Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 18

— POV Valentina

Cinco

Las semanas después del susto fueron de reposo puro, con Adrián sin soltarme la mano ni con guantes.

Algo había cambiado desde la clínica, desde que me agarró la mano sin teatro y no la soltó. Ninguno de los dos lo nombró. Pero él ya no comía encerrado. Ya me tocaba la barriga cuando pateaban, torpe, como pidiendo permiso. Ya les hablaba, bajito, cuando creía que yo dormía.

Estábamos aprendiendo a ser algo, sin saber qué, pero no nos alcanzó el tiempo para averiguarlo con calma. Porque una madrugada, esta vez de verdad, el dolor llegó para quedarse.

—Doña Amparo. —La desperté agarrándome la barriga—. Esta vez no es falsa alarma. Estos ya vienen.

Lo demás fue una carrera contra el reloj.

Adrián manejando otra vez como un loco, pero distinto, sin gritar, con los dientes apretados y la mano en mi rodilla en cada semáforo. La clínica esperándonos con todo listo, porque cinco bebés prematuros no es cosa de improvisar. Un ejército de médicos, de enfermeras, de máquinas.

—Es pronto —le oí decir a un médico a otro—. Pero ya no hay cómo frenarlo. Entran a cesárea ya.

Me acuerdo de la cara de Adrián antes de que me llevaran.

Se inclinó sobre la camilla, me tomó la cara con las dos manos, y me dijo, con una voz que temblaba por debajo de la calma:

—Usted es fuerte. La mujer más fuerte que conozco. Va a entrar ahí, va a traer a nuestros cinco hijos, y va a volver. ¿Me oye? Los seis me vuelven. Es una orden.

—¿Y desde cuándo obedezco yo sus órdenes? —le dije, para no llorar.

Me sonrió. Me besó la frente.

Y me llevaron.

De la cirugía no recuerdo mucho. Luces. Voces. Un jalón, y otro, y otro. Cinco veces.

Y silencios.

Eso es lo que nadie te cuenta de los partos prematuros. Que uno espera oír el llanto, ese llanto de película que dice "está vivo, está bien". Y a veces no llega. A veces sacan al bebé y hay un silencio, y un correr de gente, y máquinas, mientras tú, abierta en una camilla, rezas por oír aunque sea un quejido.

Lloré yo antes que ellos. De miedo.

—Son muy chiquitos —alcancé a oír—. Al primero a incubadora, rápido. Este también. Respiración asistida para los cinco. Muévanse.

Cinco. Los oí decir cinco. Cinco veces se los llevaron.

Y a mí me cerraron, me durmieron, y me apagué pensando que a lo mejor no volvía a verlos, o que ellos no iban a durar la noche.

Desperté horas después en un cuarto blanco, con doña Amparo a un lado y Adrián al otro, los dos con los ojos rojos.

—¿Están…? —No me salía la voz—. Doña Amparo, ¿están…?

—Vivos, mija. —Me agarró la mano, llorando—. Los cinco. Chiquitos, luchando, en incubadoras. Pero vivos.

Me solté a llorar de alivio.

Los pude ver hasta el otro día, cuando me dejaron levantarme.

Nada me preparó para eso.

Cinco cunas de vidrio, en fila, en una sala en penumbra que zumbaba de máquinas. Y adentro, cinco cositas del tamaño de mi mano, con la piel casi transparente, llenas de cables y de tubos, con un antifaz de luz, respirando con ayuda, peleando cada una su propia guerra por seguir aquí.

Tan chiquitos. Tan frágiles. Tan míos, aunque no fueran míos.

Me acerqué a la primera cuna y puse la mano en el vidrio tibio, y sentí que el corazón se me salía por ahí.

Fue entonces cuando llegó Adrián.

Se paró a mi lado, mirando las cinco cunas, y yo vi cómo ese hombre que llevaba meses negándose a quererlos, que no los nombraba, que no los tocaba, se derrumbaba de pie.

Una enfermera se acercó.

—Señor Lincoln. Este de aquí, el primero que nació, el más grandecito, ya está estable. Puede cargarlo un momentito, con cuidado. Le hace bien sentir a su papá.

Vi la duda en la cara de Adrián. El miedo. Las mismas ganas de salir corriendo que le vi el primer día.

Pero no corrió.

La enfermera sacó al bebé con un cuidado infinito, todo cables y mantita, y se lo puso en los brazos.

Y Adrián, el CEO de hielo, el hombre de piedra, el que enfrentaba juntas sin pestañear, se quedó mirando a esa cosita diminuta que le cabía en dos manos.

Y se quebró.

No lloró bonito. Lloró como lloran los hombres que nunca lloran, feo, en silencio, con los hombros sacudiéndose, apretando la mandíbula para aguantar y sin lograrlo. Las lágrimas le caían sobre la mantita del bebé, y él lo acercó a su pecho, despacio, como si cargara lo más valioso y lo más frágil del universo entero.

—Hola —le dijo al bebé, con la voz hecha pedazos—. Hola. Soy yo. Soy tu papá.

Se le rodó una lágrima hasta la barbilla.

—Perdón por tardarme tanto en decírtelo —susurró—. Perdón. Ya estoy aquí. Ya no me voy a ir. Nunca. Ninguno de ustedes cinco se va a quedar solo mientras yo respire. Se los juro.

Yo miraba esa escena desde un metro de distancia, con la mano todavía en el vidrio de la incubadora, y algo se me rompió por dentro.

Porque en ese momento entendí, con una claridad que me heló los huesos, la verdad que llevaba nueve meses escondiéndome.

Que el trato se había acabado.

Que la condición número tres —parirlos, cobrar, irme sin mirar atrás— era la mentira más grande que me había dicho en toda la vida, justo como Isabella me lo advirtió.

Porque yo miraba a esos cinco pedacitos peleando por vivir. Miraba a ese hombre roto amándolos como jamás pensé que iba a amar. Y sabía, con todo el cuerpo, que antes me arrancaba el corazón con las manos que entregarlos y darme la vuelta.

No los iba a poder dejar.

Ni a ellos.

Ni, que Dios me ayudara, a él.

Adrián levantó la cara del bebé y me buscó con los ojos, llorando, sin vergüenza por primera vez desde que lo conocía.

—Venga —me dijo, y me estiró un brazo, para que me acercara, para que estuviéramos los tres—. Venga, mamá.

Mamá.

Me llamó mamá.

Y ahí supe que estaba perdida, porque una puede firmar un contrato para dar un hijo.




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