban, pero eso él no tenía por qué saberlo.

—Así que ya ve, señor Lincoln. —Traté de que la voz no me traicionara—. No me puede echar. Ni obligar a irme. Ni decidir por mí. Estos niños, hasta que nazcan y un tiempo después, dependen de lo que yo diga.

Levantó la vista del papel.

Y por primera vez me miró de verdad. No como se mira a una empleada o a una estafadora. Como se mira a un problema que uno no había calculado.

—Usted no quiere a estos niños —dijo, bajito—. Usted quiere la plata. Firmó por plata. No me venga ahora de madre coraje.

Eso me dolió. Más de lo que esperaba, porque tenía su parte de razón, y las verdades a medias son las que más raspan.

—Tiene razón en una cosa. —Me sostuve la barriga con las dos manos—. Firmé por plata. Para salvar la tierra de mis papás, que estaban a punto de quedarse en la calle. No me da vergüenza. Una hace lo que puede con lo que le toca.

Di un paso hacia él, aunque el corazón me golpeaba.

—Pero en lo otro se equivoca. —Me tembló la voz y no me importó—. Llevo cinco meses sintiéndolos moverse. Los oigo. Les hablo de noche. Sé cuál patea más y cuál se acomoda cuando le canto. Usted lleva una semana sabiendo que existen, encerrado con una botella. Así que no me diga a mí quién los quiere y quién no, porque en esa cuenta, señor, todavía voy ganando.

Se hizo un silencio de esos que pesan.

Doña Amparo, callada en un rincón, me miraba con una cosa en los ojos que parecía orgullo.

Adrián apretó la mandíbula. Se pasó la mano por la cara, cansado, y por un segundo dejó de parecer el CEO de las revistas para parecer lo que era: un hombre roto que no sabía qué hacer con lo que su esposa muerta le había dejado.

—Entonces estamos en un problema —dijo al fin—. Porque yo tampoco pienso irme y dejarle mis hijos a una desconocida en una casa a la que puede volver Camila cuando le dé la gana.

—Camila no va a volver.

—Camila siempre vuelve. —Lo dijo con una certeza que me heló—. Y la próxima vez no va a traer un cheque. Va a traer abogados, o algo peor. Usted no la conoce. Yo sí.

Ahí me callé, porque en eso no le podía discutir. La cara de esa mujer, el veneno con que me miró la barriga, todavía lo tenía metido entre las costillas.

Adrián caminó hasta la ventana, miró para afuera un rato largo, y cuando se volteó ya había tomado una decisión. Se le notaba en la cara. Ese hombre no dudaba dos veces.

—Muy bien. —Se metió el sobre de la custodia al bolsillo, como quien guarda un arma que le acaban de quitar—. Si la ley dice que no la puedo separar de los niños, entonces no la voy a perder de vista.

—¿Cómo así?

—Se viene a mi casa. A la mansión. —Lo soltó como una orden, no como una invitación—. Conmigo. Donde yo pueda verla, cuidarla y asegurarme de que ni usted ni Camila ni nadie haga negocios con mis hijos a mis espaldas.

Se me subió el susto a la garganta.

—Yo no me voy a vivir con un desconocido.

—Y yo no voy a dejar cinco hijos míos en manos de una que firmó un contrato por plata. —Dio un paso hacia mí—. Así que los dos vamos a tener que aguantarnos. Bajo mi techo. Con mis reglas. Mis médicos, mi seguridad, mi gente. Usted tendrá la custodia en el papel, pero la casa, el dinero y las decisiones grandes las manejo yo.

—¿Sus reglas? —Solté una risa nerviosa—. ¿Y yo qué soy, su prisionera?

—Usted es la mujer que carga a mis hijos. —Me miró de arriba abajo, frío—. Nada más. No se confunda, no se ilusione, y no se acomode. En cuanto nazcan y todo esté claro, cada uno sigue su camino. Mientras tanto, la quiero donde la pueda ver.

Doña Amparo intervino antes de que yo contestara una grosería.

—Yo me voy con ella. —Cruzó los brazos—. A donde vaya Valentina, voy yo. Esa también era voluntad de la señora Isabella, y esa no está en ningún papel, pero se lo hago cumplir igual.

Adrián la miró, y por un instante me pareció que hasta le tenía respeto a la vieja.

—Como quiera. —Agarró las llaves—. Recojan lo necesario. Nos vamos ahora.

Y así, sin preguntarme si quería, sin darme tiempo de pensar, ese hombre me montó la vida entera en un carro esa misma tarde.

Yo miré la casa de campo por la ventanilla mientras nos alejábamos, la casa donde Isabella me salvó, donde aprendí a querer a los cinco, la única que había sentido mía en meses.

Y me hice una promesa, callada, mordiéndome por dentro.

Que iba a entrar a esa mansión con la frente en alto. Que iba a aguantar el frío de ese hombre, sus reglas y su mal genio. Que iba a proteger a esos niños con uñas y dientes.

Pero que, a Adrián Lincoln, por muy guapo, muy rico y muy dueño de todo que fuera, no le iba a tener miedo.

Ni un solo día.

Aunque me temblaran las piernas.




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