Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 36

— POV Adrián

Adrián busca

La mansión sin ellos era insoportable.

Cinco días llevaba en esa casa enorme, oyendo el silencio donde antes había cinco llantos, un timbre de reposo, el ruido de doña Rosa cocinando algo para Valentina. Cinco días caminando por cuartos vacíos con las palabras "la amo" pudriéndose en la boca, sin nadie a quién dárselas.

No dormía. Comía porque doña Rosa me obligaba. Y cada mañana me despertaba estirando el brazo hacia el lado vacío de la cama, igual que hacía con Isabella, solo que esta vez el vacío era por mi culpa.

Me había ganado esta soledad a pulso. Con una nota anónima y mi propia cobardía.

Al sexto día ya no aguanté, y decidí hacer lo único que sé hacer bien cuando algo me duele: convertirlo en trabajo. Si Camila y Julián querían jugar sucio, yo iba a destaparlos hasta el hueso. No para vengarme, aunque también. Para limpiar el nombre de Valentina. Para poder ir a buscarla con pruebas en la mano de que yo sabía, sin sombra de duda, que ella no me había traicionado.

Llamé al jefe de seguridad. Le di vía libre y presupuesto sin límite.

—Todo sobre Camila y Julián —le dije—. Sus reuniones, sus llamadas, sus cuentas. Y sobre todo, quiero saber quién montó lo del sobre anónimo y quién le dio a Julián la dirección de mi casa. Consígame pruebas. Las que sean.

En dos días las tuve sobre mi escritorio.

Y fue peor y mejor de lo que imaginé.

Peor, porque confirmó la clase de ratas que eran. Mejor, porque no me dejó ni un resquicio de duda.

Ahí estaba todo. Registros de las reuniones de Camila y Julián en ese café, desde semanas atrás. La confirmación de que fue Camila quien le pasó a Julián mi dirección y quien lo empujó a montar la escena del "mi amor" en mi recibidor. Y lo que más me dolió: un rastro que probaba que el sobre anónimo, las fotos recortadas, la nota que me sembró la duda, habían salido de ellos dos. Una fabricación completa. Un montaje para romperme y quitarme a los niños aprovechando mi miedo.

Nunca hubo amantes.

Nunca. Ni una sola vez. Valentina jamás me había mentido, ni me había traicionado, ni había planeado nada. La única traición en esta historia la había cometido yo, contra ella, cuando le creí a un papel anónimo antes que a la mujer que casi se muere pariéndome cinco hijos.

Me quedé mirando esos documentos mucho rato, con la cara entre las manos, sintiéndome la peor basura del mundo.

Y después me levanté, agarré las llaves, y salí para la casa de campo sin avisar, con las pruebas en un sobre y el corazón en la garganta.

Manejé como aquella vez. Rápido, imprudente, con una sola cosa en la cabeza: llegar a ella. Pedirle perdón. Mostrarle que ya sabía la verdad, que había limpiado su nombre, que nunca más iba a dudar.

Llegué al atardecer. Toqué el portón. Doña Amparo me abrió, con una cara que no supe leer —había en ella algo nuevo, como si supiera cosas que yo no—, y me dejó pasar sin decir mucho.

Valentina estaba en el jardín, con los cinco en el coche grande, dándoles el aire de la tarde.

Y cuando me vio bajar del carro, no corrió a mí ni salió huyendo. Se quedó quieta, firme, con una entereza distinta a la de la última vez. La mujer que se fue de mi casa iba rota. La que me miraba ahora desde el jardín estaba entera. Más que entera. Erguida, como si en esos días hubiera crecido diez centímetros por dentro.

—¿Qué hace aquí, Adrián?

—Vine a pedirle perdón. —Caminé hacia ella con el sobre en la mano—. Y a traerle esto.

Me detuve a un par de pasos. Le extendí el sobre.

—Es la prueba de todo. De que Camila y Julián están aliados. De que el sobre anónimo, las fotos, la nota que me envenenó, lo montaron ellos. De que Julián apareció en mi casa porque Camila lo mandó. —Me tembló la voz—. Nunca hubo nada entre ustedes. Lo sé. Lo probé. Y me odio, Valentina, me odio por haber dudado de usted teniendo estas pruebas al alcance de la mano, por haberle creído a esas ratas antes que a usted.

Ella miró el sobre. No lo tomó.

—Ya lo sé —dijo, tranquila—. Sé que era una trampa. Lo supe desde el segundo en que Julián abrió la boca. La que no lo sabía nunca fui yo, Adrián. El que lo dudó fue usted.

—Lo sé. Y por eso vine a…

—¿A qué? —No era rabia. Era algo más sereno, más hondo—. ¿A traerme un papel que prueba que no soy una ladrona? ¿Para que ahora sí me crea? Ese es justo el problema. Que usted necesita un papel para creerme. Que su amor viene con condiciones, con pruebas, con investigaciones. El día que no tenga el sobre a mano, va a volver a dudar.

—No. Le juro que no.

—Los hombres como usted no juran, Adrián. Calculan. —Me sostuvo la mirada—. Y yo ya no quiero que me calculen. Quiero que me crean. Hay una diferencia, y usted todavía no la entiende.

Bajé el sobre, sin fuerzas.

—Valentina, la amo. Se lo dije la noche que se fue y lo repito ahora. La amo, amo a los niños, y estos días sin ustedes he sido un muerto caminando. Dígame qué hago para arreglarlo. Lo que sea. Le doy lo que quiera.

Y ahí, apenas lo dije, supe que había vuelto a embarrarla.

—¿Ve? —Sonrió, triste—. "Le doy lo que quiera." Todo lo resuelve con eso. Como si yo fuera un asunto que se cierra con una oferta buena. —Negó con la cabeza—. Adrián, yo no quiero que me dé nada. No quiero su plata, no quiero sus pruebas, no quiero sus órdenes de "quédese" ni sus ofertas de "le doy lo que quiera". Todo eso es lo único que usted sabe hacer, y no me sirve.

Se acercó al coche, acomodó una cobija sobre uno de los niños, y me habló sin mirarme.

—Yo lo perdoné hace rato, ¿sabe? En mi corazón ya lo perdoné, porque entendí de dónde le viene el miedo. Pero perdonar no es lo mismo que volver. —Me miró—. Y no voy a volver a una casa donde soy la sospechosa a la que hay que investigar para poder querer. Prefiero criar a mis hijos sola y en paz que amada a medias y vigilada.




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