Los Cinco Hijos Del Millonario Viudo

Capítulo 46

— POV Adrián

El último intento

Me dieron de alta esa mañana, débil todavía pero entero, y por primera vez en semanas sentí que salíamos hacia algo bueno.

Valentina iba a mi lado en el asiento de atrás, con la cabeza en mi hombro. Habíamos hablado toda la noche, con el escándalo del secreto ya rodando por los periódicos, y en vez de hundirnos, nos había unido más. Ella iba a dar la cara con la frente en alto. Yo iba a estar a su lado en cada paso. Los cinco nos esperaban en casa con doña Amparo. La pesadilla, creíamos, por fin quedaba atrás.

Camila estaba detenida. Elena, detenida. Julián, hundido. La verdad, a la luz. Todo se acomodaba.

Debimos saber que a una víbora acorralada nunca se le da la espalda hasta que está muerta de verdad.

Lo que no sabíamos, lo que nadie nos dijo a tiempo, era que Camila había vuelto a salir. Un tecnicismo, un abogado, unas horas de libertad antes de que se formalizara todo. Unas horas. Las suficientes para una mujer que ya no tenía nada que perder y una sola obsesión en la cabeza.

El carro tomó la carretera de las afueras, la que lleva a la casa de campo, ese tramo solitario de curvas cerradas.

Y en una de esas curvas, un carro atravesado nos cerró el paso.

—¡Cuidado! —El chofer clavó los frenos.

El carro derrapó, se detuvo de golpe, y antes de que yo entendiera qué pasaba, otro vehículo nos embistió por detrás, encajonándonos. Un golpe seco. Los cinco puntos del cinturón me clavaron en el asiento. Al lado, Valentina soltó un grito.

—¿Estás bien? —La agarré—. ¿Valentina, estás bien?

—Sí, sí, estoy… ¿qué pasó?

Y entonces la vi bajarse del carro atravesado.

Camila.

Despeinada, con la ropa fina arrugada, con una cara que ya no tenía nada de la mujer elegante y calculadora de siempre. Tenía la cara de alguien roto por dentro, de alguien que cruzó la última línea y ya no pensaba volver.

—¡Sáquenla del carro! —le gritó a los dos hombres que la acompañaban—. ¡A ella! ¡A la campesina!

—¡No! —Me lancé sobre Valentina, cubriéndola—. ¡Chofer, arranque, sáquenos de aquí!

Pero estábamos encajonados, sin para dónde. Uno de los hombres abrió la puerta del lado de Valentina de un tirón y la agarró del brazo.

—¡Adrián! —Ella se aferró a mí—. ¡Adrián!

No lo pensé. Débil como estaba, con el cuerpo todavía maltratado por la droga, me le fui encima al tipo con todo lo que tenía. Le solté un puño, lo empujé, me metí entre él y Valentina, peleando por sacarla del agarre, gritándole al chofer que llamara a la policía, a la seguridad, a quien fuera.

—¡Camila, para! —le grité—. ¡Esto se acabó! ¡Ya perdiste, no hay nada que hacer, para antes de que sea peor!

—¡No! —Camila se acercó, fuera de sí, con los ojos llenos de lágrimas de pura rabia—. ¡Nada se acabó hasta que yo lo diga! ¡Toda la vida me quitaron todo! ¡Isabella, mi padre, y ahora esta! ¡Esta muerta de hambre que llegó a robarse mi apellido, mi herencia, hasta a ti! ¡Si no puedo tener nada, ella tampoco!

Forcejeé con el hombre, logré que soltara a Valentina, y la empujé detrás de mí, poniéndome en el medio.

—A ella no la tocas. —Le sostuve la mirada a Camila, jadeando—. Por encima de mí. ¿Me oyes? Tienes que pasar por encima de mí.

—¡Pues por encima de ti, entonces!

Lo que pasó después pasó en segundos, pero yo lo viví lento, como si el mundo se hubiera espesado.

Camila, desesperada, ciega, les hizo una seña a sus hombres y se lanzó ella misma hacia Valentina, esquivándome, decidida a arrastrarla al carro. Yo la intercepté, la agarré, forcejeamos. Ella peleaba con una fuerza que no parecía suya, la fuerza de la locura, arañando, gritando, empujándonos a los dos hacia el borde de la carretera, hacia la cuneta, hacia la pendiente que caía al otro lado de la curva.

—¡Camila, cuidado, el borde! —alcancé a gritar.

Pero ella no oía nada. Solo veía a Valentina. Solo quería arrastrarla con ella al abismo con tal de no perder sola.

En el forcejeo, con los tres al filo de la pendiente, sentí que perdía el equilibrio, que nos íbamos los tres. En una fracción de segundo tuve que elegir: soltar a Camila para agarrar a Valentina, o caer los tres.

Solté a Camila. Me aferré a Valentina con las dos manos y la empujé hacia atrás, hacia la carretera, hacia lo firme, cayendo yo mismo hacia adentro con ella encima.

Y Camila, que en ese instante se había echado hacia adelante con toda su fuerza esperando arrastrar a Valentina, no encontró a quién agarrar.

Manoteó el aire.

Nos buscó con los ojos, un segundo, con una expresión que no voy a olvidar mientras viva: no de odio. De sorpresa. De miedo. De la niña asustada que a lo mejor fue alguna vez, antes de que la envidia se la comiera entera.

Y cayó.

Por la pendiente de la curva, hacia el barranco, con un grito que se cortó de golpe y que se me quedó grabado para siempre.

Sus hombres, al ver lo que pasó, salieron corriendo hacia sus carros y huyeron, abandonándola, como huye siempre la gente que uno compra.

Y de repente todo fue silencio. El motor del carro. El viento. Valentina temblando encima de mí, en el asfalto, sana y salva. Y del otro lado del borde, abajo, la quietud.

—¿Estás bien? —La revisé entera, con las manos temblándome—. ¿Te hicieron algo? Valentina, ¿estás bien?

—Estoy bien. —Lloraba, aferrada a mí—. Estoy bien. ¿Y Camila? Adrián, ¿y Camila?

Me arrastré hasta el borde de la pendiente y miré abajo.

Y supe, por cómo la vi, que Camila ya no iba a hacerle daño a nadie más.

Nunca.

La policía y la ambulancia llegaron minutos después, alertadas por el chofer.

No pudieron hacer nada por ella.

Camila Lincoln, la que lo tuvo todo y creyó siempre que tenía nada, la que se pasó la vida envidiando a su hermana y terminó odiando hasta a la hermana que no sabía que tenía, murió esa tarde en una curva de tierra, tratando de arrastrar consigo a la única persona que, sin ella saberlo, compartía su misma sangre.




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