Los Círculos de la Vida

MANUEL

Todos seguían mirando los rayos de luz con gran intriga. Se preguntaban qué demonios estaba ocurriendo, pues no hace mucho hubo un suceso extraordinario y sobrenatural arrasó silenciosamente con los vivientes de la Villa de Móstoles. No hubo supervivientes aparte de la familia Negue y la familia Mosble. Ambas de ascendencia africana. Muchos se preguntaron si fueron ellos los causantes de aquel evento tan trágico pero no había manera de saberlo.

—Creo que es el fin del mundo —dijo una mujer pegada al lado Manuel.

—¿Por qué dices eso? —quiso saber él.

—¿Acaso has visto alguna vez un cielo nocturno como este? Observa la luna, no es ni medio normal. Y para empeorar las cosas hay dos rayos de luz que no sabemos qué indican o qué señalan, si es qué señalan algo. Tengo la corazonada de que va a pasar algo horrible.

Las últimas palabras de la mujer resonaron en la cabeza de Manuel, quién deseó que se estuviera equivocando, porque si pasaba alguna catástrofe, en lugar de avanzar hacia el encuentro de Lucía , la distanciara de ella. Y estaba a solas con un loco y su familia.

Pasados los minutos de expectación, las gentes volvieron a hablar y a circular con normalidad. Manuel abandonó el portal y se introdujo en la marea de personas con el pensamiento de ir a la comisaría más cercana. Si tenía suerte, encontraría a su tío David para comunicarle que su novia había sido secuestrada.

—Perdón —dijo Manuel queriendo pasar.

—Sí —dijo un hombre dándole paso.

—Gracias —respondió Manuel.

Las calles estaban repletas de personas. No había espacio para caminar cómodamente. Todos en lugar de caminar de frente, caminaban como si se encontrarán entre dos muros reducidos y asfixiantes. Y aunque generalmente a Manuel le agradaba ver por todos lados la vida, en aquella noche, desearía que todos estuvieran muertos. Y no pensaba así por casualidad, no. Pensaba así por la traición y la frustración que sentía. Sobre todo al pensar en el rostro de su enemigo y al que ahora tendría que matar.

Gregory..., pensó. Ese nombre le causaba un eco imposible de extinguir y de replicar. Ni siquiera era capaz de pronunciar dos veces ese nombre.

Con ese pensamiento —no llegó a formular otro—, llegó a la comisaría. Y por suerte para él, su tío se encontraba de espaldas al otro lado de los cristales.

—Tío David... —se dijo.

Manuel abrió las puertas y le llamó.

—Tío David.

—¿Manuel? —dijo su tío dándose la vuelta—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre?

—Necesito tu ayuda —comunicó Manuel con voz rota—. Me han quitado a Lucía . Y no sé qué hacer.

—¿De qué estás hablando? —preguntó su tío acercándose a él.

Manuel se relamió los labios y contestó que Lucía había sido secuestrada por aquel que era su mejor amigo: Gregory Negue. Su tío se quedó de piedra por un instante: analizaba qué le había dicho su sobrino. Y cuando entendió el mensaje, recordó que una familia de apellido Negue había sobrevivido a la catástrofe del más allá. Es por esto que le preguntó si ese tal Gregory Negue era el mismo Gregory del más allá. Su sobrino respondió afirmativamente. Tras está respuesta, su tío le preguntó si ya había informado del suceso. Él respondió que informó inmediatamente.

—Bien —dijo su tío—. ¿Dónde fue la última vez que la viste?

—En casa. Yo estaba en casa cuando ese desgraciado apareció, me... cegó y...se llevó a mi encantadora Lucía . No puede hacer nada, tío. Hizo un conjuro desconocido. No, uno no. Dos. Uno que te mete en tinieblas y otro que intoxica el aire. No pude hacer nada por protegerla —decía Manuel derrumbándose poco a poco—. Se supone que tenía que cuidarla y...y...

Los ojos de Manuel se empañaron y sus hombres decayeron junto con su mirada. Y aunque llegó a sonreír cuando levantó la mirada, no una sonrisas de alguien pleno sino de alguien que ha quedado devastó en medio de la incomprensión.

—Tranquilo, Manuel. Tranquilo —dijo su tío dándole un abrazo para calmarlo—. La vamos a encontrar. Te lo juro, Manuel. No te preocupes.

Entonces, en ese momento, varias personas comenzaron a entrenar con pánico a la comisaría. Y les empujaron lo suficiente como para estar a punto caer. Pero por suerte, las personas que entraban lo hacían sin intenciones de causar más estragos de los que ya estaban ocurriendo ahí fuera.

—¿Qué ocurre? —Interrogó un agente que andaba por ahí.

—¡Demonios! —respondió la gente entre gritos.

—¿Demonios? —se dijeron los Pádrian.

—¿Cómo que demonios? —Cuestionó el agente.

En menos de un minuto, la comisaría se convirtió en una lata de sardinas humana y no entraba ni un alma más.

Manuel y su tío, que dejaron de abrazarse nada más ser empujados, miraron juntos al exterior, y vieron como criaturas rojas aladas con espadas y lo más inquietante de todo, sin rostro, pero con cuernos, mataban o se llevaban a las personas volando.

—¿Qué demonios está pasando? —preguntó David mientras atendía los gritos de ayuda.

—¡Cerrad la puerta, que no entren! —Exclamó un hombre.

—¡Sí, es verdad! ¡Cerrad la puerta! —Vociferó una mujer.



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En el texto hay: aventura epica, fantasía oscura magia

Editado: 08.02.2026

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