La noche había caído. Las calles estaban repletas de personas y todos, si no la mayoría, caminaban de acá para allá sin saber aún qué significado darle a su vida. Este era el pensamiento de Manuel, quien salió a su pequeño balcón en Sol para ver el mar de personas que había por todas partes.
Durante unos instantes, se estuvo preguntando adónde irían todas y cada una de esas personas en las que se fijaron sus ojos. Vio a un hombre, a un grupo de amigos y amigas, a una familia y, lo que más le llamó la atención, a una pareja. Los estuvo observando sentados en medio de la plaza hasta que los dos se levantaron para tomar una calle: los perdió de vista por culpa de un edificio. Deseó que tuvieran una gran noche y que su amor, de ser pareja, fuera eterno, tal y como quería para él.
Manuel Padrian estaba enamorado de una persona. Su nombre era Lucía. Eran pareja y, por serlo, Lucía tuvo que abandonar la espada, pues el deber de un hombre era proteger a su mujer, ya fuera con el acero o con la magia. Sin embargo, no todos podían emplear la magia. Había personas que no tenían un vínculo especial ni con lo espiritual ni con la magia ni con nada. Vivían sin más, sin poder despertar su poder oculto. De todos modos, estas personas eran más correctas, más amables y más sencillas. No eran arrogantes ni altivas ni nada parecido. Eran personas corrientes y muchos de ellos empleaban armas de fuego para defenderse ante cualquier peligro, principalmente vándalos. Por desgracia o por suerte, no tenían nada que hacer contra la magia.
De pronto, el móvil de Manuel comenzó a sonar. Lo sacó del pantalón y contestó a la llamada. Era su mejor amigo: Gregory Negue. Él le preguntó qué tal se encontraba y Manuel le contestó que bien. Acto seguido le preguntó si podían quedar los tres —Lucía vivía con Manuel—, que era muy importante.
—¿Cómo de importante? —preguntó Manuel.
—Muy importante —repuso Gregory.
Al oír tal respuesta, Manuel dijo que viniera a su casa. Tras oír esta respuesta de la boca de su amigo, Gregory dijo sonriendo a tres personas más:
—Le tenemos.
—Pronto se cumplirán tus planes, madre —dijo él mirando el suelo.
Y los míos, pensó Gregory, apretando el teléfono móvil.
Manuel, que ya había guardado el teléfono, se dirigió a la habitación. Allí se encontró con su pareja, que estaba en pijama.
—Lucía.
—Dime —contestó ella con una amplia sonrisa.
—Gregory viene a vernos.
—Vale —dijo ella—. Ahora me preparo, cariño. Aunque, bien pensado, ¿se va a quedar mucho tiempo? Es por no cambiarme.
—No lo sé. Pero dijo que era importante —comentó Manuel, alejándose de la habitación.
—Me cambiaré y ya está.
—Sí, será lo mejor.
Lucía salió de la cama. Se quitó el pijama y poco después se puso una ropa que combinaba con gabardinas contemporáneas. Se puso de todo menos el pañuelo blanco y su sombrero. Acto seguido, se fue al baño.
En ese momento, alguien llamó a la puerta. Manuel se acercó a la mirilla para ver de quién se trataba y, al asomarse, vio a Gregory, quien venía sin sombrero porque le gustaba deslumbrar con su cuadriculado y tintado cabello color ceniza, el cual destacaba sobre su barba, que era negra.
Manuel se arregló el chaleco de cuero y la camisa; luego miró al suelo, comprobando sus pantalones negros y sus botas, que no eran tan altas ni perfiladas como las de Lucía. Suspiró, miró al frente y abrió la puerta.
Al abrirla, Gregory, que miraba al suelo, levantó la mirada con una sonrisa tan extrañamente malvada que Manuel no pudo comprender ni reconocer. Y conjuró:
—Tenevorem.
Y los ojos de Manuel dejaron de percibir la luz. Solo veía oscuridad, plena y perfecta. No veía ni a Gregory, quien le chocó mientras caminaba. Tal toque inesperado e inadvertido causó en Manuel un estremecimiento. Se asustó.
Gregory fue a buscar a Lucía, quien salió del baño para ver qué pasaba. Luego salió de su habitación y encontró a Gregory, que se detuvo al verla.
—¿Gregory? —dijo Lucía.
—¡Lucía, no veo! —gritó Manuel, apoyado en la pared—. ¡Lucía!
Ella miró a Manuel, luego a Gregory, y espetó:
—¿Qué estás haciendo?
—Nada. Jugando —respondió Gregory.
—¿Cómo que jugando? —cuestionó Lucía.
Y Gregory conjuró:
—Nimpustio.
Abrió la boca, dejando que un olor pútrido y nauseabundo inundara sus pulmones.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, tapándose la boca, horrorizada.
Pero el olor, que era a muerto, era demasiado intenso y, nada más olerlo, sus párpados cayeron y ella se desplomó en el suelo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Manuel al oír el golpe. Pensó en Lucía y dijo—: ¡Gregory, como la toques un solo pelo te juro que te mato!
Gregory miró atrás y encontró a Manuel pegado a la pared —el conjuro aún hacía efecto—, así que lo único que hizo fue coger el cuerpo de Lucía entre sus brazos para llevársela. Cuando llegó a la altura de Manuel, le dijo:
—Escucha, Manuel. Te odio. Te odio desde hace mucho tiempo, sobre todo desde que estás con esta mujer. Mi familia y yo nos la llevamos. Tenemos cosas que hacer.
¡Hasta la vista!