Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 9

— POV Adrián

La campesina en el palacio

El carro cruzó el portón de mi casa al atardecer, y por el retrovisor vi cómo a la campesina se le abría la boca.

No dijo nada. Pero se le fueron los ojos hacia arriba, a la fachada, a las columnas, a las ventanas que no se acababan nunca, con la misma cara de la gente que ve mi casa por primera vez y no sabe si está entrando a un hogar o a un museo.

Doña Amparo, a su lado, ni parpadeó. Esa mujer ya había visto de todo.

—Llegamos —dije, y bajé sin esperarlas.

Gutiérrez, mi mayordomo, salió a recibirnos como siempre, impecable. Pero cuando vio a la muchacha bajar del carro, despacio, sosteniéndose la barriga con las dos manos, con una maleta de tela gastada y unos zapatos de pueblo, algo en su cara se enfrió medio grado.

Un grado que solo notamos los que llevamos años leyéndonos.

—Señor. —Inclinó la cabeza hacia mí. Hacia ella, apenas—: Señorita.

—Buenas tardes —contestó ella, con una sonrisa tímida que él no le devolvió.

No lo corregí. Que cada quien la recibiera como quisiera. Yo no la traje para que la quisieran.

Adentro fue peor. Las dos muchachas del servicio que cruzaban el vestíbulo se quedaron mirándola, y en cuanto pasamos oí el cuchicheo, bajito, esa risa que las mujeres guardan para las que consideran menos. La campesina también lo oyó. Se le subió el color a las mejillas, pero no bajó la cabeza. Siguió caminando, mirando el piso de mármol como si le diera miedo ensuciarlo.

—La instalé en el ala este —le dije a Gutiérrez—. Que suban sus cosas.

—Yo las subo —dijo ella, apretando la maleta contra el pecho—. No es mucho, no molesto a nadie.

—Para eso hay personal.

—Y para eso tengo manos. —Lo dijo suave, sin retar, pero sin soltar la maleta.

Gutiérrez me miró, esperando la orden. Yo no tenía ganas de pelear por una maleta.

—Como quiera.

La subieron —ella insistió en cargar su propio bolso, aunque doña Rosa, que apareció a mirar el alboroto, terminó quitándole la maleta de las manos casi a la fuerza— y la dejé instalándose en la habitación más lejana a la mía que encontré en el plano.

—Mi médico vendrá a revisarla mañana —le dije desde la puerta—. Descanse. Y no ande deambulando por la casa de noche. Es grande y usted no la conoce.

—¿Eso es una regla?

—Es un consejo.

—Ah. —Acomodó su ropa en un cajón de una cómoda—. Gracias, entonces.

Me fui antes de que me sacara otra conversación. No la había traído para conversar.

Los días siguientes decidí que la mejor manera de tenerla vigilada era, paradójicamente, no verla.

Le pasé el control de lo cotidiano a Gutiérrez y a doña Amparo. Que ellos manejaran los horarios, las comidas, las visitas del médico. Yo salía temprano a la empresa, volvía tarde, comía en el estudio. Si la campesina necesitaba algo, que lo pidiera por los canales, como todo el mundo.

Y aun así, sin verla, me fui enterando de ella.

El primer día me contó Gutiérrez, con una mueca, que la señorita había bajado a la cocina "a ofrecer ayuda". Le dije que la mantuviera en su lugar. Al segundo día, el reporte fue distinto: que la señorita le había curado un dolor de espalda a una de las muchachas con un emplasto de hierbas de no sé dónde, y que la muchacha andaba diciendo que era un milagro. Fruncí el ceño y no dije nada.

Al tercer día ya no hubo reporte, porque para el tercer día doña Rosa, mi jefa de cocina —veinte años conmigo, sería como una lápida, incapaz de una sonrisa—, la llamaba "mija".

Eso me lo encontré yo mismo, sin que nadie me lo contara.

Bajé por un documento que había olvidado y, al pasar por la cocina, la vi. La campesina, con un delantal prestado encima de la barriga, revolviendo una olla que soltaba un olor que no se parecía en nada a los platos emplatados que me subían de noche. Y alrededor, apoyados en el mesón con un plato en la mano, tres de mis empleados. Comiendo. Riéndose. Los mismos que la habían mirado por encima del hombro tres días antes.

—En mi pueblo esto se come los domingos —les decía—. Le eché lo que encontré, no quise gastarles las cosas finas.

—Está delicioso, mija —dijo doña Rosa.

Mija. En mi cocina. A una extraña.

Me quedé en el umbral, sin que me vieran, con una cosa rara atravesada en el pecho.

En tres días, con una olla y un acento de campo, la campesina había logrado lo que a mí me costó años: que mi gente bajara la guardia. No con dinero. No con órdenes. Con comida y humildad, que es lo único contra lo que nadie sabe defenderse.

Debería haberme molestado que se metiera en mi cocina. Y me molestó, un poco. Pero lo que de verdad me incomodó fue otra cosa que no supe nombrar.

Me incomodó que funcionara.

Me fui sin el documento, y esa noche no bajé a comer.

Pero de madrugada me falló el cálculo.

Bajé pasada la medianoche, sin sueño, con la garganta seca y la cabeza llena de Isabella, a buscar un vaso de agua. La casa estaba oscura, en silencio. Di por hecho que todos dormían. De la cocina salía luz. Y ese olor otra vez, el que me golpeaba en un lugar que llevaba cerrado desde el entierro.

Me acerqué sin ruido y me detuve en el umbral.

Ella estaba de espaldas, apenas iluminada por la lucecita de la estufa, moviéndose despacio por el peso de la barriga. Tarareaba bajito una canción que no conocí. Revolvía algo con una cuchara de palo y, con la otra mano, se sostenía la espalda, ese gesto cansado y dulce de las embarazadas.

Y por un segundo —uno solo— no fue ella.

Fue Isabella.

Isabella los domingos, descalza, tarareando, haciéndome un desayuno que no me gustaba pero que me comía igual con tal de verla ahí, moviéndose por la cocina como dueña del mundo entero.

Se me cerró la garganta. Se me fue el aire. La mano se me quedó agarrada al marco de la puerta.

Duró un instante. La campesina se giró a alcanzar la sal, la luz le dio distinto, y el hechizo se rompió. Volvió a ser ella. Joven, embarazada, ajena.




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