— POV Adrián
Antojo de medianoche
Le dije al médico que la cuidaría en persona, y cuando lo dije no sabía muy bien qué significaba.
Lo fui aprendiendo despacio.
Los primeros días de reposo los manejé como manejo todo: con logística. Contraté dos enfermeras de turno. Le monté un timbre junto a la cama. Puse a doña Amparo al mando y le pedí un reporte diario del estado de los cinco. Delegué. Organicé. Me dije que cuidarla era eso, un asunto de recursos bien asignados.
Duró poco.
Porque una noche, la tercera o la cuarta, pasé frente a su cuarto camino al mío y la vi despierta, mirando el techo, con una mano sobre la barriga y una cara de aburrimiento que daba lástima.
—¿No puede dormir? —pregunté desde la puerta, sin saber por qué me detenía.
—Es que estos cinco creen que la noche es para jugar fútbol. —Sonrió apenas—. Y una, aquí, sin poder ni caminar para cansarlos.
Debí decir buenas noches y seguir de largo. Eso habría hecho el Adrián de hacía un mes.
Pero me quedé.
Me apoyé en el marco de la puerta y le pregunté, no sé por qué, cómo era su pueblo. Y ella, que se aburría como una ostra en cama, se soltó a contarme.
Me habló de la finca, de las vacas con nombre, de su mamá haciendo arepas antes del amanecer, de su papá enseñándole a montar a caballo. Me habló de Julián sin rabia, ya, como quien cuenta una tontería vieja. Me contó cómo conoció a Isabella en el parque, el peor día de su vida, y cómo esa mujer la levantó del piso.
Yo la escuchaba desde la puerta, y en algún momento, sin darme cuenta, me había sentado en la silla del rincón.
Hablamos hasta tarde. Y cuando por fin le dije que se durmiera, caminé a mi cuarto pensando una cosa que me incomodó.
Que no me había aburrido.
Que por primera vez en semanas había pasado un rato sin sentir el peso de Isabella aplastándome el pecho.
Las noches siguientes se volvieron costumbre sin que ninguno lo dijera. Yo terminaba mi trabajo, pasaba "a ver cómo seguía", y me quedaba. A veces una hora. A veces tres. Ella hablaba, yo escuchaba, y de a poco fui dejando de ver la barriga y empecé a ver a la mujer.
Terca. Orgullosa. Con un humor que no perdonaba, ni siquiera a sí misma. Con una nobleza que no fingía, porque la nobleza fingida se nota, y en ella no había ni una costura falsa.
Empecé a entender por qué Isabella la eligió y eso, en vez de aliviarme, me asustó.
Una madrugada me despertó el timbre suyo. Eran pasadas las dos.
Fui corriendo, con el corazón en la boca, pensando en lo peor, pensando en el pasillo, en la sangre, en el susto de aquella vez.
La encontré sentada en la cama, avergonzada.
—Perdón. Perdón, no era una emergencia. —Se tapó la cara—. Es una bobada. Toque el timbre sin pensar. Vuelva a dormir.
—¿Qué pasó?
—Nada, de verdad. Es que… —Se puso roja—. Se me antojó una cosa. Y son las dos de la mañana. Y no le voy a despertar a nadie por un antojo, qué pena, olvídelo.
—¿Qué se le antojó?
—No, Adrián, en serio…
—Valentina. —La miré—. ¿Qué se le antojó?
Suspiró, derrotada.
—Mango biche con sal y limón. —Lo dijo como quien confiesa un delito—. Como el que vendían en la plaza de mi pueblo. Verde, bien duro, con sal y limón y un poquito de picante. Llevo dos horas pensando en eso y me voy a volver loca.
Me quedé mirándola. Un mango. A las dos de la mañana. En medio de un duelo, de un reposo, de toda esta locura que era mi vida.
—Duérmase —le dije.
Se le apagó la cara.
—Sí. Tiene razón. Perdón por…
—Duérmase —repetí, ya saliendo—. Yo me encargo.
No sé qué me pasó. No sé por qué un hombre que maneja una multinacional, que enterró a su esposa hace unas semanas, que no ha dormido bien en meses, terminó a las dos y media de la mañana revolviendo su propia cocina buscando un mango, y como no había ninguno lo bastante verde, despertando al chofer y saliendo a buscar uno.
Nos tomó media ciudad. La primera frutería abierta que encontramos, una de esas de mercado que trabajan de madrugada, tenía mangos verdes, duros, perfectos.
Compré cinco. Uno por cada uno, pensé, y me sorprendí a mí mismo pensándolo.
Volví, los pelé yo mismo con torpeza, les eché sal, limón y el poquito de picante que doña Rosa tenía guardado, y subí el plato.
Cuando abrí la puerta de su cuarto, Valentina ya se había quedado dormida, rendida, con una mano sobre la barriga.
Me quedé ahí, con el plato en la mano, como un idiota.
Y en vez de despertarla, le dejé el mango en la mesita de noche, tapado, para cuando abriera los ojos. Le acomodé la cobija que se le había caído de un hombro. Y me quedé un momento mirándola dormir, a ella y a la barriga donde estaban mis cinco hijos, sintiendo algo tibio en el pecho que hacía mucho no sentía y que no me atreví a nombrar.
Apagué la luz y salí.
Narrador.
Lo que no supo, lo que no pude ver, fue que abajo, en el jardín, entre las sombras, había alguien mirando.
Camila.
Había venido a rondar la casa de noche, como venía haciendo desde que la echaron, buscando por dónde entrar, a quién sobornar, qué averiguar. Y desde el jardín, con la vista clavada en la ventana iluminada, había visto la escena completa: al viudo de su hermana saliendo de madrugada por un antojo, volviendo con un plato, entrando al cuarto de la campesina.
Lo vio todo.
Y apretó los dientes con una rabia que le subió desde el fondo del odio de toda la vida.
Porque una cosa era pelear por una herencia.
Y otra, muy distinta, era ver cómo el hombre que ella llevaba años deseando en secreto, el marido rico de la hermana que siempre tuvo todo, empezaba a mirar a una muerta de hambre embarazada con una ternura que a ella nunca le dio nadie.
—Sobre mi cadáver —murmuró en la oscuridad del jardín, mirando la luz apagarse en esa ventana—. Esa campesina no me va a quitar lo que es mío. Ni la fortuna, ni él.
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Editado: 31.07.2026