Manuel y David Pádrian estaban bajando las escaleras en silencio. David seguía fumandose su cigarrillo. Y Manuel seguía pensando en por qué Gregory se llevó a Lucía. No comprendía nada. Quería sabeerlo. Pero no se podía escusar aún sabiéndolo. Es por eso que se centró en el presente y se dijo que debían llegar a casa. Y al hacerlo, se dio cuenta del frío de la barandilla, en la cuál dejó de apoyarse. Iba detrás de su tío, quién dijo sin mirar atrás que nada más terminarse el cigarrillo, llamaría a Sergio y Carlos.
De un momento a otro, llegaron al portal y salieron. Ahí, David tiró el cigarrillo y sacó el móvil. Y en el momento, su hijastro cogió el teléfono.
—Papá.
—Hijo, ¿qué tal estáis?
—Estamos bien. En casa. Pero hay unas criaturas.
—Sí, lo sé. ¿Y tú primo? ¿Qué tal está?
—Está bien. Estoy con él.
—Vale.
—Carlos pregunta si sabéis que está ocurriendo.
—Es complejo.
—Ya veo...¿Por dónde váis?
—A mitad de camino. Os voy a enviar mi localización.
—¿No estás con Manuel?
—Sí, estoy con él. Bueno, hijo. Nos vemos —dijo David.
—Nos vemos, papá —dijo Sergio.
Y colgó.
Entonces, Manuel preguntó:
—¿Qué te han dicho?
—Nada. Qué están en casa y que han visto a esos demonios. Imagino que en el cielo —replicó su tío, que comenzó a andar.
Manuel también. En cuántos pasos, llegaron a Ronda de Atocha. Había muchos coches encendidos. Algunos de ellos estaban ocupados de personas que no sabían si salir por miedo a morir por los demonios. Manuel y su tío cruzaron la calle con la duda por saber por qué no salían. Y muy probablemente, porque tenían mucho que perder, pues eran niños con sus padres la mayoría.
Al llegar a la continuación de la calle, entraron en la Calle de Bernardo Obregón. Había varias motos aparcadas en la acera. Y cadáveres, muchos cadáveres. Siguieron calle arriba en silencio hasta llegar a Puerta de Santa María de la Cabeza. Se dirigieron hacia la rotonda. Y antes de llegar, Manuel y David vieron un grupo de personas con gabardinas azules y sombrero.
Policías..., pensó Manuel.
Los se acercaron trotando, principalmente, porque su tío comenzó a trotar. Se detuvieron sin haber llegado. Pero estaban más cerca. Entonces, cuando llegaron, entre un mar de demonios agujereados y lacerados, uno de los agentes, uno muy fornido, preguntó con su arma y espada en mano que se identificaran. Y David dijo.
—Soy el capitán, David, compañero —dijo mostrando su látigo—. Este es mi sobrino, Manuel —comentó luego.
El policitle miró y dijo.
—Hola.
—Hola —contestó Manuel.
—¿Cómo os encontráis? —Preguntó David—. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Mi nombre es Modesto. Y nos encontramos bien. Pero hemos tenido algunas bajas —dijo mirando atrás.
—Lo siento.
—Sí, bueno. Murieron como guerreros que eran, de la justicia.
—Sin lugar a dudas. ¿Sois un grupo un poco grande? ¿Adónde vais? —Preguntó David.
—A averiguar qué está pasando.
—¿Y qué dirección es esa?
Modesto levantó los brazos y dijo:
—Cualquiera, capitán. Cualquiera. Pero principalmente nos dirigimos a esa cascada de luz, si es que podemos llegar.
—¿Todos vosotros? —Intervinó Manuel.
—Así es, todos nosotros. Cuantos más seamos mejor —comentó Modesto—. ¿No queréis uniros a nosotros?
—No podemos —replicó David.
—¿Por qué no? El mundo nos necesita.
—Lo sé, pero antes, debemos llegar a casa. Nos espera nuestra familia.
—Ya veo —replicó Modesto—. Si te soy sincero, todos los aquí reunidos no somos capaces de contactar con nuestros familiares, y dada la situación tan extraordinaria, tan antinatural, las calles están repletas de coches abandonados y no es posible circular. Ahora estamos nosotros. Y debemos hacer algo, aunque sea pequeño para restablecer el orden. O por lo menos para saber el origen.
—Sí —dijo David—. Nos vamos.
—Adiós —dijo Manuel.
Ambos miraron a un lado y levantaron la mano para despedirse de los agentes.
—Adiós —dijeron.
Pero, justo y cuando miraron al frente ellos dos, un agente, dijo que una nueva ola de demonios se estaba acercando.
—¿Cómo? —dijo Manuel, que se dio la vuelta para dar crédito a sus palabras—. ¡No puede ser...!
—No creo que lo logremos —comentó su tío.
Allá en la distancia, por encima de los edificios; inmersos en el cielo gris, un lejano grupo de demonios se estaba acercando a su posición. Muchos mormuraron que iban a morir ya. Pero otros dijeron que era la hora de luchar. Una locura, pensó Manuel. Entonces, con la necesidad de continuar con vida, ordenó a todo el mundo que entrarán en los coches.