Los Círculos de la Vida y de la Muerte

GREGORY

Gregory estaba en Móstoles. Venía caminando desde Loranca. Vivía en la calle. Pero tenía dinero. No mucho, lo suficiente como para comprarse dos cajetillas de tabaco. Caminaba por las calles de Móstoles únicamente con su espada y su cartera, la cual le regaló su novia. En uno de esos momentos llegó al Parque Asturias. Allí se sentó. Estuvo hablando en voz alta durante un tiempo sobre la posibilidad de resucitar lo muerto. Y las gentes se le quedaban mirando un tiempo, sobre todo los niños. Entonces, cruzó el parque un niño negro. Un hombre en la distancia se sentó. Aquel niño parecía triste. Gregory lo notó y le preguntó si le gustaba ser negro. Él dijo que no, lamentablemente. Gregory preguntó por qué. Y el niño dijo que no era igual a los demás. Además de que le recordaban sus compañeros constantemente su color de piel. Gregory dijo si eso le hacía daño. Pero él no dijo nada. Entonces, Gregory le dijo que algún día sería libre, que la palma de sus manos le dejarían ver, pero que para ello, debía superar algo: la herencia genérica racial. El niño puso caras raras por no comprender.

—Te lo diré más claro, pero no habrás de olvidar este momento. La herencia genérica racial es una cadena mental que reduce o aumenta tu valor humano, según tú color de piel. Yo nunca sufrí racismo, sabes. Pero sé que es así. De romper las cadenas invisibles que tal vez puedas ver algún día, serás libre, porque podrás dar la mano incluso a alguien que no lo es y que tal vez jamás lo será. Sí consigues esto, descubrirás quién eres.

—No lo entiendo, es muy largo.

—Imagina que tienes manoplas negras y que a la vez te limita tú forma de ser. Pues si eres capaz de aceptarlas, descubrirás que eres como ellos y sin limitaciones. Pero esto lo descubrirás un día. Cuando salgas de la ilusión. Yo me deshice de los guantes hace mucho tiempo. Y te puedo prometer que es maravilloso. Casi entró en la Liga de Caballeros por eso, porque acepté que era humano y que nadie era superior a mí. Todos somos iguales, chico. Tal vez, tú lo logres también algún día, entrar en la Liga de Caballeros. Bueno, yo voy a irme. ¿Cómo te llamas, por cierto?

—Hector.

—Bonito nombre. Algún día, Héctor, y solo si tú lo aceptas, aprenderás que no sois diferentes. Pero antes habrás de aceptarte con todas tus capacidades.

El pecho de Héctor se hinchó de valor y de espíritu por las palabras de Gregory. Él se levantó y se dirigió al hombre que estaba sentado.

—Adiós, Héctor—dijo pasando a su vera.

Entonces, cuando Gregory llegó a la altura del hombre, dijo:

—Perdona, ¿tienes un cigarrillo?

Aquel hombre, que tenía su edad, se le quedó mirando y contestó:

—Sí, claro. Toma.

—Gracias.

—Bueno, hasta luego.

Y Gregory se marchó con suerte: pudo fumar un cigarrillo. Aquella noche durmió en la calle pensando en volver a aquel parque.

Al día siguiente, regresó. Y se encontró con el mismo hombre. Le preguntó si podía sentarse con él. Dijo que sí. Ya a su misma altura, le preguntó por otro cigarrillo. Y cuando lo encendió, aquel le informó de que bajaba todos los días a la misma hora. Gregory dijo que pasaría más veces.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Gregory.

—Ángel. ¿Y tú?

—Gregory.

—Encantado, Gregory —y le estrechó la mano.

—¿Qué haces por aquí solo, Ángel?

—Disfrutando de estar a mi bola. ¿Y tú?

—Nada. Paseando. Y buscando tabaco. Soy un vagabundo. Probablemente, errante, si no me pongo las pilas. Pero qué decir. Soy libre.

—Eso es lo que yo necesito.

—Me puedo ir.

—No lo digo por ti. Lo digo por mí. Mis hermanos me tienen la cabeza bomba. Y a mis padres más todavía.

—Hermanos…Yo no tengo hermanos con los que haya crecido. ¿Cómo es?

—Depende. En todas las familias se cuecen habas. Somos seis hermanos y solo salvaría a dos.

—Ya veo. Yo tengo tres hermanos mayores pero no nos conocíamos hasta hace unos días. Mi madre nos ha reunido tras mucho tiempo desaparecida. Todo fue muy raro. Nos concibió y se marchó.

—Perdoname que te diga pero eso no se hace.

—Ella lo hizo porque buscaba algo. Un ideal que va más allá de toda lógica.

—¿Cuál es ese ideal?

—Es una locura. Pero si lo logra, le pediré un favor. Eso lo tengo claro. Sin embargo, debo ser el primero en algo.

Hubo silencio. Hasta Gregory preguntó:

—¿Cuántos conjuros domina tu familia?

—Dos. Constrictare y restrictare. ¿Qué hay de los tuyos? Los africanos tenéis un poder muy grande.

—Yo no tengo —dijo Gregory sonriente, ocultaba algo—. Y soy español.

—Ahora entiendo por qué hablas tan bien.

Normal, cuida tú lengua y cuidarás tú dignidad, pensó.

—Bueno, Ángel. Me marcho.

—Ha sido un placer, Gregory. Nos vemos otro día.

Y él se marchó a despejarse. Durante su caminata, estuvo pensando en si aceptar los planes de su madre. Si lo hacía corría el riesgo de que nacieran problemas familiares, cosa de la que estuvo despreocupado durante años. Odiaba los problemas. Pero sí su madre estaba en lo cierto, podría crear su propia familia. Una real. Pero para eso necesitaba tener al menos a uno de los padres, a sus tíos, cosa que también tenía por parte de madre, y mi primos si era posible. Y si todo era cierto, podría lograr sus planes. Pero no sé creía que su madre hubiera matado a los dioses, los cuales por lo visto estabilizan los Círculos de la Vida y de la Muerte. No tener dioses era un problema: el ser humano no podía vivir sin ellos porque de lo contrario, irían al Horizonte Cósmico, Reino de la muerte que se encontraba más allá de Los Círculos. Por suerte, y por vicisitudes de la vida, Gregory creía en el dios externo, la llamada deidad original por unos pocos. Pero nadie podía verle ni en la muerte. Era un dios misterioso decían en las escrituras que le mostró su novia, ferviente seguidora del dios externo como él. No la llamaba porque no podía. Aquello que les unió fue la justicia de la que decía hablar entre otras cosas. Y que tenía un plan justo para cada individuo.



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En el texto hay: poder, aventura epica, amor

Editado: 20.02.2026

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