Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 10

POV Valentina

El hombre de hielo

Se fue sin el vaso de agua que había bajado a buscar, con esa cara de piedra que ya le empezaba a conocer, y me dejó ahí, con la cuchara de palo en la mano y un caldo que nadie iba a probar.

—Buenas noches a usted también —le dije al pasillo vacío.

Apagué la estufa, como me ordenó. No por obediente. Por no darle el gusto de tener razón en algo y me subí a mi cuarto con el caldo servido en un pocillo, porque una cosa era que él fuera un malagradecido, y otra que yo botara la comida. En mi casa eso era pecado.

Los días en esa mansión se me hicieron largos y raros.

Adrián se había vuelto un experto en no verme. Yo desayunaba, él ya se había ido. Yo almorzaba, él estaba en la empresa. Yo cenaba, y él comía encerrado en su estudio como si yo tuviera una peste. Nos cruzábamos, si acaso, en un pasillo, y él inclinaba la cabeza medio centímetro y seguía derecho.

Pero lo que más me dolía no era por mí.

Era por ellos.

Porque ese hombre, el papá de mis cinco, no había preguntado ni una sola vez cómo iban. No sabía que ya pateaban. No sabía que el médico dijo que venían bien, fuertes, a pesar de ser tantos. No sabía nada, porque no quería saber.

Una tarde me lo encontré en el jardín, de casualidad, mirando para el vacío con un café en la mano.

Junté valor y me acerqué.

—Señor Lincoln. —Me sostuve la barriga—. El médico vino hoy. Están todos bien. Los cinco. Si quiere, le cuento cómo…

—No es necesario. —Ni me miró—. Para eso le pago al médico. Que me pase el informe por escrito.

—No le estoy hablando de un informe. —Se me apretó algo en el pecho—. Le estoy hablando de sus hijos. Uno se acomodó anoche justo aquí, si quiere sentir…

Y sin pensarlo, le agarré la mano para ponérsela en la barriga.

La quitó como si le hubiera acercado un hierro caliente.

—No. —Dio un paso atrás, con los ojos duros—. No haga eso.

—Solo iba a…

—Sé lo que iba a hacer. —Dejó el café en la mesa de un golpe—. Y no. No voy a poner la mano, no les voy a inventar nombres, no voy a andar hablándoles a una barriga como un idiota. Cuando nazcan, veremos. Antes, no.

Ahí se me acabó la paciencia.

Porque yo aguanto el mal genio, aguanto el frío, aguanto que me traten de interesada. Pero no aguanto la cobardía disfrazada de dureza.

—¿Sabe qué creo? —Le hablé de frente, aunque las piernas me temblaban—. Que usted no está de luto. Usted está escondido.

Se volteó, despacio.

—¿Cómo dijo?

—Lo que oyó. —Ya no había para dónde devolverme—. El luto es querer a alguien y llorarlo. Eso yo lo respeto, por eso no le he dicho nada en todos estos días. Pero usted no está llorando a Isabella. Usted está huyendo de estos niños porque le da terror quererlos y que también se le mueran. Y prefiere hacerse el de hielo antes que arriesgarse a sentir otra vez.

El silencio que se hizo fue tan grande que oí a un pájaro cantar lejos.

Adrián me miró con una cosa en la cara que no supe si era rabia o susto. A lo mejor las dos.

—Usted no sabe nada de mí —dijo, bajito, y esa voz baja daba más miedo que si hubiera gritado.

—Sé lo suficiente. —Bajé el tono, porque no quería pelear, quería que entendiera—. Sé que esos cinco no tienen la culpa de nada. No pidieron nacer así, de una mamá muerta y un papá que no los quiere mirar. Lo único que le pido es que, cuando lleguen, no les haga sentir lo que me está haciendo sentir a mí en esta casa. Que estorban.

Se quedó callado. Apretó la mandíbula. Y por un segundo, uno solo, me pareció que iba a decir algo distinto.

Pero no. Agarró su café y se metió a la casa sin contestarme.

Ese hombre prefería mil veces huir que dejar que le tocaran una herida.

Esa noche no pude dormir, dándole vueltas a la cabeza, y me acordé de que había dejado abajo, en la sala, el librito de finanzas que doña Amparo me mandó a estudiar. Bajé por él, descalza, sin hacer ruido.

Y ahí fue cuando lo vi.

La puerta del estudio estaba entreabierta, con una rayita de luz azul saliendo por la rendija.

No pensaba espiar, lo juro. Pero pasé por el lado y no pude no mirar.

Adrián estaba ahí, en su sillón, con una Tablet en las manos. Y en la pantalla estaba ella. Isabella. Viva, hablándole.

Me quedé pegada a la pared, sin respirar, sabiendo que estaba mal, sin poder moverme.

—…y sé que a estas alturas ya la debes tener en la casa, terco como eres —decía Isabella, con esa sonrisa cansada—. Se llama Valentina. Trátala bien, Adrián. No te lo va a poner fácil, tiene más carácter que tú, pero es la mujer más buena que he conocido en mi vida. Yo no la elegí al azar. La elegí a ella por algo. Algún día lo vas a entender…

Adrián apagó la pantalla de un golpe.

Se quedó ahí, en la penumbra, con la tablet apagada en las manos y los codos en las rodillas, y desde donde yo estaba lo vi temblar. Ese hombre de hierro, ese témpano, temblando en un sillón como un niño.

Se pasó las dos manos por la cara. Respiró hondo, entrecortado.

Y susurró algo, tan bajito que casi no lo alcancé a oír.

—No puedo, Isabella. Me estás pidiendo algo que no puedo.

Me devolví a mi cuarto de puntillas, con el corazón en la boca y el librito olvidado, sintiéndome la peor persona del mundo por haber visto eso. Pero también sintiendo, por primera vez desde que llegué a esa casa, que debajo de todo ese hielo había un hombre rompiéndose. Y que Isabella, desde donde estuviera, nos había amarrado a los dos a algo mucho más grande de lo que ninguno estaba listo para cargar.




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