Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 11

— POV Adrián

Veneno dulce

"No puedo, Isabella. Me estás pidiendo algo que no puedo."

Se lo dije a una pantalla apagada, en la penumbra de mi estudio, como un loco que le habla a los muertos.

Y era verdad. No podía.

No podía tocar esa barriga sin acordarme de que era ella la que debió cargarla. No podía imaginar cinco caras sin ver la de Isabella. No podía cumplir su último deseo —criarlos, y peor, casarme con la desconocida que los llevaba— sin sentir que traicionaba cada día que pasé amándola.

Esa noche no dormí. La extrañaba de una manera física, animal. Estiré el brazo a su lado de la cama, todavía, después de semanas, y encontré el frío de siempre. Oía su risa en los cuartos vacíos. Guardaba su perfume en una gaveta que no me atrevía a abrir.

Y encima del hueco, Isabella me había amarrado a una vida que no pedí. A cinco hijos. A una campesina de lengua afilada que me leía por dentro y me decía cosas como "usted no está de luto, está escondido", cosas que me daban rabia justamente porque tenían razón.

Ese era mi destino ahora. El que ella me dejó a la fuerza, desde la tumba, sin preguntarme.

Amanecí molido, sin haber pegado el ojo, y bajé tarde. Ni ganas tenía de ir a la empresa. Estaba en el estudio, revolviendo papeles que no leía, cuando a media mañana Gutiérrez me anunció la visita que menos esperaba.

—La señora Camila, señor. Insiste en verlo.

Debí decir que no. Debí echarla como la eché del velorio.

Pero estaba tan cansado, tan vacío, que no tuve fuerzas ni para eso.

—Que pase.

Camila entró distinta. Esa fue la primera alarma que ignoré.

Nada de tacones de guerra ni sonrisa de fiera. Venía de gris, discreta, con los ojos aguados y un ramo de flores blancas, las favoritas de Isabella.

—Adrián. —Se acercó despacio, humilde—. Sé que la última vez nos dijimos cosas horribles. Los dos. El dolor nos volvió locos. —Dejó las flores sobre la mesa—. Vine a pedirte perdón. Perdí a mi hermana, y por estar peleando por tonterías de dinero, casi te pierdo a ti también, que eres lo único que me queda de ella.

Me quedé callado. La desconfianza me decía una cosa. El cansancio, otra.

—No te pido nada. —Se sentó frente a mí, las manos en el regazo—. Solo déjame ayudar. Todo esto, los papeles del fideicomiso, los trámites de los niños, el testamento… es un enredo legal que tú no deberías cargar solo en pleno duelo. Yo conozco a los abogados de la familia. Déjame encargarme del papeleo. Por Isabella. Para que tú puedas llorarla en paz.

Sonaba razonable. Sonaba, por primera vez en semanas, a alguien ofreciéndome descanso.

—No sé, Camila.

—Piénsalo. —Me puso una mano en la rodilla, un segundo de más—. No tienes que estar solo en esto, Adrián. Yo entiendo tu dolor como nadie. Ella era mi sangre. —Bajó la voz, suave—. Y tú siempre me importaste. Más de lo que debería decir hoy.

Ahí hubo algo, un tono, una mirada, que hasta yo, embotado como estaba, alcancé a registrar como raro. Pero lo dejé pasar. Le atribuí al duelo lo que era cálculo.

Iba a contestarle cualquier cosa por salir del paso, cuando una voz cortó el aire desde la puerta.

—Yo que usted no le firmaría ni un papel a esa mujer.

Valentina.

Estaba en el umbral, con la barriga por delante y una carpeta en la mano. Venía llegando del control médico de la mañana —lo supe por doña Amparo, que la seguía un paso atrás— y de camino al estudio se había topado con la escena. Miraba a Camila con una dureza que no le había visto.

Camila se transformó en medio segundo. Las lágrimas se le secaron solas.

—Vaya. La incubadora opina.

—La incubadora oye. —Valentina entró, sin miedo—. Y a usted, doña Amparo y yo la oímos hace un rato, ahí afuera, en el jardín, hablando por teléfono mientras esperaba que lo dejaran pasar. Creía que no había nadie cerca. —Puso la carpeta sobre la mesa—. Decía que apenas la dejaran meter mano en los papeles, iba a "encontrar la forma de voltear el fideicomiso". Sus palabras. Que iba a probar que yo manipulé a Isabella para quedarme con todo, y así quitarles la custodia y la herencia a los niños. Pregúntele. A ver si lo niega.

Miré a Camila.

Y Camila hizo lo que hacen los buenos mentirosos: no se puso nerviosa. Se rió.

—¿En serio, Adrián? —Abrió las manos, incrédula—. ¿Le vas a creer a una campesina que firmó un contrato por dinero, que apareció de la nada con cinco hijos que no son suyos, antes que a la hermana de tu esposa? —Se llevó una mano al pecho—. Esta mujer diría lo que fuera para asegurarse su tajada. ¿No ves lo que hace? Te mete cizaña contra tu propia familia para quedarse sola contigo y con la fortuna.

Y ahí, que Dios me perdoné, hice lo peor que pude hacer.

Porque era más fácil.

Porque creerle a Camila no me obligaba a nada. Creerle a Valentina me obligaba a ver a Camila como el monstruo que enterró a mi esposa fingiendo llorarla, y yo no tenía fuerzas esa mañana para más verdades feas.

Así que elegí la mentira cómoda.

—Valentina. —Me levanté, frío—. Le agradezco la preocupación por mi patrimonio, pero le queda grande. Camila es la hermana de mi esposa. Usted es una empleada con un contrato. No vuelva a hablarle así a un miembro de mi familia en mi casa.

Vi cómo le cambió la cara. Cómo se le apagó algo en los ojos.

—¿Una empleada? —Le tembló la voz, pero no la de miedo. La de rabia contenida—. Eso soy para usted.

—Eso es lo que dice su contrato.

Camila sonrió por detrás de mí, saboreándolo.

—Sabía cuidar animales en mi pueblo —dijo Valentina, bajito, recogiendo su carpeta—. Sé oler cuando algo está podrido. Y esa mujer está podrida hasta el tuétano, señor Lincoln. El día que se dé cuenta, acuérdese de que yo se lo dije. Con barriga, siendo una simple empleada, se lo dije.

Se dio la vuelta y salió con la frente en alto, aunque yo, que ya empezaba a conocerla, alcancé a ver que se limpiaba la cara apenas cruzó la puerta.




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