Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 17

— POV Adrián

Falsa alarma

Fingir que la amaba no me costó tanto trabajo como debería.

Esa fue la verdad incómoda que me llevé a la cama la noche que llegaron sus padres. Me pasé el día entero interpretando a un hombre enamorado —el brazo en la cintura, la mirada, la voz suave— y en algún momento dejé de actuar sin darme cuenta. Ponerle el cojín en la espalda no estaba en el guion. Servirle primero, tampoco. Preguntarle si estaba cómoda no era teatro. Me salió solo.

Y lo peor: lo disfruté.

Disfruté que su madre me mirara como se mira a un buen hombre. Disfruté que su padre, después de casi partirme la cara, terminara ofreciéndome un aguardiente que trajo escondido en la maleta. Disfruté, sobre todo, el momento en que ella, sabiendo que todo era mentira, se sonrojó cuando le dije a su papá que me había enamorado.

Un mes atrás yo era un viudo que no quería sentir nada. Y ahí estaba, disfrutando de fingir una vida que no tenía.

No me gustó darme cuenta de eso. Así que hice lo que hago con lo que me incomoda: lo ignoré.

Dos días después llevé a los suegros al aeropuerto.

El viaje fue una experiencia que no le deseo a nadie.

La madre iba en el asiento de atrás, llorando de felicidad cada tres kilómetros, bendiciéndome, prometiéndome oraciones. Eso lo aguanté bien.

El padre iba adelante, conmigo. Y el padre no lloraba.

—Mire, Adrián. —Me clavó los ojos apenas arrancamos—. Yo lo voy a decir una sola vez, de hombre a hombre, ahora que las mujeres no están pendientes.

—Dígame, don Emiliano.

—Esa niña es lo único bueno que hemos hecho su mamá y yo en esta vida. —Miró por la ventana un momento—. La criamos derecha, con principios. Y le voy a confesar algo: yo crié a otro, también. A ese Julián. Le di techo, comida, estudio, lo quise como a un hijo. Y mire cómo me pagó. Humilló a mi hija delante del mundo.

Apreté el volante. No dije nada.

—Así que perdóneme si soy desconfiado. —Se volteó hacia mí—. Ya me equivoqué una vez creyendo en un hombre. No pienso equivocarme con el segundo.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiende. Todavía no. —Bajó la voz para que la mujer no oyera—. Usted tiene plata, tiene casa, tiene guardias, tiene abogados. Yo no tengo nada de eso. Pero tengo una escopeta vieja y toda la vida por delante para usarla si a mi hija le pasa algo por su culpa. —Me sonrió, tranquilo, y eso fue lo que dio miedo—. Cuídemela. Cuídeme a los nietos. Y no me la haga llorar. Porque un viejo campesino con nada que perder es la cosa más peligrosa que hay, Adrián. Créame.

—No la voy a hacer llorar, don Emiliano. —Y lo dije en serio, lo cual me sorprendió a mí mismo—. Tiene mi palabra.

Me estudió un rato largo. Después asintió, satisfecho, y se recostó.

—Bien. —Y de una, cambió el tono a uno de conversación normal—. ¿Y usted sabe algo de ganado, mijo? Porque un hombre que va a tener cinco hijos tiene que aprender a criar aunque sea unas gallinas.

Pasó los últimos veinte minutos del viaje explicándome cómo se escoge una buena vaca lechera.

Y yo, el CEO de una multinacional, tomé nota mental, no sé por qué.

Los despedí en el aeropuerto. La madre me abrazó como a un hijo. El padre me dio la mano, me sostuvo la mirada un segundo de advertencia, y se fue.

Y me quedé ahí, en la terminal, sintiéndome de una manera rara. Vacío otra vez, pero de otro vacío. No el de Isabella. Uno nuevo. El de que se acababa el teatro, y con él, una versión de mí que había resultado más cómoda de habitar de lo que quería admitir.

Manejé de vuelta pensando en eso. En que el teatro se había terminado y ahora volvíamos a ser ella y yo, el contrato, la distancia.

No alcancé a decidir nada, porque cuando llegué a la mansión, todo era un caos.

Los carros de las enfermeras en la entrada. La puerta abierta de par en par. Doña Rosa en el umbral, con las manos en la cabeza. Gutiérrez hablando por teléfono, agitado.

Frené de cualquier manera y bajé corriendo.

—¡¿Qué pasó?! —El corazón se me disparó de una forma que no reconocí—. ¿Qué pasó, Gutiérrez?

—La señorita Valentina, señor. —El hombre estaba pálido—. Empezó con dolores hace media hora. Doña Amparo dijo que podía ser el parto, que faltan semanas todavía, que es muy pronto. Ya llamamos a la clínica. La están subiendo al carro.

No oí el resto.

Ya estaba corriendo hacia adentro, con una sola cosa martillándome la cabeza: era muy pronto. El médico lo había dicho. Un parto ahora no lo sobrevivían. Ni ella ni los cinco.

La encontré en la puerta, apoyada en dos enfermeras, doblada, con la cara descompuesta.

—Adrián. —Me buscó apenas me vio, y estiró la mano hacia mí—. Adrián, me duele, tengo miedo, es muy pronto…

—Estoy aquí. —Le agarré la mano y ya no pensé en nada más—. Al carro. Ya. Yo manejo.

La carrera a la clínica la hice a una velocidad que era un delito. Ella iba atrás, con doña Amparo y una enfermera, gimiendo, agarrándose la barriga, y yo la miraba por el retrovisor cada dos segundos, hablándole sin parar, diciéndole que aguantara, que ya casi, que no les pasaba nada, que yo estaba ahí.

Diciéndole "aguanta que ya llego", igual que le dije a Isabella por teléfono el día que no llegué a tiempo.

Y por eso, quizá, manejé como un demente. Porque no iba a volver a llegar tarde. No otra vez. No con ella.

En la clínica se la llevaron en una camilla y a mí me dejaron afuera, en un pasillo blanco, dando vueltas como un animal enjaulado.

Doña Amparo se sentó, rezando en voz baja con un rosario.

Yo no me pude sentar. Caminé. De la pared a la puerta, de la puerta a la pared, con el pecho apretado, sin entender por qué me temblaban las manos, por qué sentía que si algo le pasaba a esa mujer se me acababa el mundo por segunda vez.

No eran solo los niños. Me mentí diciéndome que era por los niños. Pero no eran solo ellos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.