Manuel y su tío se encontraban en la calle del Mesón de Paredes. Habían recorrido gran el trayecto en silencio. Silencio que aprovechó para pensar en sí aquel joven, era de la familia de Gregory.
—¿En qué piensas?
—En el chaval que vimos volando. Me preguntaba si es familiar de Gregory.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Francamente, no lo sé. Pero era un chico negro. ¡Y Gregory lo es! Creo que su familia a causado todo este caos.
—¿Y en qué te basas?
—En nada.
—Deberías centrar tus energías en llegar sano y salvo a casa.
—Sí, es cierto. Pero ahora me come la duda por saber si él y su familia han causado todo esto.
—No lo creo posible, francamente. ¡De hecho, es imposible! —dijo su tío.
—¿Y por qué iba a serlo? —inquirió su sobrino—. Hace unas horas fui testigo no, sujeto, de una...magia que en mi vida había visto ni oído hablar.
—Olvidalo, Manuel. Y céntrate en llegar a casa. Si quieres pensar en algo, piensa en Lucía.
—No puedo pensar en ella. Y quiero. Pero cada vez que lo hago me viene a la memoria el hecho de que no pude hacer nada. Y me hierve la sangre. Era un amigo, tío. Un supuesto amigo.
Su tío no dijo nada salvo que las calles estaban más limpias que en cualquier otra, que había menos cadáveres, pero aún así, no era algo bueno. Solo un dato. Uno inservible. Es por eso que su sobrino no dijo nada de nada. Hasta que pensó en algo: en cuántas munición le quedaba. Su tío contestó que no sabía cuántas balas le quedaban, pero sí sabía cuántos cartuchos le quedaban y dijo que uno más el de la pistola. Al oír eso, Manuel dijo que debían ahorrarlas para una situación verdaderamente necesaria. Aunque teniendo en cuenta que cualquier demonio era una amenaza, lo mejor que podían hacer era dirigirse a una comisaría a por más munición. O encontrar algún cadáver que tuviera. Su tío no supo qué decir al principio. Pero luego dijo que no había tiempo para dirigirse a una comisaría. Manuel dio un bufido. Y al atenderlo su tío, dijo que lo sentía, pero lo que más quería era ver a su hijo, el cual no llevaba su sangre, pero lo había criado como un Pádrian más. Quería verlo. Aunque fuera una última vez.
—Ayudadme, por favor —escucharon de uno de los cadáveres en apariencia.
—¿Hola? —Inteterrogó David.
—Aquí —respondió la voz del hombre—. Estoy aquí.
David comenzó a trotar hacia adelante con la intención de auxiliar al hombre que pedía ayuda. Cuando llegó, Manuel trotó hasta alcanzarlos. Al llegar, vió a un hombre cuya espalda ensangrentada presentaba un corte en diagonal.
—Levantadme, por favor.
—Ayúdame a levantarlo. Ponte al otro lado —dijo su tío.
—Sí —dijo su sobrino.
Manuel se puso al otro lado del hombre. Se agachó casi al mismo tiempo que su tío, pero cuando trataron de levantar al hombre, este se quejó tanto que a Manuel le recorrió un escalofrío.
—Creo qué no vamos a poder ayudarlo, tío.
—Intentemoslo una vez más. Le vamos a hacer daño. Manuel, levántalo con todas tus fuerzas.
—Está bien. ¿Pero y si le duele?
—No os preocupéis. Es como debe ser —dijo el hombre.
—Mira está de acuerdo. Vamos. Una, dos y tres —dijo David.
Y lo levantaron. Pero el hombre dio un grito de dolor tan elevado, que Manuel no tuvo más remedio que taparle la boca.
—Bien hecho —dijo su tío.
—Sí, pero ¿qué hacemos ahora? No podemos llevarlo a un hospital, no podemos curarlo, no podemos llevarnoslo. No podemos nada —expresó Manuel.
—Vale. Déjame pensar —profirió David.
Hubo un breve silencio. David miraba a todos lados como buscando algo, una idea. Pero no se le ocurrió nada. El hombre dijo algo ininteligible. Y tanto Manuel como David acercaron el oído. Pero no consiguieron entenderlo.
—¿Qué ha dicho? —Preguntó Manuel al hombre.
Y este dijo débilmente:
—Casa.
No podemos llevarlo a casa, pensó Manuel. Pero su tío le preguntó si vivía lejos. El hombre dijo que no, que vivía muy cerca de ahí. Tanto Manuel como su tío preguntaron qué cómo de cerca. Y él dijo:
—Farmacia. La Farmacia.
—¿Vive en una farmacia? —Preguntó Manuel.
—No lo creo. Querrá decir que vive cerca de la farmacia, ¿no es así? —Inteterrogó David.
—Sí —contestó el hombre.
Manuel, que comenzó a preocuparse, miró al cielo en busca de demonios. Y los había. Pero no les veían. No porque volaban muy alto. Es por esto que dijo que se dieran prisa.
—¿Puede caminar? —Preguntó David.
—Sí. Pero me duele mucho la espalda —contestó el hombre.
—Vale. Comenzaremos a caminar, ¿está bien?
—Sí —dijo el hombre.
Y los tres conenzaron a andar pasito a pasito por las calles, cosa que Manuel no quería hacer porque no era su deber ayudar a otros. No en una situación tan crítica como en la que estaban inmersos todos. Él pensaba que ayudar a heridos no procedía. No porque no tuviera corazón, sino porque alguien tan mal herido era una carga. Era un desconocido. Y por un desconocido no estaba dispuesto a jugarse la vida. Cosa diferente ocurría con su tío, que por ser policía, le urgía la necesidad de ayudar a los demás aún en el peor de los escenario.