Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 16

— POV Valentina

El yerno equivocado

El día que llegaron mis papás no dormí nada.

Me levanté al amanecer, me puse el vestido más decente que doña Amparo me había conseguido, uno que disimulaba un poco la barriga, aunque a esas alturas disimular cinco bebés era como tapar el sol con un dedo.

—Respire, mija —me dijo doña Amparo, peinándome—. Y sobre todo, deje que el señor hable. Ustedes ensayaron. Confíe.

Ensayamos, sí. Adrián y yo pasamos dos noches puliendo la historia: que Julián me abandonó, que él me conoció después, que nos enamoramos, que nos casamos rápido y en privado por la situación. Todo cuadrado. Todo mentira.

Lo que no ensayamos fue lo que iba a pasar de verdad.

El carro entró por el portón a media mañana. Yo estaba en la puerta, agarrada del brazo de Adrián, que se había puesto un traje sin corbata para verse "de yerno" y no de gerente, según doña Amparo.

Vi bajar a mi mamá primero. Y se quedó congelada mirando la casa.

—Ave María purísima —murmuró, con la mano en el pecho, girando la cabeza para abarcar la fachada, las columnas, los jardines—. Valentina, ¿aquí… aquí vives tú?

—Ma. —Se me hizo un nudo en la garganta y me solté del brazo de Adrián para ir a abrazarla.

Y ahí fue cuando me vio la barriga.

Se le cayó la cartera al piso.

—Mija. —Se puso pálida, después roja, después no supe de qué color—. Tú… tú estás… ¿cuántos meses…? Esa barriga no es de…

—Ma, deja que te explique.

Pero atrás venía mi papá.

Y mi papá, que es hombre de pocas palabras y manos grandes, miró la barriga, miró a Adrián parado detrás de mí con su traje elegante, y ató cabos a su manera, que no fue la correcta.

—Usted. —Soltó la maleta y se le fue encima a Adrián, señalándolo con el dedo, rojo de rabia—. Usted es el que embarazó a mi hija. ¿Y sin casarse? ¿Con esa barriga de meses y usted tan campante? ¡En mi pueblo a los hombres como usted se los lleva uno detrás del granero!

—Señor, yo…

—¡Nada de señor! —Mi papá se arremangó la camisa, y vi que iba en serio—. ¡Mi hija no es cualquier cosa para que usted la deje así, con un hijo, digo, con los que sean, sin darle su apellido! ¡Venga acá, sinvergüenza!

Y vi lo que jamás pensé que iba a ver.

Vi a Adrián Lincoln, el CEO de hielo, el que enfrenta juntas directivas sin pestañear, el que me trató de empleada sin temblar, retroceder un paso con los ojos abiertos como platos, sin saber qué hacer con las manos, acorralado por un campesino furioso de la mitad de su tamaño.

—¡Papá, no! —Me metí en el medio como pude, con la barriga y todo—. ¡Papá, espera!

—¡Es que este abusivo…!

—¡Papá, ya nos casamos!

Mi papá se frenó en seco, con el puño a media distancia de la cara de Adrián, que ya había cerrado los ojos esperando el golpe.

—¿Qué?

Y ahí pasó algo que no me esperaba.

Porque yo creí que a Adrián le tocaba soltar el discurso ensayado, tieso, cumplidor, como quien recita una lección.

Pero no.

Adrián abrió los ojos, se enderezó, se acomodó el saco, y en lugar de recitar, me pasó un brazo por la cintura y me atrajo hacia él con una naturalidad que me heló.

—Perdóneme, señor. —Le habló a mi papá con una calma nueva, con una voz que yo no le conocía, más suave, más cálida—. Tiene todo el derecho de estar molesto. Yo en su lugar habría hecho lo mismo, o peor. —Me miró a mí, y esos ojos, Dios mío, esos ojos no eran los de siempre—. Pero le juro por lo más sagrado que a su hija no la voy a dejar nunca. Ya nos casamos. Y no fue por obligación. Fue porque me enamoré de ella como no creí que me fuera a volver a pasar en la vida.

Me apretó un poquito la cintura. Me miró como se mira a alguien que uno adora.

—Su hija llegó a mi vida en el peor momento —siguió, y le tembló apenas la voz, el muy actor—. Yo estaba roto, señor. Solo. Y ella, con todo lo que le había pasado, con el corazón hecho pedazos por el desgraciado que la engañó, todavía tuvo la nobleza de devolverme las ganas de vivir. ¿Cómo no me iba a casar con una mujer así? La suerte fue mía, no de ella.

Se hizo un silencio.

Mi mamá se llevó las dos manos a la boca, con los ojos aguados.

Mi papá bajó el puño, despacio, desconfiado todavía, mirándolo fijo.

Y yo…

Yo me quedé sin aire.

Porque lo estaba viendo actuar, sabía que era mentira, habíamos ensayado la mentira, y aun así, por un segundo, un segundo largo y peligroso, le creí.

Le creí a la manera en que me miraba. Al brazo tibio en mi cintura. A la voz suave diciéndole a mi papá que se había enamorado de mí.

Y pensé, con un frío que me bajó por la espalda: si yo no supiera que esto es teatro, juraría que este hombre me ama.

Fue tan bueno que hasta a mí, que sabía la verdad, casi me engaña.

Y eso me asustó más que el puño de mi papá.

Mi papá lo miró un rato largo. Después estiró la mano, todavía serio.

—Si mi hija dice que es un buen hombre, le voy a creer. —Le apretó la mano fuerte, de esas de campo que miden al otro—. Pero si la hace sufrir, no hay mansión ni guardias que lo salven de mí. ¿Nos entendemos?

—Perfectamente, señor. —Adrián le sostuvo la mano y la mirada—. Y ojalá nunca tenga que cumplir esa promesa.

El almuerzo fue más fácil. Mi mamá lloró de felicidad tres veces. Mi papá se ablandó con doña Amparo, que resultó ser de un pueblo vecino al nuestro. Adrián representó el papel de yerno perfecto: atento, pendiente de mí, sirviéndome primero, preguntándome si estaba cómoda, poniéndome un cojín en la espalda sin que se lo pidiera.

Todo mentira. Todo perfecto. Todo revuelto por dentro para mí.

Esa noche, antes de que se acostaran, mi mamá vino a mi cuarto a darme las buenas noches, como cuando era niña. Se sentó en el borde de la cama y me tomó la mano.

—Mija. —Me miró con esos ojos que me conocen desde antes de nacer—. Yo vine con el corazón en la mano, pensando lo peor. Cuando me contaste lo de Julián, se me cayó el mundo. Ese muchacho… bueno, ya. Dios lo perdone.




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