Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 26

— POV Valentina

El primer beso

Me fui a atender a mis cinco hijos porque era verdad que me necesitaban, pero también porque si me quedaba un segundo más frente a ese hombre mudo, iba a llorar de rabia, y eso sí que no.

Subí al cuarto de los niños con el pecho ardiendo. Cuando sepa qué soy, me avisa. Se lo había dicho de frente, y él se había quedado ahí, con la boca cerrada y los ojos llenos de cosas que no era capaz de decir.

Cobarde. Guapo, bueno con los niños, pero cobarde para lo suyo.

Me puse a preparar teteros para no pensar. Doña Amparo se había llevado a los tres mayorcitos a bañar, y en el cuarto solo quedaban los dos chiquitos: el cuarto, que era el peleón, y la quinta, mi pequeña luchadora, la que más batalló por vivir.

Estaba llenando un tetero cuando la oí.

Una tos.

No una tos normal. Una tos rara, ahogada, seguida de un silencio que me heló más que cualquier grito.

Me volteé.

La bebé, en su cuna, se había puesto morada. Se ahogaba. Manoteaba con esas manitos diminutas, con la boca abierta buscando aire que no le entraba, y hacía un ruidito seco, horrible, que se me quedó grabado para siempre.

—¡No! —Solté el tetero y corrí—. ¡No, mi amor, no!

La levanté. No respiraba bien. Se atragantó con algo, con leche, con lo que fuera, y no le pasaba el aire.

—¡ADRIÁN! —grité con toda el alma, mientras la volteaba boca abajo sobre mi antebrazo como me había enseñado el pediatra en una charla que gracias a Dios no ignoré—. ¡ADRIÁN, AYUDA!

Le di palmadas en la espalda, firmes, contando, rezando, con las manos temblándome y la niña poniéndose más morada.

Oí las escaleras retumbar. Adrián entró como una tromba.

—¡¿Qué pasa?!

—¡Se ahoga! ¡No respira! —Le di otra palmada—. ¡Vamos, mi amor, vamos, respira, respira!

Adrián no perdió un segundo pidiendo explicaciones. Se puso a mi lado, con las manos listas, sin quitarme a la niña, dejándome a mí hacer lo que el pediatra me enseñó, sosteniéndome a las dos, hablándole a la bebé con una calma que no sé de dónde sacó.

—Vamos, mi niña. Vamos. Con papá y mamá aquí no te pasa nada. Respira.

Otra palmada.

Y entonces la bebé tosió, fuerte, escupió el tapón de leche, y soltó un llanto. Un llanto rabioso, hermoso, el sonido más lindo que oí en mi vida.

Respiraba.

Estaba respirando.

—Ay, gracias, Dios mío, gracias. —Se me doblaron las piernas del alivio—. Ya, ya, mi amor, ya pasó, mamá está aquí.

Adrián nos rodeó a las dos con los brazos, sosteniéndonos, y sentí que él también temblaba, que a él también se le habían aflojado las piernas.

Nos quedamos así, abrazados los tres, en medio del cuarto, con la bebé llorando su llanto vivo entre los dos pechos, respirando los tres al fin.

Y cuando la niña se calmó, cuando la acostamos de nuevo, revisada mil veces, dormidita y a salvo, nos quedamos de pie, el uno frente al otro, todavía temblando por el susto, con los ojos llenos de lágrimas del miedo que acabábamos de pasar juntos.

No sé quién se movió primero.

Solo sé que de un momento a otro estábamos abrazados, agarrados con fuerza, como quien se aferra a lo único que quedó en pie después de un terremoto. Yo con la cara en su pecho, oyéndole el corazón golpear como loco. Él con la boca en mi pelo, respirándome.

Levanté la cara para decir algo, no sé qué.

Y me lo encontré mirándome. Tan cerca. Con los ojos rojos, con toda la coraza caída, con el susto y el alivio y lo otro, lo que llevábamos meses tragándonos, todo revuelto en la cara.

Esta vez no hubo foto que lo frenara. No hubo cobardía. No hubo teatro ni contrato ni Isabella ni Camila ni nada.

Esta vez me besó.

Me besó de verdad, despacio primero, como pidiendo permiso, y después como si se le acabara el mundo, con las dos manos en mi cara, apretándome contra él con meses de ganas contenidas. Y yo le respondí igual, agarrada de su camisa, besándolo con todo lo que había estado aguantando desde el mango a las tres de la mañana, desde las noches de guardia, desde que ese hombre imposible se me metió en el corazón sin pedir permiso.

Fue el primer beso de verdad. El que no era mentira, ni teatro, ni deseo de una muerta. El nuestro.

Nos separamos apenas, sin fuerzas, con las frentes pegadas, respirándonos.

—Valentina —susurró, con la voz rota—. Yo…

—No lo dañe. —Sonreí, con los ojos aguados—. Por una vez, no diga nada. No lo dañe.

Se rió, bajito, y me volvió a besar la frente, y por un segundo, un segundo perfecto, todo estuvo bien en el mundo. Los cinco a salvo. Él y yo, por fin, sin caretas.

Un segundo.

Porque atrás, desde la puerta del cuarto que había quedado abierta, una voz cortó el aire como un cuchillo.

—Vaya, vaya. Qué escena tan conmovedora.

Se me heló la sangre.

Camila.

Estaba parada en el umbral, impecable, con una sonrisa de triunfo, y a su lado un hombre de traje con un maletín, que no era otra cosa que un abogado.

—No, no, sigan. —Camila entró, saboreándolo—. Es justo lo que necesitaba ver.

—¿Cómo entraste? —Adrián se puso delante de mí, tenso.

—Tu personal me quiere menos que antes, pero una siempre encuentra una puerta. —Le hizo una seña al abogado—. Y llegué en el momento perfecto. Doctor, ¿usted vio lo mismo que yo?

—Lo vi todo, señora. —El abogado abrió el maletín—. Señor Lincoln, vengo en representación de mi clienta a notificarle que vamos a impugnar la custodia de los menores.

—¿Con qué argumento? —Adrián lo enfrentó—. Los niños están perfectos.

—Con este. —Camila sonrió, mirándome a mí con un odio dulce—. Relación indebida. Resulta que el señor viudo, en pleno duelo, se está revolcando con la madre sustituta que contrató su difunta esposa. La misma que firmó un contrato renunciando a los niños por dinero, y a la que después, mira tú qué casualidad, registraron como madre. —Ladeó la cabeza—. Fraude, manipulación, y ahora amoríos. Ningún juez le va a dejar cinco criaturas a un par así. Yo, en cambio, soy la tía. La sangre. La única decente que queda en esta familia.




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