Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 20

— POV Adrián

Cinco cunas

Nadie te prepara para cinco.

Uno cree que sabe lo que es, que ha visto bebés, que cuánto puede costar. Y después llegan cinco a tu casa al mismo tiempo, y descubres que el infierno y el cielo caben en la misma habitación, a las tres de la mañana, oliendo a leche y a pañal.

Contraté dos enfermeras de noche, una niñera de día, lo que hiciera falta. Tengo con qué. Pensé que con dinero se resolvía, como casi todo.

No se resolvía.

Porque los cinco tenían la costumbre de llorar en cadena. Se calmaba uno, arrancaba el otro. Y porque, para mi sorpresa, yo no quería que los cargara solo el personal. Quería cargarlos yo. Por primera vez en mi vida, había algo que no delegué.

Así que las noches, las peores, las que ni las enfermeras daban abasto, las terminábamos ella y yo.

Sin acordarlo. Sin decirlo. Simplemente, a las tres de la mañana, cuando la casa se volvía un coro de llanto, los dos aparecíamos en el cuarto de las cunas, despeinados, medio dormidos, y nos repartíamos la guerra sin hablar.

Ella agarraba dos, yo agarraba dos, y nos turnábamos el quinto.

—El de la izquierda ya comió —me decía, con un bebé en cada brazo—. Ese es puro teatro, cárguelo y camine, con eso se duerme.

—¿Y usted cómo sabe cuál es cuál? —Todavía me costaba distinguirlos—. Son idénticos.

—Porque los conozco. —Me lo decía como si fuera obvio—. Este frunce la nariz igual que usted cuando algo no le gusta. ¿No ve?

Y tenía razón. El condenado fruncía la nariz igual que yo.

Aprendimos a movernos juntos en la oscuridad. A pasarnos un bebé sin despertar al otro. A prepararnos el tetero mientras el otro cambiaba un pañal. A reírnos, callados, cuando uno se hacía pipí justo en el momento del cambio, que era siempre.

Una madrugada nos quedamos los dos dormidos en el piso del cuarto de los niños, apoyados contra la pared, con un bebé cada uno en el pecho, y así nos encontró doña Amparo al amanecer.

No dijo nada. Pero sonrió de una manera que debí haber leído mejor.

Nos volvimos un equipo. Un equipo exhausto, apestoso, feliz sin permiso.

Y yo, que hacía unos meses no quería ni tocar esa barriga, ahora no concebía el día sin esos cinco gritones. Ni sin ella, dándome órdenes sobre teteros con la misma autoridad con que yo daba órdenes en una junta.

Debí sospechar que algo tan bueno traía trampa. Con Isabella, siempre había una jugada más.

La descubrí una tarde, por accidente, hablando con doña Amparo.

Estábamos en la cocina, ella preparando no sé qué mientras yo mecía a la más chiquita, y yo, de buen humor, se lo dije casi sin pensar.

—Nunca imaginé que esto pudiera funcionar. Valentina y yo, digo. Como equipo.

Doña Amparo siguió picando verduras, tranquila.

—La señora Isabella sí lo imaginó.

Me quedé quieto.

—¿Cómo dice?

—Nada. —Siguió picando—. Cosas mías.

—Doña Amparo. —Dejé de mecer—. ¿Qué quiso decir?

Suspiró. Dejó el cuchillo. Y me miró, midiendo cuánto decir.

—La señora Isabella no dejó nada al azar, señor. —Habló despacio—. Ni una cosa. Ella no consiguió a cualquier muchacha para que le cargara los niños. Buscó. Escogió. Y cuando encontró a Valentina, supo. Supo que era ella.

—Eso ya lo sé. La eligió por buena.

—La eligió —doña Amparo me sostuvo la mirada— para que se quedara.

Sentí un frío raro.

—¿Qué?

—Piénselo, señor. —Volvió al cuchillo, como para tener las manos ocupadas—. ¿Por qué cree que a una simple vientre de alquiler le pagó una nana, una institutriz? ¿Por qué me mandó a enseñarle idiomas, finanzas, modales, a vestirse, a moverse en un mundo como el suyo? —Me miró de reojo—. Una mujer que se va a ir en unos meses no necesita aprender a ser una dama, señor Lincoln. Una mujer que se va a quedar, sí.

Se me heló la sangre.

—La carta de custodia —siguió doña Amparo, bajito—. El testamento que la ata a los niños. Que los niños solo la conozcan a ella de antes. Todo cuadra hacia el mismo lugar. La señora Isabella no le dejó una madre de alquiler para sus hijos. Le dejó una esposa. Se lo fue armando, pieza por pieza, para que usted, terco como es, no tuviera más remedio que…

—Basta.

Lo dije más fuerte de lo que quería. La más chiquita se removió en mis brazos.

Doña Amparo se calló.

Y yo sentí subir algo que no sentía hacía semanas. Rabia. Rabia pura, de la vieja, la que creí enterrada con Isabella.

Porque entendí, de golpe, lo que había pasado.

Que nada de esto era mío.

Que este deshielo, este equipo, estas noches, esta ternura nueva que yo creía que me estaba naciendo sola… todo estaba escrito. Todo calculado. Por ella. Por Isabella. Desde la tumba, moviéndonos a Valentina y a mí como fichas en un tablero que armó antes de morirse.

Hasta lo que yo empezaba a sentir por Valentina —eso que no me atrevía a nombrar, eso que me hacía buscarla a las tres de la mañana— hasta eso me lo habían plantado. Me habían manipulado para sentirlo.

No me enamoré. Me programaron para enamorarme.

—Con permiso. —Le pasé la bebé a doña Amparo, con las manos temblándome de rabia—. Cárguela.

—Señor…

—¡Todo era un plan! —Ya no lo pude contener—. ¡Todo! ¡Ella lo armó todo! ¡La muchacha, la nana, la custodia, el testamento, cada maldito detalle, para amarrarme! ¡Para que yo terminara justo aquí, sintiendo justo esto, sin que fuera decisión mía! —Me pasé las manos por el pelo—. ¡Ni para enamorarme me dejó decidir solo, Isabella! ¡Hasta eso me lo dejaste montado!

—Baje la voz, señor —dijo doña Amparo, firme, apretando a la bebé—. Que los niños no tienen la culpa de su rabia.

Pero yo ya no la escuchaba bien.

Porque en la puerta de la cocina, con un tetero en la mano y la cara blanca, estaba Valentina.

Y por su cara supe que había oído lo suficiente.

Que Isabella la había escogido para quedarse. Para casarse conmigo. Que era una pieza más del tablero, igual que yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.