Los Círculos de la Vida y de la Muerte

GREGORY

Gregory y Paula cruzaron el portal y llegaron al Recinto Ferial de Leganés. Se encontraban tras una de las atracciones, en dónde nadie pudiera verlos salir.

Miraron el cielo. Y Paula, dijo que la luna estaba completamente eclipsada. Gregory no dijo nada salvo que en cualquier momento llegarían los demonios. Pero para eso, quedaban horas.

Gregory se quedó mirando a Paula con los mismos ojos que el día en que la conoció. Con ojos de asombro y de incredulidad. Ella vestía con ropas totalmente negras: botas, pantalón, jersey de cuello alto y gabardina. Era esbelta. Pálida. Y la gustaba raparse la cabellera, cosa que a Gregory no la importaba porque amaba todas sus facetas. Pero el cuerpo que ocupaba Paula no era suyo, sino de Lucía. Había vuelto al plano de la vida tras estar oculta más allá de los Círculos de la Vida, en el Horizonte Cósmico, lugar al que iban las almas después de que los dioses dejaran de existir.

—¿Cómo te encuentras, Paula? —Preguntó Gregory mirándola a unos ojos azules que no eran suyos.

—Bien. De vuelta en casa, a saber, el mundo —dijo ella abriendo los brazos con entusiasmo.

—El mundo...¿Te gusta el mundo?

—Sí. Pero no hablo del mundo en cuanto a personas, sino en cuanto a lugar. ¿No me entiendes? Hablo de la Tierra.

—¡Ah, no caía! —Contestó él sacando la punta de la lengua.

—¡Sí lo sabías! ¡Me habías comprendido!

Gregory metió la lengua, la sonrió apaciblemente y dijo.

—¿Nos vamos, creyente en el dios externo?

—Sí.

Él la cogió la mano, la entrelazaron y comenzaron a andar.

Y al hacerlo, vieron con el ruido de las atracciones de fondo, a muchas personas hipnotizadas ñor el eclipse. Mientras pedían paso y dejaban atrás a la muchedumbre, ellos atendieron de las personas que se movían para tal vez ir a su casa, que aquel cielo invernal era extraño, muy gris y muy oscuro. Pero lo más inquietante de todo era el potente rayo de luz que se desbordaba y que caía eternamente cual cascada.

Nada más oír eso, Gregory se detuvo y miró el cielo por un instante. Pero Paula, a quién le encantaba completar lo que empezaba, instó a su novio a seguir, a buscar a su padre y a matarle. Al oír eso, su novio dejó de mirar la luna y contestó que tenía razón, que debían seguir caminando.

Ya en la salida del recinto, se encontraban en la Avenida Museo. Y debían llegar al Parque de los Tilos, lugar que se encontraba delante de ellos cruzando al otro lado de la carretera. Esto le hizo pensar a Gregory que aquella mujer, su madre, sabía lo que hacía.

Los dos cruzaron la carretera, en la cuál seguía habiendo muhas personas. A llegar al otro lado, se dirigieron a la entrada, la cuál se encontraba arriba haciendo tangente con la calle en la que estaban. Durante el trayecto, Gregory le preguntó cómo era estar muerta. Y ella dijo que no recordaba nada. Solo que había oscuridad. Solamente llegó a ver luz cuando el portal fue abierto por su cuñada, la Matriarca, quién lo atravesó físicamente para traerla al plano de la vida. No comprendía nada añadió.

Pero sí comprendió algo: que estaba en el reino de la muerte, el cual era oscuro, silencioso y agradable.

—Oscuro, silencioso y agradable —repitió Gregory.

—Sí, agradable —contestó Paula.

—Entiendo pero no entiendo —dijo él.

—¿Qué significa eso? —repuso ella.

—Agradable porque no hay emociones ni sensaciones.

Y dijeron a la vez, aunque comenzó Gregory antes.

—Dormida.

—Pero es más que eso.

—¿Cómo?

—Un sueño.

—¡Venga ya! ¡Seguro que es una broma! —dijo impresionado Gregory—. Yo me lo imaginaba como dormir. Eso sí lo comprendo.

—Será que yo he muerto y he vuelto a la vida. No sé —dijo Paula.

—Puede ser. Esa sensación es tuya. Y me alegro de que así sea porque es solo tuya. Te define. Por lo menos ante ti misma. ¿Y por qué? , te preguntaras. Y es porque nadie debe sentir lo que tú sientes. Y eso te define ante ti misma. Lo malo es que ahí fuera hay monstruos que no controlan lo que sienten. Me gustaría contarte un secreto pero no es certero. Bueno, ya estoy divagando.

—¡Cuéntamelo, cuéntamelo! —Exclamó con energía y dándole un toque con el hombro.

Él la miró. Y dijo.

—No.

—Venga.

—¡Que no!

—A la de una, a la de dos, a la de tres.

El se carcajeó.

—No resuelvo nada pero solo es un creencia. Creencia que me ha hecho llegar lejos conmigo mismo. O eso quiero creer.

—Eso que te llevas ahora tú.

Gregory bufó.

—Me sorprendes, Paula.

—¿Por qué?

—No tienes prejuicios. Eres libre. Y eso me gustará siempre de ti —dijo tras hacerla girar sobre sí misma, inesperadamente.

Y la rodeó con su brazo hasta acercarsela a él.



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En el texto hay: poder, aventura epica, amor

Editado: 20.02.2026

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