Los Círculos de la Vida

MANUEL

Manuel y su tío se dirigían al kilómetro cero de Madrid y veían con horror las calles, las cuales estaban repletas de cadáveres. No daban crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Cientos de miles de personas, entre ellos niños, habían muerto de mala manera y no por los demonios, sino por la estampida humana.

¿Quién ha provocado todo esto? Niños inocentes han muerto. Si ha sido tu familia, Gregory, sois unos monstruos sin corazón, pensó.

Manuel levantó la vista, quería ver si había luz en las casas. Y en efecto, las había pero no en todas. Eso le reconfortó un poco por dentro: saber qué se podían esconder de los demonios le calmó. Y aunque él no solía pensar mucho en los desconocidos, no pudo evitar pensar en términos más grandes como lo era en términos de especie, pues ahora y más que nunca los humanos debían cuidarse entre ellos, pues no había dioses que implorar. No había dioses que los cobijara. No había dioses que los protegieran. Y ahora y más que nunca estaba sintiendo su ausencia.

Un berrido antinatural se atendió en la distancia. Y ambos se detuvieron. Tanto Manuel como su tío se preguntaron qué podía haberlo provocado. Ni uno ni otro había oído en su vida semejante sonido y se preguntaron qué pudo haberlo causado. Pero en menos de un segundo especularon con la idea de que podía ser un demonio.

David por precaución desenfundó su pistola, la cual tenía a la altura del pecho, y le dijo a su sobrino que se preparase para lo peor. Manuel sin pensárselo desenvainó su espada y continuó caminando hacia la plaza del Sol. Su tío, que llevaba tan solo un par de meses en Madrid le siguió.

Manuel se acercó a la pared con cuidado de no caer al suelo ni por la sangre ni por los cuerpos. Y cuando llegó, antes que su tío, se percató de que a un lado y otro de la plaza había un par de demonios batiendo las alas, pero no volaban. Él se preguntó qué estaba haciendo esos demonios, y por el sonido visceral y tronador que había por el silencio que lo inundaba todo, dilucidó que estaban devorando los cuerpos exánimes.

—¿Qué ves, Manuel?

—Veo a un par de demonios comiendo a un lado y otro de la plaza.

—Vale. Pero ¿qué están comiendo? ¿Carne humana?

—Sí. Y debemos cruzar la plaza para dirigirnos a Legazpi. Es obligatorio.

—En ese caso salgamos y deshagamonos de ellos —dijo el tío apunto de salir.

Pero cuando su sobrino vio que llevaba la pistola, le cogió del brazo: pensó en que si disparaba a cualquiera de esas criaturas haría el suficiente ruido como para atraer a más. Es por eso que le preguntó:

—¿No crees que es peligroso usar la pistola, tío?

—¿Por qué? ¿Por el ruido?

Manuel aseveró.

—Ya veo...En ese caso usamos la espada —dijo enfundando el arma para desenvainar su espada—. Pero ahora me escúchame tú a mí. ¿Crees que podemos sobrevivir si...? Te lo voy a preguntar así: ¿Estás preparado para morir?

—No. No aquí.

—Bien. Yo tampoco. Recuerda usar tus hechizos. Eso nos dará ventaja.

—Vale, tío.

David, que tenía el mentón poblado de una frondosa barba con tintes blancos, sonrió y dijo:

—Recentella.

Y en su mano izquierda apareció un relámpago.

—Por cierto, Manuel, ¿tú círculo del alma cuál era?

—La ida.

—Ya veo. Tú ves a por los de la izquierda. Yo voy a por los de la derecha. Salgamos —ordenó su tío.

—Sí —contestó su sobrino.

Sin ninguna duda dentro de él, Manuel se dirigió al par de demonios que estaban dándoles la espalda. Sin embargo, estos por alguna clase de suerte detectaron el movimiento de Manuel, y se dieron la vuelta con aquellas cabezas que pese no tener rostro, tenía una amplia y macabra boca que se fundía con el resto de la piel cuanto más la cerraban. Los demonios batieron sus alas y se dirigieron con sus garras en contra de Manuel, quién viendo que venían los dos muy pegados, levantó su mano izquierda para decir:

—Hiviernos.

Y un aire congelado emergió de su mano. El aire era tan frío y gélido que lentamente se iban viendo cristales de hielo blanco sobre la piel roja de los demonios, que, viéndose enfriados, no les quedó más remedio que morder el polvo sin control alguno.

Ya en el suelo los demonios y con el movimiento casi impedido, Manuel aprovechó la oportunidad y les clavó la espada. Él miró a su tío, y vio que estaba combatiendo a espada limpia contra uno de esos demonios. Manuel se acercó corriendo para ayudarle peor entonces, su tío empleó el viento, y lo empujó contra la pared para después sacar su pistola y acribillarlo en la cabeza.

Manuel paró de correr y se acercó caminando a su tío, quién miró atrás y dijo:

—Al final he tenido que utilizar la pistola, chico.

—Ya veo. ¿Continuamos?

—Será lo mejor. No quisiera que aparecieran de repente más de estos criaturas.

Su tío comenzó a caminar a diferencia de Manuel, que se fijó en la cabeza agujereada del demonio que estaba muerto contra la pared. Además, observó su fisionomía, la cuál era larga y enjuta. Pero en el fondo él sabía que tenían una fuerza atroz.



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En el texto hay: aventura epica, fantasía oscura magia

Editado: 08.02.2026

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