Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 30

— POV Adrián

Alianza de víboras

Esas semanas fueron, sin que yo lo supiera, las últimas tranquilas.

Valentina volvió un día del parque distinta, callada, y cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que se había cruzado con Julián. Sentí que se me subía la sangre a la cabeza, listo para ir a buscarlo, pero ella me puso una mano en el pecho.

—Ya lo despaché, Adrián. Con estas manos y con esta boca. No le di ni el gusto de verme temblar. —Sonrió—. Ese hombre ya no me hace nada. Déjelo. No vale ni el coraje.

Y le creí, porque la conocía, y porque en esas semanas los dos estábamos aprendiendo a confiar de una manera nueva. Nos besábamos ya, sin culpa. Dormíamos con los cinco entre los dos, hechos una familia rara y feliz. Yo, que me había jurado no volver a sentir, andaba caminando por la casa con una sonrisa de idiota que doña Rosa celebraba desde la cocina.

Debí saber que tanta calma traía cola. Con Camila suelta, la calma nunca es más que el silencio antes del golpe.

El golpe llegó un martes, por correo.

Un sobre sin remitente, entregado en mano en la portería, dirigido a mí. Adentro, unas fotografías y una nota escrita a máquina, sin firma.

Las fotos eran de Valentina.

En una, con Julián, cerca, en lo que parecía una conversación íntima en un parque. En otra, él inclinado hacia ella. Ángulos escogidos con maldad, recortados para que pareciera lo que no era.

Y la nota decía:

"¿De verdad cree que fue casualidad? Investigue. Valentina y Julián se conocen de toda la vida, del mismo pueblo. Fueron novios cinco años. Ella lo mantuvo con la plata de la familia. ¿Y justo esa mujer terminó cargando a sus cinco hijos y metida en su casa y en su fortuna? Abra los ojos, señor Lincoln. Los amantes nunca se separaron. Todo esto fue un plan desde el principio para quedarse con lo suyo. Pregúntele por qué su ex apareció justo ahora. Pregúntele qué hablaron en el parque."

Me quedé mirando esas fotos un rato largo, en mi estudio, con algo frío subiéndome por dentro.

Yo sabía que era veneno. Lo sabía. Olía a Camila a un kilómetro. Las fotos estaban recortadas, la historia estaba torcida a propósito. Valentina misma me había contado lo de Julián, sin que yo se lo preguntara. No me lo había ocultado.

La cabeza me lo decía clarísimo.

Pero hay un lugar en el hombre que no escucha a la cabeza. Un lugar viejo, cobarde, hecho de todas las veces que uno ha perdido algo. Y en ese lugar la nota encontró grieta.

Ella lo mantuvo cinco años. Fueron novios. Todo esto fue un plan.

¿Y si…? No. ¿Pero y si…?

Me odié por pensarlo. Pero lo pensé.

Porque yo había amado una vez con todo, y me lo habían quitado con la muerte, y desde entonces una parte de mí vivía esperando que me volvieran a quitar lo que quería, convencida de que nada tan bueno como esto —Valentina, los cinco, esta felicidad nueva— podía ser de verdad para un hombre como yo.

Guardé las fotos en un cajón. No dije nada esa noche. Ni la siguiente.

Pero cambié. Poquito. Lo suficiente para que se notara.

Me quedé mirándola cuando reía, buscándole la mentira en la cara. Le pregunté, como al descuido, cuántos años exactos había estado con Julián. Le pregunté de qué habían hablado en el parque, y cuando me contestó "de nada, lo mandé al diablo", oí, en ese lugar cobarde, una campana de alarma que no tenía por qué sonar.

Valentina lo notó. Claro que lo notó. Esa mujer me leía como un libro.

—¿Qué le pasa? —me preguntó una noche—. Anda raro. Frío otra vez. ¿Hice algo?

—Nada. —Mentí—. Cosas de la empresa.

No me creyó. Pero no insistió. Y esa distancia que empezó a abrirse entre los dos, esa era justo la que Camila y quien estuviera con ella habían venido a sembrar.

Lo entendí del todo unos días después, cuando Gutiérrez me pasó un reporte de seguridad que yo había pedido, casi por deporte, cuando Camila juró que volvería con "otras formas".

Habían visto a mi cuñada. Varias veces. En un café discreto de las afueras. Con un hombre.

—¿Identificaron al hombre? —pregunté.

—Sí, señor. —Gutiérrez me pasó una foto tomada de lejos—. Nos costó, pero sí.

Miré la foto.

Y el frío que llevaba días subiéndome se me volvió hielo puro.

El hombre que tomaba café con Camila, el que reía con ella, el que planeaba con ella, era Julián.

Julián. El ex de Valentina. El del parque. El de las fotos anónimas.

Aliado con Camila.

Y ahí, por fin, se me acomodaron las piezas de golpe, y me dio vergüenza no haberlo visto antes.

No era Valentina la que conspiraba conmigo.

Eran ellos dos los que conspiraban contra nosotros.

Las fotos, la nota, la duda que me sembraron con tanta precisión, apuntando justo a mi miedo más viejo… todo era obra de esos dos. Él, para envenenarme contra ella y quedarse con la mujer y la fortuna. Ella, para romperme, aislarme, y quitarme a los niños de una casa dividida.

Habían encontrado la única grieta que yo tenía —el miedo a que me quitaran lo que amo— y se habían metido por ahí, con cirugía.

Y casi lo logran. Esa era la parte que me daba náuseas. Que por unos días, por unos malditos días, yo, en ese lugar cobarde, había dudado de Valentina. De la mujer que le plantó cara a Julián por mí. Que casi se muere pariéndome cinco hijos. Que me devolvió las ganas de vivir.

Había dudado de ella por una nota anónima de dos ratas.

Apreté la foto en el puño.

—Gutiérrez. —Me levanté—. Que nadie diga una palabra de esto. Ni a la señorita Valentina, todavía. Consígame todo lo que pueda sobre esas reuniones. Fechas, lugares, de qué hablan si es posible. Todo.

—Sí, señor. —Dudó—. ¿Va a confrontarlos?

—Todavía no. —Miré la foto de esos dos riéndose en el café, tramando la destrucción de mi familia—. Si ellos quieren jugar sucio, en las sombras, muy bien. Yo también sé jugar así. Pero primero —tragué, con la culpa aún atravesada— tengo que arreglar algo.




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