Los Círculos de la Vida y de la Muerte

MANUEL

Manuel se desveló. Tenía la esperanza de que la noche de ayer hubiera sido un mal sueño. Pero al ver la luz de la habitación con esos tintes tan fríos, pensó en que nada había cambiado.

Antes de salir de la cama y comprobar que la noche aún reinaba, decidió creer que era de día.

Él se destapó. Se asomó a la venta. Y al ver el cielo ennegrecido, se dio cuenta de que el sol no volvería a aparecer.

¿Cómo es posible que la noche aún continúe? Debo encontrar un reloj, pensó. Miró las cuatro esquinas de la habitación en busca de uno, pero no encontró nada.

Entonces, se puso las botas y salió de la habitación. Se fue al salón, en dónde encontró a Patricia y a u tío hablando a cerca de qué estaba pasando. Él se detuvo para oír que iba a decir su tío. Pero entonces, Patricia dijo que había oído algo. Dándose cuenta Manuel de que podían asomarse por el pasillo, decidió salir. Y dijo.

—Hola.

—Buenos días —dijo su tío.

—Sí, bueno... —le contestó su sobrino.

—Hola, Manuel —dijo Patricia tras darse la vuelta, miraba las calles—. ¿Qué tal has dormido?

—No muy bien.

—Lo siento.

—Tranquila, tú no tienes la culpa. Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza.

—Sí, te entiendo. Oye —dijo dándose la vuelta—,¿tú sabes qué está ocurriendo? Tu tío dice que tú puedes saberlo.

Manuel miró a su tío durante unos instantes. Él no dijo nada. Miró a Patricia, quién estaba de espaldas. Y respondió:

—No sé exactamente qué está pasando.

—Tenía esperanzas de que supieras algo. Pero si no puedes responder a mí pregunta te escuso.

Manuel seguía mirándola. Esperaba algo de ella. Una pregunta: ¿Dónde está Lucía? Manuel sabía que en cualquier momento preguntaría por ella, al fin y al cabo, ella era su mejor amiga y él su novio. Pero aunque Manuel no quería responder a esa pregunta. Sabía que pronto llegaría, pues el día de ayer le dijo que al día siguiente quería respuestas.

—Manu —dijo Patricia dándose la vuelta, sin parar de tocar las cortinas—, ¿dónde está Lucía?

Manuel se quedó helado al oír la pregunta. Podía responderla. Pero no quería contarle muchos datos. No porque no pudiera soportar la verdad, sino porque la verdad la haría daño. Además, dudaba de que le creyera. Por lo menos al principio.

—No sé cómo contártelo.

—No me digas que Lucía está...

—No. Está viva.

Oír esa respuesta la alivió. Pero no calmaba su necesidad. Es por eso que dijo Patricia:

—¿Entonces?

—No sé cómo decirte pero ha sido secuestrada.

—¿Secuestrada? —Preguntó ella con asombro.

—Sí —respondió Manuel.

—¿Secuestrada por quién?

Hubo un breve silencio. Manuel tragó saliva. Y cuando tuvo el valor de pronunciar su nombre, dijo:

—Gregory Negue.

—¿Qué? —dijo ella soltando las delicadas cortinas.

Patricia dejó de mirarle para mirar el suelo. Se sentía mal. Terriblemente mal. Porque ella sentía algo por aquel hombre. Se preguntó qué pudo haber hecho mal con él, si podía haber hecho más para tenerlo. Pero ni tras la muerte de su novia, se había resignado a pensar en ella, y lo sabía. Era así porque prefiero salvar a Lucía antes que ella. O eso quería creer. Pero al mismo tiempo no. Es por eso que preguntó:

—¿Por qué la secuestro?

—No lo sé. Tan solo sé qué es necesaria para su madre, quién quiere matar a la muerte.

—¿Matar a la muerte? No te creo. ¿Es eso posible? —Cuestionó Patricia.

—Lo desconozco, la verdad. Pero no creo que se pueda matar lo que no está vivo.

—No sé qué pensar.

—¿Por qué no? ¿Qué quieres decir? —Preguntó Manuel.

—La gente negra suele tener una fe tremenda. Y con fe se puede llegar muy lejos. Incluso puedes ser testigo de milagros —habló Patricia.

—Yo nunca he visto un milagro —intervinó David, sentado.

—Eso es porque no tienes la fe suficiente en que las circunstancias, eventos o situaciones puedan mejor favorablemente. Una vez me lo explicó Gregory. Dijo que la fe es creer en que todo irá bien. Incluso cuando todo va mal.

—¿Y si no pasa nada? —Preguntó David.

—Eso mismo le pregunté yo. Y dijo que no ver nada no significa que no haya elementos que modificar, elementos cuya modificación recae directamente sobre nosotros y eso es una situación límite porque depende también de ti que se produzca el milagro. En otras palabras, eres un factor modificante. Y ahí esta tanto la prueba como la salida de la situación. Pero bueno...No sé —dijo Patricia.

Manuel bufó y miró a otro lado. No quería la sabiduría de Gregory. Y por su desaire, hubo un nuevo silencio. Silencio que rompió inmediatamente.

—¿Qué tal se encuentran tus heridas, por cierto?



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En el texto hay: poder, aventura epica, amor

Editado: 20.02.2026

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