Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 44

POV Valentina

Como tratamos a las zorras

Esa noche me acosté con la corazonada clavada, y a la madrugada el teléfono me la confirmó.

Era el jefe de seguridad de Adrián, con la voz alterada.

—Señorita Valentina, disculpe la hora. Algo raro está pasando en la oficina del señor. Mandó despejar el piso, se quedó a solas con la secretaria, y uno de los muchachos dice que el señor se veía mal, tambaleándose. No contesta el teléfono. No sé si…

No lo dejé terminar.

—Voy para allá.

Colgué, me vestí en dos minutos, le grité a doña Amparo que se quedara con los niños, y salí de esa casa como una loca. Manejé cruzando la ciudad de madrugada, saltándome semáforos, con el corazón golpeándome y una sola cosa en la cabeza: mi instinto no me había fallado. La víbora mansa. La que le pasaba los cafés todas las mañanas.

Del otro lado de la ciudad, en el piso ejecutivo, Adrián acababa de recibir el café de todas las noches de manos de Elena.

Lo tomó sin pensar, concentrado en unos papeles, como llevaba ocho años haciéndolo.

A los pocos minutos, el mundo se le puso raro. Pesado. La vista se le nubló, las manos se le aflojaron, el escritorio empezó a alejársele aunque lo tenía enfrente.

—¿Elena? —Se le trabó la lengua—. Algo me hizo mal. Llame a…

—Shhh. —Elena rodeó el escritorio y se le acercó—. Tranquilo, señor Lincoln. Al fin solos.

Adrián intentó levantarse. Intentó apartarla con el brazo. Pero el brazo se le fue de largo, sin fuerza, como si fuera de otro.

—Elena… no… quítese.

—Ocho años, Adrián. —A ella se le quebró la voz, entre el amor y la rabia—. Ocho años cuidándolo, amándolo en silencio, mientras usted no me veía. Primero por Isabella. Ahora por una campesina. Yo lo amo. Siempre lo amé. ¿Por qué a ellas sí y a mí nunca?

—No… —Adrián negaba, la cabeza cayéndosele—. No, Elena…

Ella lo besó, forzándolo, mientras él, sin fuerzas, apenas alcanzaba a girar la cara y a repetir que no con un hilo de voz.

Y en ese momento se abrió la puerta.

Llegué corriendo, sin aliento, y empujé la puerta de la oficina.

Y los vi.

A Elena, encima de Adrián. Besándolo. A él, medio caído en el sofá, con la cabeza colgándole, sin defenderse.

Por un segundo se me heló todo, y la parte vieja de mí, la campesina insegura, susurró lo peor: que me había engañado, que Elena tenía razón, que yo era reemplazable.

Pero solo un segundo.

Porque después miré bien. Y vi la cara de Adrián. Los ojos entreabiertos, ido, la cabeza sin sostén, la respiración rara. Y vi a Elena, agarrándolo, montándole encima una escena que él no estaba viviendo, porque él no estaba en condiciones ni de estar despierto.

Eso no era un engaño.

Eso era una trampa.

Y a mí, que llegué a esta ciudad muerta de hambre y me fui haciendo de hierro a punta de golpes, se me acabó el miedo y me subió otra cosa.

Crucé la oficina en tres pasos, agarré a Elena del pelo, y la arranqué de encima de Adrián de un solo tirón.

—Ay, no, no, no, mija. —Le hablé con una calma que daba más miedo que un grito, apretándole el pelo en el puño—. ¿Sabes qué? Usted lleva meses tratándome de campesina, de muerta de hambre, de arrastrada. Diciéndome que huelo a establo. —Me acerqué a su oreja—. Pues déjeme mostrarle una cosa de nosotras las campesinas. Nosotras, a las zorras que se meten con lo nuestro, las tratamos distinto que ustedes las finas.

Y le di. Con todo.

Con la mano abierta primero, y después con lo que me saliera, con toda la rabia de meses de humillaciones descargándose de golpe: la antesala, el "reemplazable", el establo, y ahora esto, drogar al hombre que amaba para montar una farsa. Elena gritaba, se cubría, se tambaleaba, y yo le seguía dando, ciega, hasta que la estrellé contra el escritorio y la dejé ahí, tirada a un lado, sollozando y sin ganas de más.

Me temblaban las manos. Pero no me detuve a mirarla.

Me tiré al lado de Adrián.

—Adrián. —Le tomé la cara. Estaba fría, sudada—. Adrián, mírame. Soy yo. Mírame, mi amor.

No reaccionaba. Los ojos entreabiertos, ido, la respiración lenta, rara.

Se me cayó toda la rabia de golpe y me quedó solo el terror.

—¿Qué le diste? —Me volteé hacia Elena—. ¡Elena, ¿qué le pusiste en ese café?! ¡Esto no es un mareo, mírale la cara! ¡¿Qué le diste?!

—Yo… solo… para que no se moviera… —balbuceó, aterrada—. No pensé que le fuera a hacer tanto…

—¡Casi lo matas!

Saqué el teléfono con las manos temblándome tanto que casi se me cae, y marqué.

—¡Una ambulancia, ya! ¡Piso ejecutivo de las torres Lincoln! ¡Un hombre inconsciente, lo drogaron, no reacciona bien, la respiración está mal, por Dios, rápido!

Colgué. Me arrodillé al lado de Adrián, le sostuve la cara, le hablé, le rogué que aguantara, que ya venía la ayuda, que no se me fuera, que no me hiciera esto.

Yo, que hacía un año llegué a esta ciudad a que me humillaran y me robaran todo.

Terminé de rodillas en una oficina, con el hombre que amaba apagándose entre mis manos, después de haberle dado la paliza de su vida a la mujer que casi me lo quita.

Y mientras la sirena de la ambulancia subía por el edificio, con Adrián frío entre mis brazos, entendí una cosa con una claridad que me heló.

Mi corazonada no había sido paranoia.

La víbora mansa, la invisible, la que nadie vigilaba, había mordido.

Y por muy poco, esa mordida no me deja viuda antes de ser siquiera esposa.




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