Los Círculos de la Vida y de la Muerte

MANUEL

Manuel y su tío caminaban en alerta por la Calle del Doctor Cortezo, estaban cerca del Teatro Calderón y Cine Yelmo Idral. Manuel miró al cielo. Y se fijó en la luna, cuya luz era más intensa de lo habitual. O eso creía él. Cada vez veía menos demonios, pero había al fin y al cabo.

—¿Por qué saliste corriendo tan repentinamente, tío? ¿Viste algo en el círculo de la muerte y por eso saliste despavorido?

—¡Así es, Manuel! Salí corriendo. Pero no despavorido. Vi algo en el círculo de la muerte cómo dices. Mi muerte —respondió su tío.

—¿Cómo era?

—Entre terrible sufrimiento —contestó Manuel obviando la parte en la que se sacrificaba por su sobrino.

—¿Puedes ser más gráfico?

—Sí. Entre llamas, las cuales eran causadas por sus espadas de fuego.

—Ya veo...Menos mal que el futuro cambió —dijo Manuel bostezando.

—Sí, menos mal que lo cambié de alguna manera. ¿Tienes sueño?

—Sí, tengo sueño. Pero no es momento para descansar. Primero debemos llegar a Legazpi.

Su tío bostezó. Y Manuel le realizó la misma pregunta. Su tío dijo que también tenía sueño. Después preguntó la hora, aún él tenía reloj. Las doce de la noche respondió su sobrino. Cosa que sorprendió a su tío, quién comentó que hace una hora debería haber salido del trabajo, si todo hubiera ido con normalidad.

Los dos descendieron la calle y llegaron hasta la plaza Tirso de Molina, en dónde se encontraron unas cuantas personas luchando en contra de esos demonios. Algunos yacían muertos como ocurría con las cientos de cadáveres que habían visto muertas por el camino. Él y su tío fueron corriendo a auxiliar a las personas que estaban luchando por su vida. David sacó su látigo, se acercó a uno de esos demonios que le daba la espalda, y le arrebató su espada, siendo matado por la mujer que lo estaba enfrentando. Manuel se dirigió al centro de la contienda junto con la chica, que combatía con tres personas más. Y entre todos, se deshicieron de los tres demonios restantes que había (Manuel mató a uno de esos tres demonios clavándole su espada por la espalda).

—Gracias —dijo a otra chica que había ayudado recientemente, su nombre era Miriam.

—No hay de qué —respondió Manuel.

—Vienen más —dijo el tío de David señalando al cielo.

Todos se fijaron arriba, y vieron cómo cinco demonios descendían con sus espadas.

El grupo, que con Manuel y David eran seis se preparó para defender su vida.

—Pongámonos en círculo —dijo Manuel.

Sin embargo, el tío, que estaba fuera, desenfundó su pistola. Y con ella disparó a los demonios. Alcanzó a uno en la cabeza: cayó al suelo. Los demonios siguieron al ataque con espada en mano sin importarles que uno de ellos hubiera caído fulminado. Cuando aterrizaron, uno de ellos, abrió su macabra boca. Y rugió con una fuerza atronadora, como si quisiera intimidarles o peor aún, sacar a relucir sus miedos para poderlos oler así y atacar, pues eran ciegos y se guiaban principalmente por tal sentimiento. Por suerte, como estaban unidos, no fueron amedrentados. Pero sus corazones se revolucionaron.

—A la de tres ataquemos —dijo Miriam.

—Está bien —respondió Manuel.

Pero entonces, el tío de Manuel volvió a disparar a la cabeza a tres de esos cuatro demonios, los cuales cayeron inertes al suelo.

Todos menos uno de ellos miraron al policía, quien estaba recargando su arma.

—Solo es uno. Matadlo —ordenó David—. Yo estoy recargando.

Al oír sus palabras, cuatro de ellos se movilizaron a diferencia de aquel que encaraba al demonio, que en menos de cinco segundos, vio como sus tres compañeros y uno desconocido lo rodeaban.

—¡Atacad conmigo! —Exclamó Manuel, que salió corriendo para atravesar al demonio.

Los cuatro desconocidos fueron al ataque a diferencia del que lo encaraba, que no queriendo perder la vida, decidió entretenerlo con la mirada, si es que era posible, para que sus compañeros tampoco perdieran la oportunidad de clavarle la espada.

Los cuatro le atravesaron el cuerpo. El demonio intentó abrir su boca para gritar. De hecho, se vió cómo la piel de su rotro se dividía en dos para demostrar sus decenas de pequeños y amarillos dientes, pero nunca llegó a abrirla por completo como para ementir sonido.

Manuel estrajo primero su espada, y luego el resto. El cuerpo del demonio cayó al suelo. Y mientras su tío se acercaba, uno de ellos, Alexia, le agradeció a Manuel su ayuda. Poco después lo hicieron los demás, que, viendo cómo el agente se acercaba, le dijeron lo mismo sin dudar.

—No hay de qué —dijo el tío.

—De dónde habéis salido, ¿por cierto? —Preguntó Darío a Manuel.

—De Sol. O de ahí—dijo Manuel señalando la calle con la cabeza.

—Gracias por habernos ayudado —dijo Javier.

—Sí, gracias —dijo Darío.

—No hay de qué, chicos —comentó David cuando llegó.

—Mi nombre es Alejandro.

—El mío Darío.



#1344 en Fantasía
#502 en Joven Adulto

En el texto hay: poder, aventura epica, amor

Editado: 10.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.