Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 42

— POV Valentina

Te amo

Adrián me sacó del carro y me apretó contra su pecho como si de eso dependiera su vida, revisándome entera, la cara, los brazos, con las manos temblándole.

—¿Está bien? —Me tomó la cara con las dos manos—. Dígame que está bien. Míreme. ¿Le hicieron algo?

—Estoy bien, Adrián. —Yo también temblaba, del susto que apenas ahora me caía encima—. No alcanzaron. Ustedes llegaron. Estoy bien.

Detrás de él, las escoltas se llevaban a Camila. Mi papá biológico, el viejo Ernesto, daba instrucciones apoyado en su bastón. Pero yo, en ese momento, no veía nada de eso. Solo lo veía a él.

Y él me veía a mí, con una cosa en los ojos que ya no tenía nada de hielo.

—Cuando me avisaron que Camila iba tras usted —le tembló la voz—, que iba a hacerle daño de verdad, yo… Valentina, se me acabó el mundo otra vez. Igual que con Isabella. La sensación exacta de que me iban a quitar lo que más quiero y de que yo no iba a llegar a tiempo. —Se le quebró—. Y manejé hasta acá rezando, rezando de verdad, yo que no rezo, para no llegar tarde. Para no perderla como la perdí a ella. Porque si le pasa algo, Valentina, si a usted le pasa algo, yo no lo sobrevivo. Esta vez no.

—Adrián…

—Déjeme terminar. Por favor. —Me sostuvo la cara—. Usted me dijo que aprendiera a quererla sin órdenes, sin dinero, sin comprarla. Y estos días lo intenté, torpe, como pude. Pero hoy, viéndola en peligro, entendí lo único que me faltaba entender. Que no es que la quiera. Es que la necesito. Que usted y esos cinco son mi vida entera, la que yo creí que se me había acabado y que usted me devolvió sin pedirme nada a cambio. La amo, Valentina. No como un plan de Isabella. No por los niños. La amo yo, por usted, con todo lo que soy, con todo lo cobarde y lo terco que tengo, la amo.

Se me llenaron los ojos.

Porque esta vez no había pruebas en la mano. No había sobre, ni investigación, ni "le doy lo que quiera". Era un hombre en una carretera, temblando, diciéndome que me amaba sin nada más que ofrecerme que él mismo.

Justo lo que le pedí. Justo lo que necesitaba.

—¿Sabe qué es lo peor, Adrián? —Le salió a mí también el temblor—. Que yo también lo amo. Que lo amé todo este tiempo, hasta cuando me fui, hasta cuando le cerré la puerta. Que me morí de ganas de perdonarlo desde el primer día.

—Entonces perdóneme. —Me pegó la frente a la mía—. Perdóneme, Valentina, y vuelva. Vuelva a la casa. A nuestra casa. Con los niños. Conmigo.

—Ya lo perdoné. —Le puse la mano en el pecho—. Lo perdoné hace rato. Lo que me faltaba no era perdonarlo. Era creerle. Y hoy, por fin, le creo. Le creo que me quiere por mí. Porque un hombre no maneja como un loco hasta una carretera a jugarse la vida por un vientre alquilado. Solo lo hace por amor.

Y ahí, en esa curva de tierra, con el susto todavía en el cuerpo y todo el peligro deshaciéndose alrededor, Adrián me besó.

Me besó de verdad, sin nada que lo frenara esta vez, ni una foto, ni una duda, ni una muerta, ni un contrato. Me besó como quien vuelve a casa después de una guerra larga. Y yo le respondí igual, agarrada de su camisa, llorando y riéndome al mismo tiempo, besando por fin al hombre imposible que se me metió en el corazón entre mangos y pañales y que, contra todo pronóstico, resultó ser mío.

—Vamos a casa —le dije contra los labios—. Lléveme a casa. Con nuestros hijos.

Los días que siguieron fueron los más lindos de mi vida, y esta vez sin trampa.

Volví a la mansión, pero ya no como la campesina intrusa, ni como el vientre pagado, ni como la sospechosa. Volví como lo que era: la mujer de esa casa. La madre de esos cinco. La compañera de ese hombre.

Y la casa entera lo sintió. Doña Rosa cocinó como para una fiesta. Gutiérrez andaba con una sonrisa que no se le quitaba. Doña Amparo, mi doña Amparo, lloró de felicidad abrazándome en la cocina, y me dijo al oído que la señora Isabella, desde donde estuviera, debía estar por fin en paz.

Los cinco crecían hermosos, gordos, sanos, llenando la mansión de risas y de gritos y de ese caos precioso que ya no me imaginaba vivir sin él. Adrián les hacía voces bobas sin pena. Yo les cantaba las canciones de mi pueblo. Y en las noches, cuando por fin se dormían los cinco, Adrián me abrazaba y me pedía perdón otra vez, y yo le decía que ya, que dejara de pedir perdón, que ya éramos felices.

Y lo éramos. De verdad. Por primera vez, los dos, éramos felices.

Amor rosa, del que yo veía en las novelas de la tele en mi rancho y creía que no era para gente como yo.

Resultó que sí era para mí. Que me tocaba. Que después de tanto, me tocaba a mí.

Una noche, meciendo a la más chiquita, mirando a Adrián dormir a los otros cuatro, pensé que por fin lo peor había pasado. Que las víboras estaban derrotadas. Julián, hundido. Camila, atrapada, esperando juicio. Mi origen, aclarado. Mi papá biológico, dándome un lugar que yo no le pedí pero que me protegía. Y el hombre que amaba, a mi lado, por fin sin dudas.

Creí que ya nada nos podía tocar.

Qué ingenua.

Porque una cosa aprendí, tarde, en toda esta guerra: a las víboras, aunque las tengas atrapadas, nunca las des por muertas hasta que lo estén de verdad.

Camila estaba presa, sí. Con cargos, con un cómplice que la seguridad de Ernesto había capturado huyendo por el monte, con pruebas en su contra que crecían cada día.

Pero Camila era Camila. Y una mujer que llevaba toda la vida perdiendo, había aprendido a guardar siempre una última carta bajo la manga.

Lo supe unos días después, cuando los abogados de Adrián llegaron a la mansión con las caras largas, y uno de ellos puso sobre la mesa una carpeta que no esperábamos.

—Tenemos un problema —dijo—. Camila, desde adentro, movió una última ficha antes de que le cerráramos todo. Presentó una denuncia. Con pruebas.

—¿Qué pruebas? —Adrián frunció el ceño—. Todo lo de ella es mentira.




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