Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 14

POV Valentina

Sangre de mi sangre

El mango biche apareció en mi mesita de noche esa madrugada, pelado, con sal y limón, tapadito para que no se secara. Nadie me dijo quién lo puso. No hizo falta.

Me lo comí despacio, a las cinco de la mañana, con una sonrisa boba que me daba rabia tener, porque una no debería sonreír así por un hombre que la trató de empleada la semana pasada. Pero así estaba la cosa. Esa casa de hielo se estaba entibiando, y yo con ella.

Por eso me confié. Y una nunca debe confiarse.

Fue tres días después, en la mañana, cuando doña Amparo me pasó el teléfono con una cara rara.

—Es tu mamá, mija.

Contesté contenta. Y a los dos minutos ya no lo estaba.

—¡Mija linda! —La voz de mi mamá me atravesó como un cuchillo de tan feliz que sonaba—. Tengo una sorpresa. Con la plata que nos mandaste ya arreglamos todo lo del banco, ¡Dios te lo pague, mija! Salvaste la finca. Así que tu papá y yo decidimos una cosa: nos vamos para allá.

Se me heló la sangre.

—¿Có… cómo que para acá?

—¡A verte, mi niña! Ya está bueno de tanta llamada, queremos abrazarte. Y de paso pasar un tiempo con ustedes, con Julián y contigo, ver dónde viven, cómo les va de casados. —Se le enterneció la voz—. Ese muchacho creció en nuestra casa, Valentina. Verlos a los dos hechos un matrimonio va a ser lo más lindo que nos pase en la vida. Tu papá anda averiguando pasajes desde ayer.

Cerré los ojos y me agarré del borde de la cama.

—Ma, es que ahorita no es buen momento. Julián viaja mucho, la casa está…

—Valentina. —Y ahí le cambió el tono. La voz de mamá que sabe—. ¿Por qué se te oye así? ¿Pasa algo con Julián?

—No, ma. —La mentira otra vez, pesada como una piedra—. Es la emoción. Déjame ver fechas y te llamo, ¿sí? Yo te llamo.

Colgué y me quedé mirando el teléfono, temblando.

Doña Amparo, que había oído todo, se sentó a mi lado.

—Se armó —dijo.

—Se armó, doña Amparo. —Me tapé la cara—. Vienen a ver a Julián. Al Julián que ellos criaron, al que creen que es mi esposo. —Se me quebró la voz—. Para ellos ese muchacho es un hijo. Lo levantaron desde chiquito, lo mandaron a estudiar, y ahora creen que se casó conmigo y que somos felices. Vienen a abrazarnos a los dos.

—¿Y qué les vas a mostrar? —Doña Amparo me miró seria—. Porque Julián no va a aparecer a hacer de maridito.

—No lo sé. No lo sé. —Empecé a temblar—. Si les digo la verdad de que me humilló y me dejó tirada… se les va a partir el alma. No solo porque su hija está sola, sino porque el muchacho que ellos criaron, al que le dieron todo, resultó un canalla que nos vio la cara a todos. Eso los va a destrozar, doña Amparo. Doble.

—Con mentiras nuevas no se tapa una vieja, mija. Solo se hace el hueco más grande.

—¡Pues que se haga! —Ya casi lloraba—. No aguanto que vengan, no aguanto que me miren, no aguanto…

—¿Qué es todo este escándalo?

La voz de Adrián sonó desde la puerta.

Estaba ahí, apoyado en el marco, con esa facha de recién levantado que le quedaba injustamente bien. Nos había oído. No sé cuánto, pero lo suficiente.

—Nada —dije, secándome la cara—. Cosas mías. Ya se resuelve.

—No parece. —Entró, se sentó en la silla del rincón, la de nuestras noches—. Cuénteme.

Y no sé si fue el cansancio, o el susto, o que ya me había acostumbrado a hablar con él en la oscuridad, pero se lo conté. Todo. Que mis papás criaron a Julián como a un hijo. Que sacrificaron la tierra para mandarlo a estudiar. Que yo lo esperé cinco años. Que llegué a casarme y lo encontré con otra, burlándose de mí. Y que, para no romperles el corazón, les mentí: les dije que me había casado con él, que éramos felices, que la plata la mandaba él.

—Y ahora vienen a ver a ese matrimonio —terminé—. A ver a los dos.

Adrián escuchó todo en silencio, con el ceño cada vez más fruncido.

—No le veo lo imposible —dijo al final—. Usted no hizo nada malo. La engañaron, la humillaron, la robaron. Yo puedo hablar con sus padres, explicarles la situación, decirles que Julián es un sinvergüenza y que usted está a salvo. No tiene por qué avergonzarse de nada.

—Usted no los conoce. —Negué con la cabeza—. No es tan simple.

—Explíquemelo.

Respiré hondo.

—Adrián, para mis papás, Julián no es un exnovio cualquiera. Es el niño que recogieron de la calle y criaron como suyo. —Me miré las manos—. El día que sepan lo que hizo, no van a llorar solo por mí. Van a llorar por él, por el hijo que perdieron sin saberlo. Y peor: se van a echar la culpa. Van a pensar que ellos lo malcriaron, que le dieron demasiado, que por su culpa el muchacho salió así y su hija terminó humillada al otro lado del mundo. Esa culpa se la cargan hasta la tumba.

Se hizo un silencio.

—Y no puedo dejar que lleguen aquí, a esta casa, y se encuentren de golpe con que su hija vive con un desconocido, está embarazada y de Julián. —Se me llenaron los ojos—. Se mueren de la vergüenza y del dolor ahí mismo, en la puerta.

Adrián me miraba distinto. Ya no con lástima. Con algo parecido al entendimiento.

—Entonces la verdad de Julián sí se las va a decir —dijo despacio—. Porque esa no se puede seguir tapando. Van a preguntar por él apenas bajen del avión.

—Sí. —Bajé la cabeza—. Eso sí toca decirlo. Que me engañó, que me dejó. Con eso ya les rompo el corazón una vez. Pero no me alcanza el valor para lo demás.

—¿Y si no tiene que darles lo demás sola? —Se levantó, caminó despacio por el cuarto, pensando con el cuerpo, como quien arma una jugada.

—¿Cómo así?

Se detuvo frente a mi cama, con las manos en los bolsillos, muy serio.

—Sus padres vienen esperando encontrar a su hija casada y protegida. —Me sostuvo la mirada—. Julián les falló. Bien. Que se enteren de eso. Pero que también se enteren de que, en medio de esa traición, usted no quedó sola. Que la recogió otro hombre. Que la cuidó. Que se hizo cargo de ella.




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