Los Círculos de la Vida y de la Muerte

MANUEL

Cada vez estaban más cerca de casa. Manuel lo sabía. Ver la Plaza Beata Ana María de Jesús le gustó lo suficiente como para animarse. Y aunque estaba repleta de coches y autobúses, se animó de una manera un tanto débil y moribunda, como un ascuas, porque sentía un ardor, aunque débil, intenso en su estómago. No supo a qué se debía. Pero dilucidó que era porque se reuniría con su hermano pequeño tras más cinco año sin verlo. Él se fijó en las decenas de personas que había. Murmuraban sobre el eclipse y sobre qué estaba pasando. Pero ninguno hallaría la respuesta, pues era una locura inconcebible. Algunas personas se les quedaron mirando cuando les vieron llegar. Se preguntaban a dónde iban tan tranquilos y tan cubiertos de sangre. Una de las personas que estaba por ahí, alzó la voz y les cuestionó qué estaba pasando. Ellos buscaron al individuo que gritó, pero no lo encontraron. Manuel se detuvo por su tío, quién quiso darle respuesta, pero al no encontrar al hombre, continuó abriéndose paso. Hasta que una mujer, agarró el brazo de David delicadamente. Le preguntó qué demonios estaba pasando. Y luego más mujeres, y hombres, cuya impaciencia se encendió al oír el desesperó de las mujeres. Manuel miró a su tío, quién estaba detrás de él. Su tío miró a las personas. Hasta que pidió silencio. Las personas se fueron cayando lentamente. Y cuando hubo silencio, David habló.

—No sé qué está pasando exactamente, no puedo demostrarlo, pero alguien quiere matar a La Muerte. Sé que suena a locura, pero es lo único que sé.

Las personas comenzaron a murmurar sus palabras. Las parejas se miraban entre ellas. Los desconocidos se miraban con nerviosismo. Y los niños se quedaron mudos. Una de las personas que estaba cerca del tío, posó su mano sobre su hombro, y él lo miró. Le dijo que cómo iba a ser eso posible si La Muerte no podía morir.

—Ya lo sé. Pero es lo que tengo entendido —le contestó.

Un hombre en la distancia le realizó otra pregunta:

—¿De dónde salían esas criaturas semejante a los demonios?

—No lo sabemos. No sabemos nada. Solo sabemos que queremos llegar a casa y descansar —respondió David.

—Pero debemos hacer algo —dijo otro hombre al lado de aquel—. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Alguien debe hacer algo.

—¿Y lo harás tú? —intervino Manuel.

Aquel hombre quedó mudo al principio. No sabía qué contestar. Hasta que dijo que no lo haría solo, eso lo tenía claro. Manuel quiso decirle que hace poco había visto a una mujer salir de su casa con espada en mano. Pero no quiso buscar problemas. Sin embargo, aquel hombre, dijo:

—Ya suponía yo que tú tampoco.

Manuel le miró con ojos asesinos. Incluso quiso desenfundar su espada, agarraba la empuñadura. Pero había tantas personas de por medio que no podía contestarle como solo se podía en un mundo al borde del colapso. Su tío se dio cuenta de las intenciones de su sobrino.Le estaba observando. Sus miradas conectaron. Y su sobrino dijo:

—¿Nos vamos o nos quedamos?

—Nos vamos —Contestó su tío.

Cuando de pronto, un joven que estaba subido encima de un coche le reconoció.

—¡Es Pádrian! ¡Manuel Pádrian!

—¿Quién es ese? —Cuestionó el hombre de antes.

—Es aquel chico de pelo rubio al que has llamado de un modo u otro cobarde —dijo el joven.

Aquel hombre se le quedó mirando al joven. Hasta que desvío la mirada para fijarse en Manuel, quién se estaba conteniendo, aunque más que contenido, se pensaba si desafiar a aquel hombre que probablemente era padre. Manuel no le quitaba los ojos de encima. Le miraba con rabia desenfrenada, pero al mismo tiempo, con letalidad. Sin embargo, aquel hombre no le quitaba tampoco los ojos de encima. Y eso le molestaba a Manuel, porque esperaba un mínimo de decencia en una situación en la que todos estaban preocupados, devastados y doloridos. E incluso confusos. Pero a a aquel hombre no le importaba nada de eso por lo visto, pues dijo:

—¿Qué miras tanto?

Maldito desgraciado, pensó Manuel soltando su espada. No quiero matar a nadie. Ni siquiera a Gregory, pero debo hacerlo porque esta mi honor en juego. O la honra, como muy probablemente diría Modesto Grandez.

Manuel tocó el hombro de su tío y siguió caminando. Su tío se despidió y siguió a su sobrino, quién pedía paso.

Finalmente, tras tanto pasar, llegaron a la Calle de Alicante.

Ahí, si tío le comentó con sorna en la voz que menuda mirada tenía, que parecía que quería matarlos a todos. Su sobrino dijo que era exactamente lo que quería hacer, pero había demasiadas personas. Su tío no dijo nada. Se quedó en silencio. Pero entonces, dijo con sobriedad que debía haber desenfundado la espada, aunque fuera por un momento. A Manuel le pilló desprevenido, tanto que dijo:

—¿En serio lo crees?

—Sin duda. Ese hombre solo era un fantoche. Había que corregirlo. Pero sin pasarse. Solo a él.

Su sobrino desenvainó la espada inmediatamente, y replicó que se habría pasado con él.

Su tío río.

—¿Qué habrías hecho con él?

—Matarlo.

—¿Matarlo?

—Sí



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En el texto hay: poder, aventura epica, amor

Editado: 20.02.2026

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