Todos los presentes estaban mirando cómo aquel adolescente dejaba caer algo. No sabían qué era. Pero lo algunos lo perdieron de vista cuando llegó al suelo.
La figura de forma humanoide tallada en madera, tenía cabeza de elefante y una gran tripa. Y al entrar en contacto con el suelo, rebotó varias veces hasta quedarse quieta. Sin embargo, se enderezó y se puso de pie tras estar vibrando unos segundos. Y entonces, comenzó a crecer de manera desmesurada ante los ojos de todo el mundo. Sus orejas, su trompa, sus cuernos; todo, se iba haciendo más grande. Y el adolescente, lo miraba con maravilla, mucha más que con el primer demonio encarcelado que liberó.
Los presentes no sabían cómo sentirse, si aterrados, o impresionados. Pero lo que sí sabían era que su muerte, tal vez, había llegado. Y mientras la criatura seguía aumentando sus proporciones, Grandez ordenó atacar. Y lo hicieron todos. Sin embargo, un muro mágico de color rojo tan fino como la piel, lo estaba absorbiendo.
—Lo siento, pero el acero es lo único que afecta a estos demonios —dijo el adolescente.
Solo el acero le afecta...Pero es enorme. Debe medir como cinco metros. No más ,diría yo, pensó Manuel. El demonio liberado, cuando dejó de aumentar su tamaño, flexionó la espalda y los brazos para luego estirarse por completo y dar un berrido. Y cuando se calmó, si es que podía decirse eso, como toro preparado, barrio el suelo. Y sin previo aviso, comenzó a correr.
Las personas salieron despavoridas como hormigas mientras el demonio aplastaba los vehículos a su paso. Manuel y su tío, que veían al demonio Behemoth aplastando los coches, fueron testigos oculares de cómo un grupo de ocupantes morían aplastados y de cómo la sangre salía a presión de una.
Los demonios del averno, que aún seguían sobrevolando los cielos, comenzaron a percibir algo y descendieron.
—¡Mierda! —Exclamó Manuel—. ¡Debemos huir, tío!
Su tío le miró a los ojos y dijo.
—Está bien. ¿Qué harás, Grandez?
—Morir con mis compañeros. No tengo nada más por lo que luchar.
Y se dio la vuelta para comenzar a disparar a la espalda del demonio.
—¡Ayuda! —Vociferó una persona aprisionada entre sus grandes manos: murió aplastada por un solo pulgar.
Manuel vió qué estaba ocurriendo y se quedó helado. Pero no sé le había perdido nada ahí. No era un héroe. Y él lo sabía. Es por eso que cuando su tío le llamó, que reaccionó. Pero los demonios llegaron. Y la calle estaba cortada por ellos. Manuel lo vio con sus propios ojos al igual que su tío, quién guardó su pistola para mostrar su látigo, el cual nunca sacó.
—Manuel, sobrevive —comentó su tío.
—Vale —contestó su sobrino, quién poco después dijo—: —Más allá de la ida.
Y buscó demonios a los que matar. Pero eran tantos los que descendían, que no sabía qué hacer. Por suerte, era más optimista que pesimista, pero con Lucía a su lado. Sin embargo, su pensamiento fue positivo en ese momento, y se dijo que debía sobrevivir para verla. Es por eso que dijo con ira en contra de los tres demonios que estaba descendiendo:
—Piro.
Y de la mano izquierda brotó una llamarada que carbonizó a los demonios.
Él se miró la mano extrañado, nunca había sido capaz de realizar algo así. Pero no tenían tiempo para sorpresas, aunque vinieran de él mismo. Es por eso que reaccionó y miró a su tío, quién le miró y afirmó con la cabeza para seguir enfrentando a los demonios.
Manuel se fijó en el demonio de cinco metros, que estaba siendo entretenido por algunos agentes de policía. Los otros, lanzaban centellas, llamaradas o vientos gélidos para protegerse entre ellos de los demonios. Tras ver el panorama, él salió corriendo a ayudar, pero más demonios llegaban. Entonces, invocó un rayo, corrió con él, y lo lanzó en contra de aquel chaval, quién no se inmutó, pero se asustó.
—¿Quién ha sido? —se preguntó el niño, que buscó al agresor por dónde vino la centella.
Y al verlo, sacó una foto en la que salía su tío Gregory con alguien más. Y al verla, la contrastó. Y dijo.
—Tú, tú eres al que he estado buscando. ¡Behemoth, ve a por él!
El demonio se paró cuando iba a aplastar a alguien, miró al cielo y, al ver que el invocador señalaba alguien, se movió en esa dirección con la intención de aplastarlo. Coches nuevamente fueron aplastados. Y Manuel, que veían cómo venían a por él, no supo qué hacer. Hasta que dijo:
—Debo moverme.
Y salió corriendo. Pero no corrió de cualquier manera, sino con la intención de rodear la rotonda. Y mientras avanzaba, pedía al mundo que le atacarán a los ojos. Los agentes comenzaron a moverse y a disparar. Otras personas lanzaron conjuros. Pero el demonio se cubría cara.
—¿Qué os pensáis? ¿Qué es tonto? Estos españoles...¡Madre mía! —Exclamó el chico entre todo ese caos.
—¡Maldito crío! ¿Se piensa que los españoles somos tontos? —se dijo Manuel cuando su tío y Grandez hablaron al mismo tiempo para decir que atacarán a los talones.
Ambos se miraron, uno detrás del otro. Y se sonrieron.
Al oír eso los agentes, comenzaron a moverse para dispararle. Pero había tantos demonios menores, que era imposible.